¿A nadie le importa la verdad?

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Antonio Robles, portavoz de dCIDE
Antonio Robles, portavoz de dCIDE

Lo único que se dilucidaba ayer en la comparecencia como testigo de Rajoy era la habilidad de unos por convertirlo en imputado, frente a la astucia del otro por zafarse del enredo. Dicen que el pulso lo ganó Rajoy, lo que es seguro fue el desprecio de ambos por la verdad.

Mientras, en el Parlamento de Cataluña, a la misma hora, se hacía otro tanto. Lo único que perseguían los secesionistas era la utilización del Parlamento para pasar por reglas democráticas lo que sólo son instrumentos sediciosos para dar un golpe de Estado Institucional por capítulos sin ser percibidos como lo que son, unos vulgares matones.

En uno y otro caso, lo único claro es el desprecio por la verdad y la honestidad.

No jodan con eso de la ingenuidad

Estamos en manos de trileros institucionales. Si así es, La cuestión es por qué el sistema carece de instrumentos para neutralizar esta carcoma del Estado de Derecho. De hecho, los valores dialécticos más apreciados del sistema son los que dan un alto valor político al mangonear con maña las reglas para ponerlas al servicio del triunfo, no del trabajo bien hecho.

Y por favor, no me jodan con eso de la ingenuidad o la bisoñez; en sus vidas privadas no soportan que los toreen, timen, mangoneen o les utilicen como un clínex de usar y tirar. Pero consentimos que lo hagan en la política.

En realidad, el sistema democrático ya tiene suficientes reglas, pero si los ciudadanos participan de los mismos valores sectarios de los políticos, ¿quién se encargará de recordarles que la humanidad instituyó el Estado de Derecho para primar los mejores valores sobre los peores? (No hablo de ideología, sino de valores. La honradez no es patrimonio de ninguna de ellas, sino exigible a todas).

Ni muros, ni Trump, ni Puigdemont

Puede que el único y último instrumento para que esos delincuentes de la política se comporten como hombres y mujeres honestos, somos los ciudadanos. Si esto fuere así, resulta paradójico, que al final sea la salud de los valores, esos constructos emocionales subjetivos que se han ido acrisolando a lo largo de los siglos, y que tan denostados están a nivel político, como la honestidad, la coherencia, el respeto a la palabra dada, la responsabilidad, el esfuerzo, la objetividad, la neutralidad y la tolerancia a las ideas de los demás, sea la salud de los valores, repito, la que determine a su vez, la salud de la política.

Ayer, un grupo de ciudadanos, nos plantamos ante las puertas del Parlamento de Cataluña bajo el lema: “NO VOLEM MURS, NI DE TRUMP NI DE PUIGDEMONT” (No queremos muros ni de Trump ni de Puigdemont) para denunciar la estafa democrática que dentro estaban pergeñando los secesionistas. En este caso, bajo las siglas del Foro de Izquierdas No Nacionalistas (ACP, ASEC/ASIC, En Positivo, Recortes Cero y dCIDE). Curiosamente, los diferentes proyectos políticos iban del centro izquierda a la izquierda radical, pero todos extraparlamentarios.

¿Dónde estaban las izquierdas parlamentarias de Cataluña? ¿Dónde sus militantes?

Dicen que dentro, en el hemiciclo, resistiéndose a Junts pel Sí y a las CUP. No deben resistirse tanto cuando no han movido un solo dedo para hacer fuerza desde fuera. Sus contradicciones son manifiestas. Esa opción política que tantas batallas libra en las calles, sobre todo cuando está por medio el “Dret a decidir”. Su última contradicción es haber retirado en la reunión celebrada por los órganos de gobierno de Catalunya en Comú el pasado día 8 de julio, un manifiesto de 200 militantes encabezados por históricos como Eulàlia Vintró, J.L.López Bulla o Joan Boada, donde se llamaba a no participar en el referéndum del 1 de octubre por ilegal, y sustituirlo por una llamada a “todas las movilizaciones a favor del derecho a decidir”. En misa y repicando.

Ya lo decíamos en nuestro lema de dCIDE: “Una izquierda que vuelva a amar de nuevo a su país”.

Por Antonio Robles