‘La falsa ruta’, por Manel Manchón

Respiren. Ha pasado mucho tiempo. Las circunstancias son otras. Afortunadamente. Pero aquel consejo, con el mismo título que este artículo, se podría ahora actualizar para vislumbrar un futuro mejor para Cataluña​. Vayamos al grano.

“En la propagación de un subversivismo, cada vez más acentuado y más extendido por el cuerpo social de España, y que llegó por fin a producir la gran catástrofe, en la que hemos estado a punto de sucumbir para siempre, casi todos tuvimos parte […]. Lo que creo de mi deber señalar, en este momento de salvación, a mis paisanos, como oportuna y saludable advertencia dirigida a ellos por un conocedor del asunto, es que uno de los factores de subversión, cuya reaparición se debe evitar decididamente, ha sido el catalanismo político, y aún, para simplificar la denominación, diremos el catalanismo a secas. Éste ha constituido la falsa ruta de la Cataluña contemporánea”.

La falsa ruta, hoy, es la apuesta por la independencia, cuando lo que toca es la lealtad institucional

Es la cita del artículo La falsa ruta, de Ferran Valls Taberner, ex dirigente de la Lliga, amigo de Francesc Cambó, que, tras la Guerra Civil, asume su parte de culpa, a su juicio, para rectificar y buscar un proyecto común español. Lo publicó el 15 de febrero de 1939 en La Vanguardia española.

La anécdota que explica Francesc Vilanova en su libro Una burgesia sense ànima (Empúries), ilustra ese cambio, muy propio de toda una generación de la burguesía catalana: Uno de los mejores amigos de Valls Taberner, Manuel Reventós (padre de Joan Reventós) se lo encontró por la calle después de tres años de guerra sin saber nada de él. Cuando lo fue a abrazar, con un fraternal Ferran, éste lo detuvo de forma marcial con un lacónico “me llamo Fernando”.

Aquella falsa ruta señalaba un camino que había derivado en el caos de la Generalitat, asaltada por el anarquismo y las fuerzas de extrema izquierda, que lucharon por la revolución social en el transcurso de una guerra civil entre la democracia y el ejército levantado en armas. Nada que ver con la actual situación. Pero sí sirve el relato para analizar por qué el catalanismo cometió un error al tomar una falsa ruta cuando derivó en la defensa del derecho a decidir y en un proyecto independentista de carácter rupturista sin tener en cuenta la realidad.

El nacionalismo nunca ha querido una España federal, porque eso implica colaboración y certidumbres

La falsa ruta ha sido, precisamente, esa hoja de ruta hacia la independencia de Cataluña en un momento en el que toda la inteligencia y el talento catalán –enorme, sin duda, en todos los ámbitos de la sociedad– debería haber apostado por la colaboración y la búsqueda realista de puntos de encuentro.

Uno de los grandes errores, tal vez el mayor, del independentismo en los últimos cinco años es no haber entendido que delante tenía a un estado moderno, satisfecho consigo mismo –a pesar de las carencias y de las dificultades– como España. El haber superado tantas desgracias, el haber levantado un país que hace 40 años estaba muy por detrás de las democracias europeas, en todos los órdenes, ha reforzado a las elites funcionariales, a los guardianes de las estructuras de Estado, arrastrando con ellas a los ciudadanos del conjunto de España, que no pueden entender qué quiere en realidad el nacionalismo catalán.

La falsa ruta es haber apostado por un proyecto pensando que el Estado era algo débil y sin sustancia

La falsa ruta es haber pensado que todo debe estar abierto, que nunca Cataluña estará satisfecha con España. Por eso el nacionalismo, entre otros proyectos, nunca ha defendido una vía federal para España, con todas las consecuencias: colaborar, aceptar la coordinación y la distinción clara en la distribución del poder.

La falsa ruta es haber pensado que España era un Estado débil, que caería por sí solo, acompañado en un proyecto soberanista con formaciones como la CUP, que, en realidad, tienen un carácter nihilista.

Hay cuestiones en las que el soberanismo acierta, porque el Estado español es disfuncional y debe someterse a una reforma profunda, pero nada ha justificado un proyecto que pretendía forzar una negociación y ha derivado en un callejón sin salida con políticos presos, y la percepción de que cualquier cambio debería ser tan brusco –un gobierno moderado, de políticos que negocien y gestionen de una vez, sacrificando todas las piezas necesarias– que el propio mundo independentista no lo podrá tolerar.

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