La fuerza extrema sobre las tesis medias

Andrés Parra

Dado un conflicto determinado en el seno de una sociedad democrática que alcanza un grado máximo de reivindicación frente al sistema, no se moverá apenas si no existen extremos coadyuvantes que actúen en el sentido de esa reivindicación. La reivindicación nacionalista catalana satisface las condiciones que se requieren para que el sistema democrático español se muestre inquieto y llegue a considerar como un desafío ese conflicto, una vez alcanzado ese grado máximo. Un grado máximo que, por fuerza, implica un reparto del poder político sustancialmente diferente de las estructuras que materializan ese poder, es decir, en el Estado.

Esas condiciones de reivindicación son las de haber sido mantenidas en el tiempo, de haberse incrementado en intensidad y objetivos y de haber ampliado su base social de apoyo. Todas las ha satisfecho de forma programada, en mayor o menor número, consciente o inconscientemente, el nacionalismo catalán hasta llegar al techo máximo de la reivindicación expresada en 46 exigencias planteadas por Carles Puigdemont en abril de 2016.

Pues bien, sin los extremos coadyuvantes  a ese Proceso in crescendo nacionalista, el conflicto generado con el sistema democrático no avanzaría de forma sustancial. Una vez establecidos esos extremos, el sistema se mostrará dispuesto a aceptar lo inaceptable hasta el tope de un techo máximo que no llegue a desconfigurarlo tanto como para que no exista reparto del poder. Ese reparto del poder será, a partir de este punto, la máxima altura del nuevo techo.

A un objetivo hoy inasumible por el sistema se llega mañana, paso a paso dentro del  sistema. Jordi Pujol sabía perfectamente acomodar y secuenciar la escalada reivindicatoria del nacionalismo en el marco establecido. El nacionalismo, por su propia naturaleza, es insaciable y se nutre de cada vez más competencias para conformar lo que entiende es y debe ser su identidad nacional. El objetivo final de cualquier identidad es la soberanía, y la soberanía nacional, como la de los entes individuales, es la mínima de la que se parte integrando en el cuerpo nacional la inteligencia y voluntad frente a los demás entes nacionales en condiciones de bilateralidad. La soberanía nacional bilateral frente al Estado español es el techo, es el objetivo, es la reivindicación, el pulso y el desafío en que estamos.

La tesis que planteo es que no hubiera sido posible llegar a este punto final sin la concomitancia de los extremos y que esa concurrencia es determinante para mover las tesis medias en el sentido de ese objetivo nacionalista. En ese desplazamiento siempre es ganador el nacionalismo. Los extremos con que ha contado en su fase final el nacionalismo catalán son la CUP y Podemos, que radicalizan desde dentro y desde fuera el conflicto, dibujando un panorama suficientemente tenebroso como para mover a inquietud al sistema, es decir, a las tesis medias.

Las tesis medias están representadas por las llamadas, con más o menos acierto, fuerzas políticas constitucionalistas, PP, PSOE y Ciudadanos que, en gran parte, son mantenedoras del reparto constitucional del poder. Así que estas tesis medias estarán dispuestas a moverse hacia el extremo de la reivindicación con tal de driblar el punto más áspero, que las excluiría del poder: la independencia.

Al Partido Socialista del redivivo Pedro Sánchez la ocasión le pinta calva para recuperar su desmedrada ideología, desarbolada estructura y falta de liderazgos, por lo que se apresura a ofertar una negociación política sobre las 45 reivindicaciones exigentes de Puigdemont, dejando fuera la “46” de la independencia, claro está.

La política es, muchas veces, negociación y la negociación no tiene, por fuerza, que implicar el avance hacia la asunción de las reivindicaciones con los contrarios, pero en este caso todo apunta hacia esa asunción con tal de dejar fuera la “46”. Como aun dejando fuera la independencia esas negociaciones obligan a cambios sustanciales, se propone, de seguido, una reforma constitucional como mecanismo ineludible con legitimidad democrática consensuada.

Por la parte de Ciudadanos, sus tesis medias son más apocadas y han supuesto cambios estratégicos en su formulación ideológica de partido de centro derecha y reformulaciones de perspectivas y liderazgos políticos más contemplativos con el sector catalanista del nacionalismo que, presuntamente, excluye de sus objetivos el “46”.

Nadie sabe a ciencia cierta si ese estrato catalanista existe hoy, pero, de existir, se ubicaría en las disidencias del PDeCAT mostradas en esta última recomposición del Govern y en las postrimerías políticas de Josep Antoni Durán i Lleida. En esa delgada línea roja catalanista hace su juego político de reparto del poder Ciudadanos.

Y por el lado del PP que, sin estos extremos, constituiría el suelo constitucional, ve como tiembla el suelo, su suelo, y se mostrará inevitable partidario de entrar a discutir esa reforma constitucional, partidario por imposición de su propia precariedad electoral.

En este paisaje, la razón democrática absoluta, que la hay y es absoluta, se sitúa en relación de subsidiariedad frente a la razón democrática del reparto del poder. Y lo que no debería ser más que un componente de esa razón absoluta deviene razón absoluta suplantada. Es esta última razón la que no tiene en cuenta cómo se ha llegado a donde se ha llegado, conculcando políticamente qué derechos culturales, de la enseñanza, lingüísticos, sociales, laborales, civiles y políticos. Tampoco tiene en cuenta cómo se expresa en la etapa final del desafío. Este enorme y doloroso coste del Proceso se pretende dejar fuera cuando se asume la negociación política en los términos que anuncian se va a producir, sobre todo desde el PSOE.

Las fuerzas cívicas y políticas, ciertamente sólo una, dCIDE, que constituyen ese suelo constitucional resistente por debajo del sistema político con representación frente al desafío son fuerzas para el sistema, hasta hoy, insignificantes. De ahí el escaso eco en los partidos y en los medios de comunicación y, por ende, en la opinión pública. Sin embargo, ellas representan la razón suplantada. Tratan y tratarán de desvelar la trampa y el artificio de la suplantación desde todos los frentes que han jalonado los avances sucios del nacionalismo.

Por supuesto que estas estructuras, civiles y política, son grupos de presión y que, como tales, para mover en su sentido la asunción de sus reivindicaciones requieren también de planteamientos extremos. Hasta el momento con los únicos que han contado son con los extremos ajenos provenientes de los excesos nacionalistas y los del auxilio apaciguador al nacionalismo del constitucionalismo partidista negociador o proclive a la reforma constitucional.

Es muy discutible que estos solos extremos les baste y, muy posiblemente, requieran de un extremo que todavía no han acertado a plantear: el de ser partícipes de ese reparto del poder. Ahora bien, un reparto del poder muy complejo porque iría contra ese reparto que se plantea, porque significaría un reparto del poder recuperando la razón democrática absoluta. Razón democrática que atenta directamente contra los intereses puestos en apuesta política por PSOE y Ciudadanos.

Para conseguirlo será necesario acertar a ofertar política y socialmente una auténtica revolución de las ideas, de incardinación de los derechos humanos, políticos, laborales, sociales, culturales y de la izquierda, desde una “predisposición de centro”, por aquello de las formas políticas consensuadas y mesuradas, presumidas ahora como anheladas mayoritariamente por la sociedad española. Eso intenta dCIDE, y ahí estará la clave de su éxito, en conseguir la visualización nítida y transmitir a la sociedad una propuesta así de revolución. O por la fuerza de los extremos sobre las tesis medias entraremos en un cuadro constitucional tenebrista capaz de hacer realidad en pocos años lo que sólo pudo soñar el nacionalismo en su delirio.

Por Andrés Parra

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