Hay que entrar en Venezuela

Es hipócrita escandalizarse por lo de Maduro y hacerse luego la estrecha con las soluciones

A la luz de los últimos acontecimientos venezolanos es más fácil comprender la valiosa aportación del general Pinochet y de qué horror libró a Chile. Allende había instaurado un régimen de caos, miseria y muerte muy parecido al de nuestra Segunda República con la FAI armada por Companys. Gracias a Pinochet su país es hoy la democracia más robusta y próspera de Sudamérica y aunque cometió errores, como todo el mundo, y también algunos crímenes sin justificación, el Chile que nos dejó en herencia no sólo no es ninguna equivocación sino que es uno de los pocos aciertos políticos, económicos, culturales y morales de su zona de influencia y el gran crimen chileno hubiera sido dejar que un país con tanto potencial y tan extraordinario se pudriera de comunismo, la ideología más mortífera y brutal que jamás hemos conocido.

Es hipócrita escandalizarse por lo de Maduro y hacerse luego la estrecha con las soluciones. Cuando un país llega a un determinado estado de las cosas no puede esperar que la medicina sea amable ni fácil de tomar. Nuestra naturaleza es imperfecta y también nuestras obras, salvo las de algunos genios: pero tal como a España le salió mucho más a cuenta el franquismo que haber caído en la telaraña del Pacto de Varsovia y Pinochet fue una salvación nacional contra el horror que Allende traía, Venezuela necesita una decidida intervención militar que dé lugar a una transición autoritaria capaz de restablecer el orden, la economía de mercado, la propiedad privada y que cuando la sociedad vuelva a estar preparada convoque elecciones como hizo el General en Chile, que las perdió y se marchó, en una demostración de «fair play» que no le recuerdo a ningún comunista en el poder.

Lo más triste de un pueblo es cuando se merece una dictadura y a todos nos ha pasado alguna vez. Hay que entrar en Venezuela antes de que Maduro asiente su golpe y se vuelva todavía más difícil cualquier intervención. Lo necesita Venezuela, lo necesita Sudamérica, lo necesita el mundo libre que tiene que dejar claro a los tiranos -y muy especialmente a los tiranos comunistas- que no podrán salirse con la suya y que allí donde lo intenten les iremos a buscar.

Es fácil y sobre todo gratis cantar canciones de Silvio Rodríguez o Víctor Jara pero sostener el mundo libre es muy difícil y muy caro y se necesita algo más que agitación y propaganda y la brevedad mental de los que siempre defendieron las recetas del fracaso. Díganme una sola vez, una sola, en que un sistema como el de Nicolás Maduro no haya matado de hambre y de tristeza a su gente; una sola vez en que alguno de estos regímenes haya propiciado sociedades abiertas y libres y retiraré mi artículo sin escatimar disculpas.

Pero mientras los negacionistas rebuscan en los vertederos de su fanatismo, en Venezuela la verdad crece con todas sus malezas, claramente contagiada por Cuba, donde cometimos el histórico y tremendo error de no intervenir a tiempo y el peligro -nada desdeñable- de contagiar a su vez a los países de su alrededor, especialmente propensos al populismo y al disparate.

La experiencia de Kissinger/ Friedman/ Pinochet restauró la convivencia y creó prosperidad en Chile y finalmente instauró la democracia. Si alguien tiene una idea menos aparatosa pero igual en eficacia, adelante. Pero como resulta altamente improbable y sistemáticamente desmentido por la Historia que existan las soluciones mágicas, vamos a tener que seguir confiando en el modelo clásico según el que el orden es el primer paso para la libertad y las guerras ganadas, las que aseguran la paz.

Salvador SostresSalvador Sostres

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