Los compromisos del nacionalismo vasco son los mismos que el pujolismo mantenía hace 15 años

ESTÁ en buen momento el nacionalismo vasco. Gobierna cómodo, tiene tradición de poder y sabe usarlo.

El fin de la violencia terrorista ha rebajado la tensión política y social y le ha despejado el campo; con los dos grandes partidos nacionales encogidos allí hasta el límite de lo testimonial, el radicalismo tardoetarra queda como su único adversario. Desde la derecha al centroizquierda, el PNV domina el escenario como el partido-guía que siempre quiso ser: hegemónico, paternal, clientelista, seguro de su mando.

En tiempos de alta volatilidad y con el catalanismo huido al monte de la secesión, Rajoy ha encontrado en el viejo grupo nacionalista, quizá para toda la legislatura, un socio necesario.

El presidente aprecia el sentido convencional de la responsabilidad política y no tiene mucho donde elegir cuando busca aliados. La aritmética parlamentaria favorece a los jeltzales con una alta rentabilidad potencial de sus cinco escaños.

El pasado reciente demuestra que la lealtad no es su fuerte, aunque cuando sacan su perfil institucional se muestran como gente seria, fiable, juiciosa, formal en el cumplimiento de los pactos.

Tipos de confianza a los que ideológicamente se puede considerar parientes del PP si no fuese por un pequeño detalle: tienen una idea radicalmente opuesta del Estado. Tan distinta que su aspiración última y teórica sigue siendo la independencia del País Vasco.

Pero el marianismo no está para muchas milongas; se mueve en la perentoriedad del corto plazo. Se conforma con quienes sean capaces de compartir objetivos pragmáticos.

Al PNV le interesa pactar para consolidar su posición de conseguidor y mantener en la Europa sin fronteras su autogestión fiscal, su cupo financiero y otros privilegios forales desusados. Éste no es su momento cimarrón sino el realista, el utilitario; el de tejer alianzas para dar y poner la mano.

Urkullu, Ortuzar y Esteban han asumido el papel del pujolismo en los años noventa, cuando el nacionalismo catalán daba estabilidad a Gobiernos en precario. A cambio recibía competencias soberanas y financiación aventajada que usaba para construir en su territorio estructuras de Estado. Un modo progresivo y sofisticado de caminar hacia una especie de independencia de facto.

Éste es el aspecto peligroso de los actuales acuerdos presupuestarios. El lendakari se muestra como un dirigente constructivo y sensato que soslaya la secesión como un horizonte más que lejano.

Pero eso es exactamente lo mismo que Pujol y Mas sostenían -está escrito por ellos- hace diez o quince años. Luego llegó un momento en que se les quedó corto el marco de autogobierno y ya se sabe lo que pasó: se declararon en rebeldía encastillados en el poder que el resto de España les había blindado. Si en algún momento se repite el proceso no será por ausencia de precedentes; lo que sí será muy probablemente es tarde para recordarlo.

Ignacio Camacho

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