La puerta giratoria de Irene y Pablo

Cuando uno intercomunica su vida privada con la política ha de gastar piel más gruesa

Hay 348 diputados en el Congreso de cuya vida privada apenas sabemos. De algunos no tenemos noticia ni de su estado civil. Solo trascienden sus detalles íntimos cuando son nombrados para cargos relevantes y a los periodistas nos toca trazar un perfil más personal, que incluye en muchos casos una foto del pobre cónyuge, ajeno a esta pomada periodística. Luego hay casos excepcionales: el presidente Rajoy asume con deportividad la curiosidad que genera su esposa, Elvira Fernández, remisa incluso a acompañar a su marido en actos públicos y viajes, salvo los estrictamente necesarios. La reciente visita a China fue una de esas excepciones que confirman la regla. También hay ministras como Dolores de Cospedal a la que hemos visto, para su sorpresa, en bañador y además su marido es pieza recurrente para la oposición cada vez que se quiere emponzoñar su gestión política. Un líder nuevo, como Albert Rivera, también ha despertado a la portera (o portero) que todos llevamos dentro y su pareja, Beatriz Tajuelo, ha terminado siendo carne de cañón en algunas revistas y periódicos. En todos los casos el interés es solo en una dirección.

Pero hay dos parlamentarios que han puesto sus propias puertas giratorias –tan denostadas por el populismo– entre su intimidad y su ruidosa carrera política. Son Pablo Iglesias e Irene Montero. El primero ya luce galones en ese terreno: primero fue Tania Sánchez y ahora Irene Montero, dos brillantes mujeres que han tenido la suerte de hallar el éxito político justo cuando han compartido la vida con el líder supremo. Nada que objetar si no fuera por la cara de vinagre que se le pone al señor Iglesias cada vez que alguien constata, como hizo ayer Rafael Hernando, lo que es una evidencia: que él y su portavoz parlamentaria no solo comparten las ganas de asesinar políticamente a Mariano Rajoy sino su vida personal. Nunca lo han ocultado y hasta en ocasiones han hecho alarde de ello. Muchos periodistas son testigo de esto. Rechina pues escuchar a la nueva Clara/Irene Campoamor hablar de feminismo en su especial situación y con un compañero a su lado tan poco respetuoso con las mujeres. Mariló Montero, Ana Romero y Ana Oramas, entre otras, tienen mucho que contar al respecto.

Hago esfuerzos por no imaginar qué estaría diciendo el ultrasensible Iglesias si, a la diestra de Rajoy, estuviera sentada su esposa en lugar de Sáenz de Santamaría. O qué improperios declamaría si el discreto marido de Ana Pastor, al que todos conocemos por las caminatas con las que le tortura Rajoy, oficiara de vicepresidente primero del Congreso y sustituyera a su esposa cuando esta ha de ausentarse para ir al lavabo mientras él martiriza al auditorio con tres horas de discurso. A Carmen Romero y a Ana Botella, por la mitad de lo de Irene, se las llamó aprovechadas.

Pero Pablo Manuel e Irene María viven en el lado correcto de la política. El guay.

Mayte AlcarazMayte Alcaraz

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