‘La pax catalana y Monica Lewinsky’, por Manuel Trallero

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No seré yo quien desde mi ignorancia enciclopédica en materia jurídica –como en todas las otras– le enmiende la plana al tribunal alemán que denegó la extradición a España de Puigdemont. Soy, además, un hipocondriaco de manual, un quejica de mucho cuidado porque a mí siempre me duele más que a los demás. Pertenezco al distinguido gremio de los neurasténicos que acuden al médico afirmando que tienen un tigre debajo de la cama. Llámenme cobarde, quejica o alarmista pero puedo asegurarles que durante los aciagos días del mes septiembre y octubre pasados un servidor de ustedes los tuvo mismamente por corbata y no me llegaba la camisa al cuerpo. La posibilidad de que en el cuadrante nororiental de la península Ibérica se montase una tangana de mucho cuidado y se fuera todo al garete dejó de ser algo remoto, consecuencia de una simple sobredosis de fabada asturiana o de una noche loca de gin-tonics.

Al no haber existido violencia según el tribunal, lo mío fueron simplemente figuraciones, exageraciones, manías de viejo. El caso es que, víctima de mi mente calenturienta, he creído ver un cierto paralelismo entre la sentencia del tribunal alemán y lo sucedido en Estados Unidos con Monica Lewinsky. Esta señorita, siendo becaria en la Casa Blanca, le otorgó favores sexuales al entonces presidente Bill Clinton en los remotos años de 1995 y 1996. Cuando estalló el escándalo, el presidente norteamericano aseguró ante la televisión que “¡Yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer!”. Según Fernando Vallespín, autor de un libro estupendísimo titulado La mentira os hará libres, la frase del hombre más poderoso de la tierra “era una bella mentira que posee una evidencia en sí misma”, según los versos de un poema de Oscar Wilde. Al final, un Clinton acosado reconoció que tuvo una “relación física impropia”, y lamentó “haber confundido a su familia, a sus colegas y al público sobre lo que realmente ocurrió”. Engañado, pero no mentido. Quedarían para la posterioridad las peripecias de un puro habano convertido en un juguete sexual y las manchas en un vestido que la becaria guardaba, según dice acertadamente Vallespín, “como si fuera el brazo incorrupto de santa Teresa de Jesús”.

Es decir, que en Cataluña no hubo violencia como en el despacho oval de la Casa Blanca no hubo “relaciones sexuales”

Es decir, que en Cataluña no hubo violencia como en el despacho oval de la Casa Blanca no hubo “relaciones sexuales”. Por lo visto, no hubo coito entre Clinton y Lewinsky como no hubo nadie que fuera con la cabeza debajo del brazo. Prevaleció entonces el llamado efecto del “sin ningún género de dudas”, como prevalece ahora el convencimiento de Sánchez Ferlosio de que “cualquier nominalista se mostraría conforme si yo dijese: voy a usar el término violencia únicamente para la violencia física“. Vayan ustedes a saber. América también se creyó a Clinton. Aunque para el pensador esloveno Slavoj Zizek “el verdadero ‘romper los huevos’ no es la violencia física, sino la intervención en relaciones sociales e ideológicas que, sin destruir necesariamente a nadie o nada, transforma el campo simbólico por completo”.

Solo me resta rogar a los señores jueces alemanes y a todos los exegetas de la pulcritud del proceso y a los miembros de los CDR​, dignísimos miembros del pueblo catalán, que cuando llegue el momento, por favor, no miren debajo de la cama. Tan solo música de Bach. Muchas gracias.