Los agresivos y despóticos enemigos de la Reconquista

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Según otra versión muy divulgada, España va construyéndose por primera vez en esos ocho siglos, negligiendo u omitiendo los anteriores períodos romano e hispanogodo. Pretensión realmente chocante para un historiador, pero mantenida por muchos profesores. En tal caso tampoco valdría el término Reconquista, sino algún otro como “Construcción nacional”. La idea parte de Américo Castro, quien asegura que los peninsulares anteriores a la invasión árabe, romanizados, cristianizados e hispanogodos, no eran propiamente españoles, a pesar de que hablamos una derivación del latín, la mayoría se sigue considerando católica. Por el contrario, imaginó que España se habría formado en una “sociedad de las tres culturas” (cristiana, judía y musulmana) en tolerancia mutua. La Reconquista habría sido un fenómeno negativo, que habría destruido la convivencia, impuesto por la violencia el poder de los cristianos, el grupo más fuerte pero también el más atrasado e inculto. Y de ese trauma histórico habría nacido el “cainismo” español, su tendencia a la guerra civil, etc. Es obvio que Castro partía de unos conocimientos parciales y mediocres tanto sobre la Reconquista –como le reprochó y demostró Sánchez Albornoz– como sobre otros países europeos próximos, en los que podría encontrar ejemplos de cainismo y guerracivilismo mayores que en España; por no hablar del Magreb o Marruecos, donde las guerras civiles han sido un dato histórico casi permanente. La idea caló en algunos ambientes porque cultivaba mitos de “tolerancia” muy en boga, por fuera de la realidad histórica que estuvieran.

Pero lo significativo es que, a pesar de la evidencia histórica, los enemigos de la Reconquista han ganado muchos puntos en la universidad, la política y los medios de masas, hasta el punto de que el uso de la expresión se ha convertido en tabú en numerosos departamentos de historia e institutos, incluso con prohibición expresa de usarlo a los alumnos. La aversión va desde el ataque y prohibición de la palabra, hasta la admisión del fenómeno histórico, pero conceptuándolo como nefasto. Uno de los periodistas más influyentes en los últimos decenios. J. L. Cebrián, ha calificado a la Reconquista de “insidiosa”, un calificativo extravagante pero en todo caso muy negativo. Los ejemplos podrían multiplicarse. En museos, monumentos, etc., se exalta la impronta musulmana y se denigra o exhibe con indiferencia la cristiana. Los políticos islamófilos –y generalmente tan incultos como corrompidos, esta es una realidad realmente deplorable y temible— acosan en lo que pueden la herencia cristiana, tratando de hacerla “laica”, como en la catedral de Córdoba, no persiguen las numerosas y crecientes agresiones contra iglesias y personas católicas mientras exhiben su preocupación contra lo que llaman islamofobia y favorecen la inmigración de unos musulmanes que no han olvidado a Al Ándalus. Cualquier reivindicación del pasado histórico real de España es desacreditada como “fascista” o “facha”. La fobia a la Reconquista ha ido adoptando tonos cada vez más agresivos, como los incidentes y manifestaciones contra el aniversario de la toma de Granada. Esa fobia viene casi siempre unida a la exaltación de un islam repleto de tolerancia y perfecciones culturales, por lo demás puramente imaginario.

Entre otros muchos comentarios y denuncias a tal fenómeno cabe espigar esta del escritor y periodista César Alonso de los Ríos, en un artículo titulado “Don Julián, hoy”, denunciando el tic antiespañol de buena parte de la izquierda. Para ello utilizaba la figura del conde Don Julián, que según la leyenda facilitó la invasión musulmana, reivindicada por el escritor Juan Goytisolo, discípulo de Américo Castro. Dicho de forma esquemática, la idea básica es que en la invasión árabe ganaron los buenos y en la Reconquista ganaron los malos. Goytisolo fue el más claro formulador de ese talante, en realidad viejo: “la negación del suelo patrio, de las tradiciones, de la moral convencional, incluida la heterosexualidad… Quizá esta última nota fue la menos celebrada: se tomó como un dato puramente personal aun cuando la consigna de Goytisolo era bien clara: la revolución total, la traición total, el entreguismo total pasaba por la reconversión sexual”. No deja de ser llamativo que la aversión, a veces odio abierto, a la Reconquista coincida hoy con la ideología LGTBI, con los separatismos que aspiran a disgregar a España, con complacencias hacia ciertos terrorismos, y tendencias similares.

No cabe duda de que se trata de un fenómeno llamativo, por el cual gran número de descendientes de los reconquistadores, influidos por políticos e intelectuales diversos, infaman a sus antepasados, exaltan a sus enemigos, niegan las más obvias evidencias históricas y se muestran hostiles o indiferentes a su propio país, su cultura e historia. Entender este curioso fenómeno exige remontarse, como dije, a la gran quiebra moral del “Desastre del 98″. Una derivación del Desastre fue el llamado regeneracionismo, que propugnaba “echar siete llaves al sepulcro del Cid” o calificaba la historia de España, desde los visigodos, como “anormal”, “enferma” (Ortega), explicaba la época de mayor influencia del país, posterior a la Reconquista, como “un imperio de mendigos y frailes aliñado con miseria y superstición” (Azaña). Etc. Aquella sarta de disparates malintencionados dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional

Por Pío Moa