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La historia del hombre que no se fiaba de nadie, por Emilio Pérez de Rozas

Deberíamos empezar por la grandiosidad del personaje, aunque a muchos de ustedes les parezca excesivo el vocablo. Deberíamos decir que estamos ante la típica y renombrada fórmula que tanto, que tantísimo, emociona a los norteamericanos antes de escoger a su futuro presidente: ‘The self-made man’. Es evidente que esta nueva definición les dañará menos la vista al leerla pues, evidentemente, en eso sí estarán todos de acuerdo conmigo, el Josep Lluis Núñez (Barakaldo, 1931), que nos acaba de dejar, es la viva representación del hombre hecho a sí mismo.

Deberíamos recordar, aunque ya se ha dicho demasiado, que estamos ante el hombre que creó un auténtico imperio inmobiliario (‘el emperador del chaflán’, llegaron a llamarle) convirtiendo en uno de los negocios del siglo la pequeña constructora de su suegro. Es el chico sin historia que un día le confesó a Josep María Huertas, uno de los grandes cronistas de la ciudad, que soñaba con ser alcalde de Barcelona y, luego, descubrió que era mucho más importante (no sé si fácil, sí, puede que hasta fácil, dadas las triquiñuelas que ideó para ser presidente) adueñarse del palco del Camp Nou y ser presidente del Barça, del ‘mes que un club’ que él siempre odió politizar.

Deberíamos salir al paso de todos los que le desprecian por advenedizo, intruso, fatuo y vanidoso pues, no solo estamos ante uno de los nuevos ricos más ricos de la historia reciente de Barcelona, sino ante uno de los presidentes más importantes del libro de oro del Barça y, por supuesto, el hombre que gobernó la nave culé durante una quinta parte (22 temporadas) de sus 119 años de historia, que comenzaron, precisamente, a finales de noviembre de 1899.

Deberíamos, por supuesto, resistir la tentación de recordar solo al hombre que ideó ser ‘pecident’ del Barça, intercalar en sus sermones, discursos y tertulias la muletilla ‘quicir’ (quiero decir) o cerrar sus monsergas con el término insustituible (y perfectamente comprensible) de ‘pulutan’. El hombre que un día agradeció a esta ciudad “que llevase el nombre del Barcelona”. El presidente que se enfrentó (casi eternamente) a Johan Cruyff y al cruyffismo, entonces en ciernes, cuando le reclamaron que contratase por 2.000 millones de pesetas a Ryan Giggs o Robbie Fowler “cosa que, por ese precio, sabría hacer hasta la portera de mi casa”.

La recuperación del Barça 

Deberíamos, sí, de recordar que, cuando Núñez llegó a la presidencia del Barça (1978), el club lo debía casi todo y aún arrastraba las deudas fruto de la construcción (inevitable) del Camp Nou, pues el inmenso ‘Laszi’ Kubala había dejado pequeño Les Corts. Núñez aumentó el número de socios de 78.000 (1978) a 106.000 (2.000), construyendo La Masia, la Ciutat Esportiva y el Palau Blaugrana y dejando la entidad, cierto, a regañadientes, habiendo reducido la deuda hasta los 13.000 millones de pesetas, que quedaron en nada (3.000 millones) cuando a todos nos traicionó Luis Figo, dejando en casa 10.000 millones de pesetas, que alguien despilfarró.

Deberíamos no cerrar los ojos ante la manera (poco limpia, seguro) de acceder en su día (1978) a la presidencia del Barça tras aquel episodio oscuro, jamás aclarado, de la retirada de uno de los grandes favoritos, el publicista Víctor Sagi, que abandonó la carrera, dicen, se cuenta, al ser amenazado con un presunto dossier de fotografías comprometedoras, complementado este ‘affaire’ con aquel otro episodio en el que el legendario, popular y populista Nicolau Casaus (otro candidato) acabó asociándose al constructor pese a haber confesado que “si me asocio con alguien se me podrá llamar cerdo”.

Y, en ese sentido, deberíamos recordar su inicial declive y aquella enorme y original pancarta que apareció un día colgada en la inmensidad del Camp Noy que le invitaba a irse. Y es que, junto a la frase que involucraba, con gracia y originalidad, a su portera, aquel cartel, dicen que ideado por dos tremendos barcelonistas, culés y catalanistas como Jacint Borràs (exgerente de la junta de Agustí Montal y, luego, colega de Jan Laporta) y Jaume Rosell (mítico exgerente azulgrana y padre del posterior presidente Sandro), que rezaba “Maria Lluisa, porta’l al cine”, en una clara alusión a la esposa rica de Núñez para que encontrase una mejor ocupación para su esposo los fines de semana que seguir en la presidencia del Barça.

Estabilidad económica

Deberíamos de reconocer, aunque a muchos les cueste creerlo, que el 6 de mayo de 1978, hace 40 años, el Barça inició una nueva era. Núñez ganó las primeras elecciones a la presidencia del Barça tras la muerte del general Franco y su mandato se prolongó hasta el 2000. Pronto dotó a la entidad de una estabilidad económica que no había tenido desde la construcción del Camp Nou (inaugurado en 1957), pero los éxitos deportivos tuvieron que esperar. En la primera década de su mandato, el equipo de fútbol sólo ganó una Liga y su mejor etapa llegó con Johan Cruyff como entrenador, una convivencia tan exitosa como tormentosa. Con Núñez, el Barça entró en una nueva dimensión. El segundo gran cambio llegó años después, con el desmoronamiento del nuñismo y Joan Laporta como máximo responsable de la primera institución deportiva de Catalunya.

Estamos, no olvidemos, ante el hijo de un guardia civil de aduanas, que, incluso, trató de disimular que había nacido en Barakaldo, vaya usted a saber por qué. Hizo peritaje industrial y trató de ganarse la vida vendiendo enciclopedias y seguros. Hasta que, de pronto, conoció a Maria Luisa Navarro, hija de un pequeño constructor de casas de dos plantas y poco más, pero poseedor de un negocio muy próspero. Eso sí, no tanto como creía su futuro yerno, que trató de convencerle de que debía pensar a lo grande. Por no decir, a lo bestia.

Un ser muy atrevido

Todos los consultados por El Periódico para intentar trazar este perfil, que no pretende ser más que una aproximación más al personaje que intentó ganarse desde la presidencia del Barça la notoriedad, popularidad y prestigio que jamás le proporcionó su enorme fortuna como constructor de pisos con balcones en las esquinas (la negación, decían, de la idea de los arquitectos), aseguran que si algo distinguía, en aquellos tiempos mozos, a Núñez era su atrevimiento. De ahí que, en el despacho de su futuro suegro, le describiese una simulación virtual, o casi, contra la contabilidad de lápiz y bloc del señor Navarro, en la que el pequeño constructor se convertía en el rey del ladrillo en Barcelona.

Y lo convenció. Todo comenzó con Núñez y Maria Lluisa circulando pausadamente por la ciudad detectando esquinas para comprar y concluyó con la escandalosa evolución del nombre de la empresa, de Construcciones Navarro a edificio Balmes Núñez, Sicilia Núñez, Entenza Núñez, pasando, cómo no, por Navarro&Núñez y, finalmente, Núñez y Navarro.

Cuentan que ese joven también jugaba a fútbol. Es más, dicen que siempre creyó jugar mejor de lo que jugaba. Luego, no solo quedaría demostrado que siempre fue un futbolista frustrado sino que, incluso, se dio de bruces con la pretensión de ser un gran entrenador, el mismo que intentaba demostrarle a sus técnicos cómo se debía jugar utilizando, dicen, migas de pan, vasos, tenedores, cuchillos y alguna que otra fruta sobre el tapete de cualquier restaurante, simulando el futurista tiki-taka del ‘dream team’.

Tanto ganas, tanto gastas

Tremendamente católico, de misa semanal como poco, siempre llevaba un crucifijo en el bolsillo. Triunfador en la vida, en la empresa, en la gestión, sin demasiados estudios, poco sofisticado, muy primitivo en sus gestos, actitudes y decisiones, tremendamente práctico, según todos los consultados, Núñez siempre tuvo como premisa, en casa y en el Barça,  que lo único importante era que las cuentas cuadrasen cada mes, cada año, cada ejercicio, cada temporada, con la cuenta de la vieja: tanto ingresas, tanto gastas.

De mentalidad audaz, rapidísimo de pensamiento, obsesionado con la solvencia de su compañía y del club, Núñez fue el primer presidente en la historia del Barça que accedía al palco del Camp Nou, al sillón presidencial, sin tradición alguna ni futbolística, ni barcelonista, ni catalanista. El único presidente sin pedigrí culé. Es más, se hizo culé, barcelonista, a través de ejercer como presidente.

La cueva de Alibaba

Todos los consultados elogian de él sus escasos conocimientos de fútbol y del fútbol. “Es evidente”, relata una de las personas que trabajó con él y, luego, ocupó, durante muchos años, un puesto en su directiva, “que si tú entras en la cueva de Alibaba, que es lo que empezaba a ser la industria del fútbol en 1978, sin conocer a ningún ladrón tienes bastante ganado. Es evidente que, con el paso del tiempo y aplicando el sistema de ‘prueba-error’, acabas sabiendo, sobre todo si te pasas 22 años en la presidencia del Barça. Pero, de inicio, era evidente que si no sabías de fútbol ¿cómo podías adivinar quién sabía y quién no, de los que te rodeaban?”

Muy emotivo y sentimental, “lo que no es ni bueno ni malo”, no hay duda que todos le consideraron un buen padre, buen marido y buen abuelo y, sí, tal vez, un buen presidente. Eso sí, tremendamente desconfiado, mucho, demasiado, hasta la enfermedad. No se fiaba de nadie. “Bueno, sí”, dice la misma fuente, “de su familia, y aún, y de Francesc Pulido, su hombre de confianza en el Barça”. Todos, todos, coinciden en reconocer que ha sido, junto a Agustí Montal, el presidente más honrado que se ha sentado en el trono azulgrana.

Proyección social

“Su saldo, pese a que muchos lo considerasen un hombre fuera del micromundo azulgrana, es positivo, muy positivo, pues jamás fue un presidente mal intencionado”, insiste una nueva fuente, siempre en la oposición al nuñismo. “Es evidente que Núñez buscó, a través del Barça, la proyección social que le negaba haber estado a punto de destruir buena parte del patrimonio arquitectónico de Barcelona, pero jamás se aprovechó del Barça en la medida en que, hasta su llegada, se habían aprovechado unos y, después de él, se han seguido aprovechándo otros”.

Si en algo coinciden todos los consultados, además de que no se fiaba de nadie (luego volveremos a ese asunto, pues está plagado de anécdotas deliciosas), es que fue tremendamente hábil a la hora de construir su estructura de mando. Desde el primer momento, Núñez, cosa que la progresía y la oposición de siempre jamás le ha reconocido, fue un visionario en el tema de multiplicar los ingresos televisivos, lo que le proporcionó muchísimas enemistades en los campos españoles.

Fruto de una visita, precisamente al Benito Villamarín, el estadio más democrático de la geografía española, y a los muchos pitos e insultos que le lanzó la afición bética al considerar que quería dejarles sin TV (no entendían que lo que pretendía el constructor es más dinero para los clubs), Núñez decidió no volver a moverse de Barcelona y creó dos figuras que marcarían su modo de actuar. Por un  lado, convirtió a Casaus en su representante folklórico en el fútbol y a Joan Gaspart, en su negociador favorito para todo.

Eso fue así durante años y años. “Pero, ¡ay, amigo!, esa pareja funcionaba como el ‘alter ego’ de Núñez, que siempre, siempre, se reservaba la última palabra, la decisión final, fuese a las cuatro de la madrugada ¡y lo fue muchas veces! o fuese a las siete y media de la mañana”, recuerda uno de los intermediarios que más (y mejor) negoció con él a lo largo de sus 22 años de mandato. “Tú podías conversar lo que quisieses con Casaus y pactar lo que te diese la gana con Gaspart que sabías que hasta que Núñez no diese el OK, todo aquello estaba en el aire”.

Propietario del club

Eso sí, acertada o equivocadamente, Núñez, gran austero, siempre pensaba, negociaba y firmaba pensando único y exclusivamente en el beneficio del club. Puede que ese rigor fuese lo que le hacía pagar, de su propio bolsillo, el salario, nada rechazable, de su magnífica y eficaz secretaria, que trabajaba al 85% para el Barça, pero que también llevaba la agenda personal del presidente, que, tal vez, solo por ese detalle o por la sensación de que era suya, su salario corría de su cuenta.

“Era una persona muy, muy, delicada con el dinero y tremendamente riguroso con las cuentas”, señala alguien que fue uno de sus peores enemigos y que, finalmente, fue contratado por el expresidente azulgrana, confirmándose (no solo en este caso) la premisa que utilizaba Núñez en el sentido de que “si no puedes derrotar a tu enemigo, únete a él, hazlo tuyo, cómpratelo”. “Era tan especial”, señala la misma fuente, “que siempre se creyó que el Barça era suyo, en el buen sentido de la propiedad, es decir, que no se perdiese ni una peseta por el camino”.

De la misma manera que tenía pericia para cuadrar las cuentas, tenía olfato para saber lo que le interesaba. Y, en la misma línea de trilerismo con la que, en 1978, se hizo con la presidencia de la entidad ante la sorpresa de los de siempre que se consideraban invencibles (“lo mismo que le ocurrió al partido demócrata norteamericano con Donald Trump, al que creyeron un bobo, un impostor, un ricachón, incapaz de llegar a la Casa Blanca”), Núñez supo que la segunda gran maniobra de su vida debía ser quitarle a la oposición la baza de Johan Cruyff como entrenador del Barça.

El fichaje de Cruyff 

El ‘Profeta del gol’ estaba en la lista de la oposición, de Sixte Cambra y los culés de toda la vida, en las siguientes elecciones, pero, al final, fichó por Núñez, que ganó, claro. “Yo, personalmente, hablé con Johan para contarle nuestro proyecto como candidatos a la presidencia del Barça”, explica uno de los implicados en el caso. “Y Johan, tremendamente listo, pícaro, muy holandés, tan sabios con el dinero como los catalanes, me atendió maravillosamente pero, al final, me preguntó ‘y ustedes, perdonen, ¿quiénes son?, porque a mí me ha venido a buscar el presidente del Barça, es decir, el que manda, el que tiene las llaves de la caja, el que tiene el dinero’. Y, sí, lo perdimos, se fue con Núñez”.

Porque, como cuentan todos los consultados, Núñez podía saber más o menos de fútbol, pero había aprendido que, posiblemente, en el mundo había mejores futbolistas que Cruyff, pero no mejores técnicos o inventores del fútbol, ya que el nº 14 era, tras los inventores del fúbol, quien mejor sabía actualizarlo, modernizarlo y convertirlo en un auténtico espectáculo.

La manera que tenía Núñez de llevar el día a día, no tanto en Núñez y Navarro, como en el Barça, era, desde luego, según describen todos los consultados, muy original pero, sobre todo, muy eficaz…para sus intereses personales, empresariales y directivos. “Si algo le encantaba, era que le hiciesen la pelota, no tanto que le diesen la razón, porque no había forma humana de llevarle la contraria, sino que le adulasen y, por tanto, estaba siempre rodeado de auténticos halagadores y zalameros”, señala un exdirectivo de aquella época.

Tanto, tanto, que en más de una junta se produjo el altercado, discreto, desde luego, de que varios directivos se veían en la difícil situación de negarse a pagar, a escote, los regalos que, de vez en cuando, llegado el cumpleaños o santo del presidente, se le ocurría al entorno más pelota de Núñez, que, sin duda, estaba totalmente al margen de esas atenciones desmesuradas y, probablemente, innecesarias, según su austero criterio. Digo, no sé.

Su piedra filosofal

“Una cosa sí es cierta, no se entiende la trayectoria de Núñez, ni en su empresa ni en el Barça, sin la manipulación extrema de sus relaciones con sus empleados y/o directivos y ejecutivos del club”, cuenta una de las personas que prefieren, lógicamente, mantenerse en el anonimato. “La piedra filosofal de su modo de vivir y trabajar era enfrentar, constantemente, a los de su alrededor, consiguiendo que cada uno de ellos le contase lo bueno y lo malo del otro y viceversa. Manejaba información de todos los bandos, obtenida, curiosamente, por ambos lados de la mesa. Tremendo”,

“Yo llegué a trabajar, supuestamente, en total secreto y anonimato para él en un informe ‘secreto’ que me pidió sobre el funcionamiento del fútbol base y La Masia”, explica uno de los implicados en ese tipo de artimañas. “Es más, cuando terminé la redacción de mi informe, se lo dejé en la portería de su casa y, en teoría, solo él y yo sabíamos, no ya de su existencia, sino de quien lo había elaborado. Pues bien, 24 horas después, ¡solo 24 horas después!, Martínez Vilaseca y Oriol Tort, dos seres sensacionales y máximos responsables del fútbol base, me llamaron a su despacho y me dijeron que quien coño era yo para hacer aquel informe. Sí, sí, Núñez no tardó ni medio día en descubrirme frente a aquellos que él mismo me había pedido que investigase”.

La demostración de que Núñez no se fiaba de nadie y todo, todo, lo sometía a multitud de comprobaciones llegó a su culminación en las semifinales de la Recopa que el Barça acabó ganando, en uno de sus grandes hitos, en Basilea. Los azulgrana se enfrentaron al Beveren belga y ganaron, con muchísimos apuros, en el Camp Nou, por 1-0, con gol de Charly Rexach, de penalti.

Un tio ‘echao palante’

Temían que la vuelta fuese horrible y un directivo le dijo a Núñez que el árbitro del partido de vuelta, en Belgica, era “perfectamente comprable”. El colegiado era el inglés Patrick Partridge, de gran prestigio, que llegó a ser presidente de la Asociación de Árbitros de la Premier League. Núñez, que sospechaba de todo el mundo, temió que el directivo le estuviese levantando la camisa y preparando un timo. El presidente habló con su inseparable Pulido para que su compañero de junta le preparase una cita, en un hotel de Bruselas, con el colegiado. El árbitro ni se presentó porque, lógicamente, Núñez tenía razón, le querían levantar el soborno y aquel directivo no sabía ni quien era el colegiado.

“Fue una auténtica lástima que no supiese ver que su tiempo había pasado y estirase, en exceso, su presidencia”, explica una de las personas que mejor lo conocían. “Fue un gran presidente para el club y para el socio. Era un tio ‘echao palante’, que jamás necesitó socios en su empresa constructora y que supo reforzar la economía del Barça”. En ese sentido, esta misma fuente recuerda que ha sido el único presidente de la historia “al que no le sabía mal vender a sus estrellas y así lo hizo con Maradona, ¡Maradona!, Stoichkov., Romário, Ronaldo…precisamente porque tenía un punto de vista, un espíritu, tremendamente comercial”.

Se fue y jamás volvió

Los hay que aún se acuerdan, no ya de su absoluta falta de relación con Jordi Pujol, entonces un auténtico mito, dios, ídolo de Catalunya, sino de su tremendo enfrentamiento con TV-3, el segundo poder en el país, y como, al final, solo tenía de su lado al radiofonista José María García, que, durante los últimos años, ha seguido defendiéndole a capa y espada, pese a haberse inventado aquel apodo de ‘minilendakari de Barakaldo’.

“Eso sí, una cosa que tuvo muy buena es que, una vez abandonada la presidencia del Barça, no volvió a meterse en líos futbolíticos ni a formar parte del lamentable entorno”, señala esta misma fuente. Tras romper, en 1978, al más puro estilo de Donald Trump con la tradición tan catalana de ‘passar-se el porró’ entre familias culés, no solo no dejó heredero sino que puso el Barça, su ya entonces amado club, en manos de Joan Gaspart, alguien que, él mismo, se consideraba el peor presidente posible.