Occidente y el terrorismo islámico: la rutina de llorar

¿Cuántas muertes tienen que ocurrir para que él sepa que mucha gente ha muerto? (Bob Dylan)

SI Dylan escribiese hoy su mítica «Blowin in the wind» quizá tendría que preguntarse cuántos atentados tienen que producirse para que alguien se decida hacer algo.

Algo más que lamentarlo de manera más o menos protocolaria, actitud en la que todos empezamos a adquirir una experiencia casi refinada; desde el gesto solemne, contrito o indignado de los líderes hasta el llanto ternurista de las redes sociales.

Pero no está lejano el día en que incluso las expresiones de dolor adquieran un tono fetichista, mecánico; la tragedia ajena primero provoca conmoción, luego sobresalto y, por último, a base de repetición, degenera en rutina.

Estamos a punto de habituarnos a los ataques terroristas como los japoneses a los terremotos o los caribeños a los huracanes: con la indiferencia resignada de los fenómenos naturales.

Sin embargo el terrorismo, aunque tiene a menudo un fatal grado de inevitabilidad, no es en sentido estricto una catástrofe. Y en todo caso la sociedad moderna, tan reticente a la incertidumbre y a las consecuencias del azar, también lucha por prevenir y combatir los desastres.

El problema es que frente al delirio de la teocracia islámica estamos conformándonos con la siempre insuficiente prevención y renunciando al combate. Y eso de algún modo significa que antes que involucrarnos en la lucha preferimos pagar el coste de ser víctimas aleatorias como si fuese un destino inexorable.

Una especie de designio contingente que un día se cierne sobre París y otro sobre Niza, Londres, Estambul o Manchester. Está llegando un momento tal de conformismo, un nivel de pasividad, que cuando nos enteramos de la última salvajada casi nos alivia que haya sucedido en otra parte.

Por eso el conflicto de Siria sigue vivo, sin que Occidente sepa siquiera distinguir de parte de qué bando quiere situarse. Por eso ningún Estado se atreve a ir con la determinación necesaria a por el despiadado Daesh. Protestas, lamentos, plegarias, manifestaciones: ésas son nuestras armas morales.

Hermosas, conmovedoras, confortantes pero banales, inútiles como fusiles de palo frente a unos bárbaros atroces resueltos a liquidarnos por cualquier medio a su alcance. El pensamiento débil y el buenismo abstracto nos han blindado ante las más incómodas y comprometidas verdades.

Se diría que hemos elegido llorar, pero la frecuencia del llanto conduce al tedio. Un día será completo el desistimiento y ofreceremos con mansedumbre nuestras gargantas a los cuchillos de los carniceros.

Ya ha ocurrido otras veces en la Historia, donde se supone que está escrita la memoria de los pueblos. Si no se aprende de ella, al final queda el camino libre al desvarío de las distopías y de los fanatismos más siniestros.

Por Ignacio Camacho

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