Podemos quiere erradicar de nuestra sociedad el «amor romántico» y el día de San Valentín

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INCLUSO más que los delirios distópicos y la genealogía totalitaria, de Podemos me molestaba la cursilería. Esos abrazos, esas emociones a flor de piel, esas lágrimas de hacedores de destinos, ese insufrible rastro de almíbar, resbaladizo, engordador, adolescente de jugar a la botella, que dejaba la autoproclamada «fábrica de amor».

Debo reconocer que, habiendo dedicado Podemos sus últimas efusiones antes a la sangre que al sentimiento, me ha bajado bastante el índice de azúcar que antes se me disparaba en su observación.

Espero ahora, para terminar de equilibrarlo, una serie de apariciones de cadáveres en los cuales los forenses distingan la acción de un mismo piolet, delator de un único asesino en serie con coartada purgante como ya los hubo en la historia, sólo que como tragedia y no como autoparodia.

Con todo, mi reconciliación con Podemos puede completarse gracias a una de esas anécdotas que ocurren en la periferia de la Gran Noticia pero que a menudo son más significativas que esta.

Podemos quiere erradicar de nuestra sociedad el «amor romántico» y el día de San Valentín, precisamente ese en el que nos hemos adentrado hoy con el pavor habitual a la liberación en la vía pública de corazoncitos y flechitas de Cupido que pueden llegar a alcanzarnos como la bala perdida de un enamoramiento ajeno.

Lo que faltaba. Se ve que el amor que fabrica y predica Podemos es colectivista y de vocación social, porque ese otro amor que consiste en ir resucitando princesas con besitos, Podemos lo considera una herramienta de alienación de la mujer que fomenta incluso el maltrato físico. ¡Cáspita!

De esto tiene que enterarse cuanto antes mi mujer. Tantos años llevo recibiendo en casa el trato de gruñón desabrido que escatima besos y palabras dulces, que olvida las fechas señaladas y maneja los ramos de flores como si fueran coronas mortuorias, y resulta que yo era sin saberlo un precursor de la emancipación de la mujer que detectó antes que nadie los espantosos mecanismos represores ocultos en la naturaleza misma del amor galante.

Anulen inmediatamente sus reservas en restaurantes para esta noche, cancelen la sorpresa del anillo que ella iba a encontrarse hundido en la copa de champán, reprochen a los floristas la perversa conducta social que inducen con sus coloridos ramos, y luego recorten el ensayo de Podemos sobre «amor romántico» para llevarlo a casa como credencial para mantener alejada a su pareja, igual que el crucifijo rechaza a Drácula, cada vez que esta se acerque con cara de ir a decir «gordi» o «tocinillo».

No cabe otro amor que el de la militancia al estilo montonero. El amor galante es propio de casta y regresivo, machista y probablemente carnívoro, taurino y del Madrí, prácticamente el preludio de una paliza.

Quede esto claro en casa, no sea que hoy den fútbol y haya que salir a cenar con las manos entrelazadas, qué vergüenza, como si fuéramos gente de esa que no contiene los sentimientos, sino que aliena con ellos. Y los niños a la cama, carajo.