‘La huelga de país’, por Gregorio Morán

Entre las novedades más significativas del procés hay que contar con las filológicas porque las demás carecen de interés al estar ausentes de surrealismo. Es verdad que los términos “represión”, “presos políticos”, “fascismo”, entre otros, han tomado carta de naturaleza en un sentido torticero, digno de gente que carece de cualquier sentido de la medida y que habla de oído, porque le suena. Pero ninguna expresión alcanza el volumen de lo tridimensional como la “huelga de país”.

Hasta ahora se han programado en Cataluña dos huelgas “de país”. La primera el 3 de octubre y la segunda esta semana, el miércoles 8 de noviembre. ¿Qué es una “huelga de país”? Algo inédito en los anales de las luchas de clases y que hubiera dejado perpleja a la mismísima Rosa Luxemburgo, principal analista y defensora de las huelgas generales políticas.

Porque no se trata de nada que haga referencia a la eterna pelea entre ricos y pobres, entre asalariados y capitalistas, sino a una confraternización promovida por funcionarios varios, en general procedentes de la antigua Generalitat destituida y que tiene su base de masas en los estudiantes adolescentes de secundaria y de los primeros cursos universitarios. A ellos se sumarían los aparatos sindicales, como fue el caso del 3 de octubre, o sencillamente los restos del naufragio que se mueve en la hasta ahora desconocida, por minoritaria y subvencionada, Intersindical-CSC.

No hace falta ser ningún agudo analista para pronosticar que la izquierda en Cataluña, o lo que quedaba de ella, muy magullada tras unos años de peleas amañadas y bailes de salón, saldrá hecha unos zorros de este viaje hacia ninguna parte en el que se ha metido y del que no sabe por dónde tirar sin dejarse muchos pelos en la gatera. Una “huelga de país” es un sinsentido y un amaño de los manipuladores de la independencia con el que tratan de taparse las vergüenzas.

Una “huelga de país” es un sinsentido y un amaño de los manipuladores de la independencia con el que tratan de taparse las vergüenzas

Habría que empezar diciendo que paralizar la vida ciudadana en una huelga como las del pasado miércoles no es otra cosa que una provocación ejecutada por adolescentes y niñatos asimilados. La vanguardia de los activistas que llaman a la insurrección por la independencia ni siquiera son independientes de sus padres, en muchos casos una familia aducida por la marea de sus propios complejos. Los mismos que votaron, sustentaron y defendieron a la Generalitat corrupta que impuso el padrino por excelencia, Jordi Pujol, y que se indignan con el Partido Popular, ni más ni menos corrupto que ellos. Ésa es la única equidistancia posible, la de decir no a todos y no sólo a una parte, a la menos afecta a sus pretensiones de vivir en la trampa y de la trampa.

Porque no otra cosa es el señuelo de una “huelga de país”, algo inédito en la historia de las reivindicaciones de los humillados y ofendidos que ahora se suman al carro de quienes les han traído hasta aquí. Peligran sus ganapanes y convocan a defenderlos como si se trataran de un bien patriótico con bandera fraudulenta. ¿Cuánto tardará la sociedad catalana en limpiar tanta basura como han sembrado? Es cuestión de años no de días, ni siquiera de urnas. Ya habrá tiempo de hablar de ellas, de momento con las miserias cotidianas tenemos bastante.

Más de doscientos mil usuarios de los ferrocarriles se han quedado varados gracias a un puñado de chavales sin más dueño ni futuro que repetir las cantinelas de unos mediocres que se metieron irresponsablemente en un lío del que no saldrán de rositas. Ya estoy escuchando al abad de Montserrat diciendo naderías sobre la paz, la legitimidad y que no se toquen sus privilegios, enunciado con ese tono melifluo que me repatea las entrañas.

En estos tiempos de miseria inaudita habría que recordar los versos de Pier Paolo Pasolini dedicados a los estudiantes belicosos del 68, a los que no dudó en calificar de despreciables señoritos frente a los carabineros paletos. Hemos perdido el sentido de la medida de tanto hacer cábalas sobre la maldad congénita del adversario. Miles de ciudadanos afectados en un sucedáneo de huelga y sin nadie que defienda sus derechos. Una policía acojonada, ya sean mossos d’esquadra o guardias civiles, maniatados por la manipulación y temerosos de que los vuelvan a demonizar unos supuestos pacifistas que te cubren la cara de escupitajos, no violentos por supuesto, pero de los que debes limpiarte en casa y discretamente, sin alarmar la convivencia pacífica de los muñidores de esta gran estafa patriótica. ¿No dijo alguien hace ya unos siglos que el patriotismo era el último refugio de los canallas? Pues eso.

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