La máquina de propaganda del Govern catalán era crucial para el invento independentista

MUY a mi pesar, en estos momentos no me encuentro practicando el olímpico deporte de levantar potes y pinchos por alguna calle de los vinos del País Vasco.

Si estuviese allí, digamos que en la bilbaína Pozas -y que mi mujer donostiarra me perdone el ejemplo-, podría llevar a cabo un pequeño experimento sociológico. Consistiría en acercarme a varios veinteañeros que estuviesen dándole al morapio para hacerles la siguiente pregunta:

¿De qué época datan el término Euskadi y la bandera ikurriña?

Tengan seguro que la mayoría me responderían que desde siempre, desde la noche de los tiempos.

Lo cierto es que son dos inventos de Sabino Arana de finales del XIX. La propia denominación de País Vasco es muy tardía, también de hace dos siglos. En su «Historia mínima del País Vasco», el sabio Jon Juaristi, que cada domingo deleita desde estas páginas, lo explica perfectamente.

En nuestro Siglo de Oro aquellas hermosas tierras eran conocidas como Vizcaya y en el XVIII empieza a hablarse de las Provincias Vascongadas. De Euskadi -término del que jamás se apeará un buen progresista madrileño, tipo Sánchez o Iglesias- nada se supo jamás, hasta que dos hermanos nacionalistas, antes fervorosos carlistas, se lo sacaron del magín anteayer.

El nacionalismo crea sus mitos, está archidemostrado. En Galicia hubo un Gobierno de coalición de socialistas y nacionalistas, de mal recuerdo. Solo duraron cuatro años, pero ya se habían inventado su Papá Noel gallego, O Apalpador, por supuesto ancestral.

Si hubiesen logrado continuar un par de mandatos, esta Navidad la mitad de los niños gallegos pedirían sus regalos al Papá Noel autóctono. Perdieron el poder, cesó la propaganda nacionalista, y de la inmemorial tradición nunca más se supo.

En Cataluña se ha llevado a cabo en los últimos veinte años una operación de ingeniería social de pocos precedentes en un Estado democrático.

Han utilizado los resortes del poder para fomentar el odio a España y vender una historia mítica de su región, que la haría acreedora de ser independiente, instante en que los catalanes arribarían a la tierra prometida.

Las armas del «proceso» han sido la escuela y la propaganda, ejercida con descaro absoluto. A golpe de subvenciones se compró para la causa a los medios locales, alguno con vitola de grandeza de España.

La televisión autonómica fue convertida en una fábrica de independentistas (que pagamos todos los españoles, pues la Generalitat ha sido rescatada debido a la mala cabeza contable de sus gobernantes).

Una tupida malla de asociaciones separatistas fue inflada a subvenciones. Se inoculó el nacionalismo en todos los ámbitos, del fútbol a las fiestas patronales. Tejieron una red de embajadas para el apostolado planetario y hasta pagaron a lobistas en Washington.

El 155 tendrá un insólito efecto: de repente toda esa impresionante máquina de lavar cerebros se parará, porque cesará de manar el dineral público que la sostiene.

Un cambio radical. Ya no habrá un altavoz tronante del independentismo pagado por el poder. Algún medio de fidelidades pecuniarias no tardará en virar. El globo perderá gas, porque la propaganda era la falange más importante de la sedición.

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