Inicio Opinión Franco todavía bajo palio, por Olga Merino

Franco todavía bajo palio, por Olga Merino

La idea de enterrar a Franco en el Valle de los Caídos fue una ocurrencia del entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, el ‘Carnicerito de Málaga’, con la aquiescencia del rey Juan Carlos, el emérito. El dictador no había dispuesto nada al respecto, mientras que su esposa, Carmen Polo, prefería que lo sepultaran en la capilla privada del cementerio de Mingorrubio, en el municipio de El Pardo. Es un lugar digno y discreto, sin duda la mejor solución si el cadáver llega a exhumarse, donde el general reposaría junto a su viuda y otros próceres del régimen, como el mismo Arias y el almirante Carrero Blanco.

Sin embargo, la precipitación del Gobierno de Sánchez -ahora se lleva mucho la política de símbolos- al haber dispuesto el traslado sin tener atado y bien atado dónde inhumarlo puede resultar en la incongruencia de tener al dictador en La Almudena, en pleno centro de Madrid, convertida en un santuario de peregrinación fascista con colas de turistas frente al portalón comiendo helados. La intransigencia de la familia no debería extrañarnos; se trata de una estirpe educada en la soberbia y el desprecio, que creyó el país su cortijo. Pero ¿y la Iglesia? Solo se ha escuchado una voz sensata y noble, la del obispo de Girona, Francesc Pardo: “No sería correcto enterrar a Franco en un templo religioso, especialmente si la población ha sufrido las consecuencias del dictador”.

Entretodos

El asunto pinta regular a menos que el Vaticano deje de lavarse las manos y de reprender el desliz de la ministra Carmen Calvo con un tirón de orejas. El derecho canónico indica que solo puede enterrarse en basílicas a cardenales, obispos o papas, pero, ay, con el clero hemos topado. La memoria es corta y olvida que a Franco lo llevaban bajo palio, como a la Virgen y a los santos, y que las pesetas llevaban acuñada la consigna “caudillo de España por la gracia de Dios”. Franco y la jerarquía católica fueron una sola cosa, y durante 40 años España se vio envuelta en un “totalitarismo divino” que impregnó los usos, las costumbres y hasta la mera supervivencia. Bien mirado, deberían sepultarlo en el Vaticano.