‘Inés Arrimadas: viaje al fin del procés’, por Josep Maria Cortés

Una campaña electoral es un libro de viajes. Priman el paisaje y el paisanaje, como en la guía griega de Pausanias, pero sobre todo mandan las imágenes hechas a base de palabras, como en los libros de Chatwin. Las imágenes permanecen en los “ojos con que tú ves”. Y los ojos escrutantes del 21D son los de Inés Arrimadas, la joven lideresa con determinación y dotada de eso que los franceses llaman esprit (¿donaire?).

Ella sube en los sondeos. Rompe a diario contra el viento de cara, mientras Domènech e Iceta​ se postulan presidenciables. La eventualidad de que un no ganador pudiera ser investido pasa por el comunero o el socialista. Pero si gana ella, todos querrán verla con una rama de laurel adornando su cabellera. La suya no sería una investidura, sino una entronización. Mientras llega la hora de la verdad, Arrimadas mantiene el tono sin adocenarse. “Si Iceta es la fuerza constitucionalista más votada, yo estaré a su disposición”, le dice en TV3 a Vicent Sanchis, apparátchik indepe de los platós, conculcador de neutrales y terceristas.

Por simple mimetismo, Arrimadas es la mejor opción Borgen de estos comicios, en referencia la serie televisiva sobre la socialdemócrata danesa Helle Thorning-Schmidt, que se convirtió en primera ministra de un Gobierno tripartito a pesar de haber quedado segunda, con un 24% del voto. Cosas del país principesco, que inventó la conspiración sobre las tablas del teatro isabelino. Dinamarca en el corazón, sobre todo si es la del fin de la pesadilla. Al compás de este sinvivir, los indicadores económicos detallan la magnitud de la tragedia, a la que tantos hacen todavía oídos sordos. Josep Fontana, último albacea intelectual de Vicens Vives, lo ha zanjado esta semana en Crónica Global: “La independencia de Cataluña es una insensatez”.

Reformar para ilusionar

Inés es fruto de un cruce entre el desarraigo y la anestesia: combatió la enseñanza monoglósica del catalán y vive del presente rabioso a base de instantes sin memoria. Se muestra como un adalid de la nueva política; adora la modernidad, pero está metida hasta la cintura en la vivacidad de los recuerdos breves. Practica la afectividad desafectada y la educación no engolada. Conserva del pasado solo lo que resulta eficaz para el presente. Lleva grabado en la frente el emblema del utilitarismo: ¡Libraos del fuego abrasador de la historia!; quitaos de encima el peso de ultramar; la industria pesada nos configuró como modelo, pero hoy es el tiempo de la red, la gran exploradora.

En el principio del fin del secesionismo, la clase política enferma de solemnidad no acepta todavía la figura zigzagueante de Arrimadas. Deberá acostumbrarse. Con el 21D a tiro de piedra, las caravanas de los candidatos con los medios a bordo son como los autómatas del Tibidabo situados junto a la sala de los espejos deformantes: no tienen espacio mental para pensar, solo reaccionan al estímulo, practican el seguidismo declarativo. Estos autómatas, nuestros políticos, buscan el mañana. Unos para reconstruir su república, hija del populismo y la posverdad; otros para levantar un muro de racionalidad, espero, ante el resentimiento seco de un dolor moral autoinfligido. Todos, detrás de huellas, promesas, senderos, abalorios de la suerte, falsas tallas, fragmentos en fin de la roba di Tiberio (así designan los italianos a sus reliquias artísticas esparcidas por la tierra pedregosa).

Los políticos en campaña depositan su testamento sobre una sociedad devastada; difunden la palabra moldeada, besan y se van, como el amor de los marineros. Son una exhalación sobre mosaicos, plateas, plazas porticadas o casas abiertas al viento y a las voces del mar. Vivimos en un país golpeado por la fiebre constitucionalista, descendiente del hervidero liberal que en 1812 se concentró en las Cortes de Cádiz. Ahora, el reino de la corrupción sobre la moral, nos conduce a un camino univoco: reformar antes que regenerar. Arrimadas lo dice así: “Al final, si uno no reforma España, no rebate, no ilusiona, se despierta un día en brazos del procés“. Como en la Patagonia de Chatwin o en la islas de Durrell, la acción sembró la arqueología de la memoria.

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