Los peterpanes en el país de los pavos

Sin ser sociólogo ni psicólogo, mi larga experiencia de educador de jóvenes me ha llevado a un profundo conocimiento de la naturaleza humana en esas fechas tempranas de la existencia, que conforman una parte importante de la franja de edad que constituye el caladero del voto podemita. Por esta razón, puedo decir que he visto nacer y crecer a esta generación que se siente representada por la banda de los antisistema, a la que sigue ciegamente a pesar de su probada ineptitud, sus variadas trapacerías, su vergonzoso antiespañolismo, y su rojerío antediluviano.

Es sabido el voto joven suele ir a la izquierda, por aquello de que esa tendencia política, al pretender subvertir el orden establecido y «cambiar el mundo», expresa mejor la connatural rebeldía juvenil y su ensoñador idealismo. En el fondo, el «voto del acné» tiene en su esencia el afán de rechazar los valores «burgueses» como metáfora de su necesidad de independizarse de sus progenitores aburguesados. Despegándose del mundo paterno y sus valores, cuestionando su autoridad, es como el adolescente pretende adquirir su identidad como adulto.

Y lo que he comprobado en mis años de docencia es que, a medida que iban pasando los años y las décadas, los jóvenes a mi cargo iban siendo cada vez más inmaduros, de un ingreso más tardío en la edad adulta. Para decirlo popularmente, he observado que cada vez dura más de lo que se conoce como «edad del pavo» ya que en las sociedades de consumo actuales esta etapa, que antes duraba unos cuatro años, se ha alargado desde los 12 hasta los años finales de la veintena. La causa principal es que los padres cada vez tienen menos tiempo para dedicarse a sus hijos, circunstancia agravada extraordinariamente en nuestro país por un horario laboral desmesuradamente largo que le hace incompatible con la conciliación familiar. Por ello, intentan compensar esta ausencia colmándoles de regalos y consintiendo todos sus caprichos, cayendo en una enfermiza superprotección, creadora de una «generación blanda», con la que intentar amortiguar su sentido de culpabilidad ante el abandono al que los someten.

Este déficit educativo produce en los jóvenes una falta de normas y de valores, una rebeldía ante cualquier obediencia a que se les quiera obligar, y un aumento muy acusado de la frustración ante todo aquello que les suponga tener que asumir responsabilidades, dedicación, nueve esfuerzo, y espíritu de sacrificio, pues están acostumbrados a que se les mime y se les dé todo hecho, a que se les considere los reyes de la casa, los «reyes del mambo», merecedores de toda clase de atenciones y privilegios. Esta «generación blanda nueve» ha disparado estrepitosamente el número de «ninis», cuyo porcentaje en España – en la franja que va entre los 15 a los 29 años- es del 22,7%, siendo superados sólo por Turquía, Grecia e Italia. Y adivinen a quiénes votan mayoritariamente esos «ninis», hasta casi la treintena, cuando la tendencia izquierdosa ya debería empezar a hacer aguas, enfrentada a la cruda realidad de un mundo que nadie puede cambiar, y al descubrimiento -como se descubre la falsedad de los Reyes Magos- de que no existen los salvapatrias, ni los mesías que te van a mantener sin que tengas que dar un palo al agua.

En el ámbito de la psicología, «la edad del pavo» se conoce bajo el nombre clínico de «Síndrome de Peter Pan», que se aplica al adulto que nunca acaba de madurar, arrastrando perennemente un infantilismo que tiene como representación interna de su yo el paradigma de su niñez, lo cual le hace presentar ciertos rasgos psicológicos y sociales típicos de la inmadurez: narcisismo, irresponsabilidad, rebeldía, cólera, arrogancia, manipulación, poca resistencia a la frustración, y la firme creencia de que está por encima de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas.

Según el psicólogo clínico Antonio Bolinches, el «peterpan» nuestra un marcado egocentrismo que les hace creerse merecedores de pedir y exigir de los demás, sin preocuparse por su parte de los problemas ajenos.

La característica que más llama la atención es la enorme dificultad que tienen a la hora de aceptar normas -quizás el mayor rasgo social que define la vida adulta-, pues cualquier ley que no les gusta les parece una imposición fascista, adjetivo con el que también califican a todos los que se oponen a sus intereses y sus necesidades.

Son los «peterpanes», los «pavos» de toda la vida, sólo que ahora duran mucho más. Niños grandes con muchas dificultades para independizarse de los padres, que se refugian en un mundo de fantasía, en una tierra del «Nunca Jamás» en la que pretenden reinar forever and ever.

Después de estas pinceladas genéricas que describen este síndrome, me parece innecesario preguntarles si es casualidad el asombroso parecido de los «peterpanes» con muchos de los personajes de la tribu podemita, que podrían ser puestos como paradigmas y ejemplos perfectos de esta enfermedad clínica: arrogantes, narcisistas, tramposos, perdonavidas, frecuentemente malcriados; irresponsables y esperpénticos reyezuelos que se creen los únicos detentadores de la verdad, con patente de corso para avasallar, insultar y amenazar, porque para eso son los más Zumosol; que se creen con derecho a desobedecer leyes y normas que no les gustan, porque para eso son los más chulos de la manada; con una patológica necesidad de llamar la atención montando numeritos y pataletas, jugando a ser «cheguevaras», «lenines» y mesías, siempre sobreactuando, organizando escraches, manis, y circos con tal de salir en la tele debido a su patológica necesidad de llamar la atención de los adultos, y porque se aburren soberanamente en las comisiones del Congreso; se creen los más listos, los más guays, jugando con España como si fuera un mecano o un rompecabezas, un simple divertimento, o un siniestro experimento con el que quieren llevar a nuestra Patriar a su Disneylandia black, a la tierra del «Nuncajamás», donde acabaremos como un juguete roto, listo para el NOM.

Esperemos que los «niñopavos» y los Peterpanes reflexionen alguna vez sobre las siguientes palabras del gran Churchill: «El que no es de izquierdas a los 20 años, no tiene corazón; pero el que a los 40 lo sigue siendo, no tiene cerebro».

Y ésta sería la mejor «internacional» que podrían cantar -puñoenalto, claro- en sus saraos revolcuionarios:

                                   «Al pavo, pavito, pavo,
                                   al pavo, pavito, sí.
                                   El pavero se ha marchado
                                   y el pavito ya está aquí».

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