“No llores por mí Cataluña”, por Manuel Trallero

Todas las comparaciones son odiosas, pero estos tiempos que corren en Cataluña me recuerdan los últimos días de Franco. No había noticias, sino tan solo rumores. Nadie tenía la certeza de que lo que iba a suceder y las más peregrinas ocurrencias adquirían apariencia de veracidad. No estamos en unos tiempos líquidos, ni siquiera en la posverdad. La realidad sencillamente se ha desvanecido como por ensalmo y solo vivimos del plasma. Este jueves por la mañana, a las ocho, he creído estar soñando cuando Jordi Basté en RAC1 se hacía eco de la creencia de que Carles Puigdemont declararía la independencia y acto seguido se refugiará en una embajada extranjera, “porque por no tiene la intención de pasarse el resto de sus días en la cárcel”. Por momentos he creído estar soñando con las emisiones de Radio París y las especulaciones sobre la enfermedad del Generalísimo, hace de ello más de cuarenta años.

La mejor interpretación de lo que está ocurriendo en Cataluña, a primeras horas de la tarde del jueves, que es cuando escribo estas líneas, la ofrecía en Twitter la genial Maruja Torres: “Otra cosa, no, pero el señor Puigdemont sirve como ejemplo de los resultados que produce el síndrome de Peter [Pan] aplicado a un cargo político”. Echando mano de la Wikipedia he encontrado que los afectados por el mismo presentan “rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, arrogancia, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas”, cualidades que sin duda alguna adornan a nuestro actual presidente de la Generalitat. Bingo.

No creo que cuando Puigdemont abandone por fin la presidencia se viertan muchas lágrimas por él

Hay que tener la autoestima en su sitio para declarar la independencia de Cataluña y acto seguido suspenderla hasta nuevo aviso. No contento con ello ha pasado de la República catalana a convocar unas elecciones autonómicas en menos de veinticuatro horas. Y, en menos de dos horas, a citar a los medios de comunicación a una rueda de prensa para anunciarlas que después ha retrasado una hora y que finalmente ha vuelto a retrasar. Todo esto mientras siguen convocadas sendas sesiones en el Parlamento catalán y en el Senado por la nimiedad esa del artículo 155 de la Constitución. ¿Habrá elecciones, no las habrá? ¿Habrá declaración de independencia o no la habrá? ¿Qué pasará? ¿En que acabará todo? Él continúa deshojando la margarita mientras sus conciudadanos estamos permanentemente subidos en la montaña rusa o hervidos al baño maría. Le importamos una higa.

Y eso que las chicas de la CUP pensaban ponerse camisetas nuevas para tan señalada ocasión. Mientras que en la prisión madrileña de Soto del Real se ha fundado una peña de seguidores del Barça. Ya solo falta que Messi les envíe una camiseta dedicada a nuestros “prisioneros políticos del catalanismo” o “activistas sociales”, a quienes por cierto ni nadie ha elegido para representarnos a todos los catalanes ni para hablar en nombre de Cataluña. Sin embargo los Jordis —no confundir con la banda de los Pujol– son ya como de la familia, y Lluís Llach cuenta las noches que ya faltan de sus hogares. Provocan la lágrima fácil del personal como si fueran los niños de los inmigrantes convertidos en cadáveres para abrir cualquier telediario. No creo que cuando Puigdemont abandone por fin la presidencia se viertan muchas lágrimas por él. Creo, por el contrario, que quizás corra el cava igual que cuando falleció Franco. Un auténtico alivio.

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