La emboscada navideña, por Mauricio Bernal

Existe un personaje esquivo en todos los centros de trabajo que cada año se hace el desentendido con las cenas de Navidad. Su índice de popularidad cae notablemente en diciembre, cuando el espíritu navideño, en forma de una entusiasta convocatoria colectiva, toma posesión de la oficina, mientras él deliberadamente se mantiene al margen. Hablamos del maestro consumado en el arte de esquivar estas celebraciones; del que tiene por norma no asistir. Los que no encuentran quién les cuide el niño, los que tienen un familiar en la UCI, problemas económicos o una emergencia sobrevenida, los que pueden enarbolar algún tipo de patología o miedo fóbico no entran en la categoría. Hablamos del mismísimo Ebenezer Scrooge de las cenas decembrinas.

Hablamos del mismísimo Ebenezer Scrooge de las cenas decembrinas

No es necesariamente el antisocial sinuoso de la oficina, ni obligatoriamente el espécimen despreciado por consenso. Puede ser cualquiera. Simplemente, un día lo asaltó la consciencia de que la cena navideña es una extravagancia, un ejercicio excéntrico, y no se le puede culpar. Se recordó hablando de la taxidermia aplicada a los jabalís con el habitualmente inescrutable jefe de contabilidad, que le enseñó una foto de sí mismo posando con uniforme de safari al lado de una camioneta llena de cerdos recién abatidos; del cultivo de bromelias con Fabricio el de recursos humanos, o explicándole a última hora de la noche los detalles de su separación traumática a la encargada de papelería, por cuyo lado pasa desde entonces con la cabeza gacha; o, en fin, tambaleándose de madrugada mientras camina abrazado a un nuevo mejor amigo, el cual grita, para que oiga toda la ciudad, que trabaja en la mejor empresa del mundo, y con los mejores compañeros del mundo.

Un temor reverencial

Es una trampa, la cena. ¿Qué hace la gente cuando bebe? Sobre todo, cosas que no debería. Una encuesta sobre el índice de satisfacción posterior al jolgorio empresarial descubriría una estadística formidable de gente que al día siguiente es perseguida por el remordimiento. Gente que empieza la jornada preguntándose si realmente hizo aquello que en su teléfono aparece que hizo, y que se da golpes en la cabeza cuando dos cafés más adelante se ve capaz de reconstruir la velada. Lo peor: lo hizo en el entorno laboral. Sea lo que sea, va a perseguirlo el resto del año, puede que de la vida. Lo cual conduce a lo importante: el maestro en el arte de esquivar las cenas de Navidad no teme a los demás, se teme a sí mismo. Se hace maestro porque siente un temor reverencial por sí mismo. Porque quiere conservar su buena imagen. Ni siquiera el pacto tácito que establece que lo que pasa en las cenas de empresa se queda en las cenas de empresa le sirve de garantía.

¿Qué hace la gente cuando bebe? Sobre todo, cosas que no debería

Pero en el fondo le gustaría poder ir, y sus diciembres no son llevaderos. Cuando el gran entusiasta –siempre hay uno– pregunta, con estrambótica antelación, en qué fecha y restaurante va a tener lugar el festejo, la criatura arisca se tiene que encoger en su asiento, y así permanece hasta enero. Aprende a poner en práctica estrategias inútiles como llevar las conversaciones hacia asuntos rocambolescamente alejados de las fiestas, lo cual con frecuencia le lleva a hablar balbuceando de cosas que no entiende. Finalmente, cuando el entusiasta empieza a recorrer pasillos llamando lista, el personaje tiene que correr despavorido al baño, a esconderse. Está mal visto faltar a la cena de Navidad. Casi siempre, la mejor estrategia es hacerse el desentendido. Lo cual solo se sabe cuando se llevan años haciéndolo.

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