Nacer después de los dolores, por Javier Pérez Andújar

Al principio creía que sólo lo veía yo. Había intentado explicárselo a mi primo, que aparcaba el Peugeot 205 y me esperaba en el Onubense hasta que acababa el programa. Pero no sabía de quién le hablaba. Yo le decía que eso era muy de verdad, y entonces le soltaba unas palabras muy raras que pronto iba a repetir toda España: ‘fistro’, cobarde, ‘pecadorl’, ‘diodenal’, ‘comorl’, ‘te das cuen’… Enseguida se hicieron famosas y todo el mundo empezó a decir que Chiquito era un creador de lenguaje. Qué rabia da que se ponga de moda lo que uno cree haber encontrado a solas.

La manera de hablar de Chiquito de la Calzada no se parecía a la de otros humoristas. El farfulleo de Antonio Ozores, las parrafadas de Cantinflas…, todo aquello era artificio. Demasiado elaborado, no era un medio humorístico sino un fin en sí mismo. El lenguaje le salía a Chiquito de forma natural y así consiguió que quisiéramos ser como él, apoderarnos de su alma hablando con sus palabras. Su vida era más verdadera que la nuestra. Ser normal y corriente, tener derecho a llevar una vida normal y corriente iba a ser nuestra lucha una vez abandonada la lucha de clases.

El lenguaje le salía a Chiquito de forma natural y así consiguió que quisiéramos ser como él, apoderarnos de su alma hablando con sus palabras

Fuera del diccionario y de la tele

Chiquito de la Calzada surgió el año en que acabó el siglo XX, el de la muerte de Kurt Cobain y el del estreno de ‘Pulp Fiction’: 1994, y como ya no había nada más que decir, este antiguo cantaor de flamenco tomó la palabra igual que se toma un palacio de invierno. En lo inútil del lenguaje, en lo absurdo de hablar, Chiquito estaba más cerca de Samuel Beckett que de cualquier otro artista. Lo que Chiquito saboteaba no era el idioma sino la televisión, porque la tele también se había pasado al enemigo a jornada completa. La tele había pasado de generar lenguaje, de fabricar ideas, a lanzar consignas para que la gente las repitiera. ¿Acaso no ocurrió con “no, hija no”, de Ozores; “veintidós, veintidós” del dúo Sacapuntas; “por qué será” de la Bombi; “yo sigo” de Joe Rígoli? Chiquito hablaba desde fuera del diccionario y desde fuera de la televisión. Chiquito hablaba desde la calle, desde las tabernas de Málaga que recorrió de chaval cantando para que le echasen una moneda. Hablaba desde la pobreza como lo han hecho los grandes personajes de nuestra literatura, desde el Lazarillo, la Celestina, el Quijote.

Toda su jerga, toda su extraña gesticulación, son la del hombre que se bate por soltarse de la atadura de la miseria

Aquel programa se llamaba ‘Genio y figura’ y lo presentaba Pepe Carrol. Ahora ponen muchos programas de magos, pero en esa época llevar un mago a la tele aún era un milagro. Lo mismo ocurre con los poetas, y por eso recordamos tanto a Gloria Fuertes y a Juan Tamariz, porque nos salvaban el pellejo a diario. Carrol era el más maravilloso de los ilusionistas, de algún modo estaba llamado a ser el heredero de Tamariz, pero el otro lado del espejo se lo tragó y nos dejó pensando por qué un hombre con una sonrisa así tiene que desaparecer.

Patillas de bandolero y camisas chillonas

Chiquito de la Calzada aparecía sentado entre el público. Su cabeza colosal como un guerrero olmeca que ha sobrevivido a los tiempos; las patillas de bandolero, de perseguido; las chillonas camisas de palmero. Chiquito de la Calzada nació para el flamenco pero su quejío era modesto (pudieron los palos a la rabia) y le tocó cantar por detrás. Delante se ponían las bailaoras, y con aquellos cuadros flamencos recorrió el mundo y vivió dos años en Japón. De la casa del sol naciente se trajo su filigrana gestual, sus pasos cortos de pies pequeños como en los dibujos de Peñarroya, el manoteo del hombre que se ha quedado atrapado en una noche de ‘yokais’, la criaturas fantasmales del japón. Toda la jerga de Chiquito, toda su extraña gesticulación, son la del hombre que se bate por soltarse de la atadura de la miseria.

Entretodos

El Carrete de Málaga, el más señorial de los bailaores, lo evoca en su libro de memorias ‘Al compás de la vida, aventuras y desventuras de un bailaor diferente’. Dice que una vez, en el aeropuerto de Oslo, le dio un apretón a una bailaora, y apurada se limpió el rilete con el billete de avión. Como no podía embarcar, Chiquito y otro flamenco empezaron a cantar fandangos en la escalerilla del avión para retrasar la salida hasta que el asunto se arreglase.

De esa guerra venía, cuando a los 62 años le llegó el reconocimiento en un género que no era más que su propia personalidad. Lo mismo le ocurrió a Cervantes, que quiso ser poeta y dramaturgo, cuando a los 58 escribió el Quijote, la mayor novela de la historia. ¿De qué modo fue auténtico? Como toda la gente pobre, Chiquito no tuvo derecho a nada, y al verse obligado a elegir prefirió entender la vida a entender el mundo.

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