‘Las promesas sin complejos de Soraya’, por Manel Manchón

Los catalanes se han acostumbrado al lenguaje que ha difundido el independentismo. Las palabras, las expresiones, los mensajes que se dan por descontado, todo eso ha sido interiorizado tras un exitoso plan del soberanismo, que ha contado con potentes altavoces, pero también con la habilidad de veteranos políticos, que ya en la jubilación han vivido una segunda juventud actuando como agitadores. Es el caso de viejos luchadores por la democracia que se enrolaron en su día en Convergència, en el PSAN, el PSUC o el PSC. Y que, a través de la ANC, han logrado lanzar la equivalencia entre el proceso soberanista y la defensa de los principios democráticos.

Por ello, cuando se trata de buscar una solución al actual bloqueo político e institucional en Cataluña, la primera reflexión que surge es que se debe actuar para lograr la complicidad de los más de dos millones de catalanes que han apostado en los últimos años por el proceso independentista. ¿Qué harán? ¿Cómo reaccionarán ante la aplicación del 155? ¿Qué respuesta debe ofrecer el Gobierno central? ¿Sólo una mejora de la financiación autonómica?

La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, se paseó por Cataluña en los últimos meses con sus carpetas, con sus planes sobre infraestructuras, y sobre la financiación autonómica, sobre la necesidad de mejorar la coordinación entre administraciones. Pero ha comprobado que eso no le ha servido de mucho. Si sólo se planteaba la petición de un referéndum de autodeterminación, todas esas carpetas no tenían ningún sentido.

Sáenz de Santamaría recuerda que no se debe pensar sólo en los dos millones de independentistas

Ahora Soraya vuelve con esa idea, porque le ha dado la vuelta al principal argumento. Lo explicó con claridad este pasado martes en un almuerzo con empresarios en la sede de Foment del Treball, con Joaquim Gay de Montellà a su lado, que llevaba una nada subversiva, pero realmente atrevida corbata amarilla.

Señaló Soraya que se debe pensar en el resto de catalanes, en los 5,4 millones restantes, y no sólo en los que defienden la independencia. A esa parte de la sociedad catalana, el Gobierno, considera la vicepresidenta, se debe mostrar un mayor respeto y solucionar las cuestiones que realmente no funcionan: esa falta de coordinación, la mejora de infraestructuras, como Cercanías, o el modelo de financiación.

Y, sin perder el sentido del humor, sin dejar de entender lo que ha ocurrido –aunque se la critique por pensar justo lo contrario– Soraya aseguró que cuando uno coge el tren un lunes y ve que no llega a su hora, porque ha pasado cualquier disfunción, “se hace independentista antes, que si lo coge un viernes”, cuando ya está cercano el fin de semana.

Algunos exconvergentes admiten ahora que se podría volver a la situación de 2010

El hecho es que Soraya apuntó ciertas cosas a los empresarios catalanes reunidos en Foment que les llevó a asentir con la cabeza: primero, que ahora el Gobierno tiene experiencia para aplicar el 155 –“la experiencia es un grado”, precisó– y que lo volverá a aplicar si el Gobierno que surja tras el 21D vuelve a poner en marcha la dinámica del proceso independentista.

La segunda, que el Ejecutivo no tiene ningún interés en humillar a nadie, y prueba de ello es cómo se está aplicando el 155. Y el tercer mensaje, que enlaza con lo apuntado al inicio, que se debe dejar los complejos en un cajón y decir que, precisamente, el independentismo estructural se ha detectado entre las generaciones mayores, como el Brexit, entre los ciudadanos de más de 60 años, no entre los jóvenes. Es decir, que en Cataluña muchos liberados con posibles, —muchos exconvergentes que ahora quieren mover cosas que no hicieron en su día– se dedican a jugar con la independencia.

Hará falta cintura y política, algo que no ha sobrado, precisamente, en la Moncloa, pero Soraya señala algunas cuestiones que no se quieren reconocer públicamente en Cataluña, aunque, claro, sí se hace en los salones privados. Justo enlaza con lo que algunos convergentes, ahora del PDeCAT, activos en política, explican sin rubor: “Se podría volver a 2010, no estábamos tan mal”. ¡Vaya!

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