Por qué soy políticamente alarmista

Santiago Trancón
Santiago Trancón

Lo confieso: soy políticamente alarmista, radical, antropológica y cuánticamente. Es como si la vida me hubiera atado al mástil de una galera y no tuviera más remedio que gritar “¡barco enemigo a la vista!”. Puedo equivocarme y confundir un submarino con un cachalote de cincuenta toneladas, pero no que se aproxima una amenaza. Y segunda confesión: me siento cada vez más como Ulises; grito y nadie me oye, porque todos han decidido taparse los oídos con la cera de las industriosas abejas, tímpanos bien protegidos. La soledad del alarmista es la peor de las soledades.

Alarmista es quien, por obligación, por ineludible responsabilidad, grita ¡al arma! cuando ve llegar a las puertas de tu casa, de tu corral, de tu guarida, una amenaza peligrosa que puede acabar contigo y con todos los tuyos. Digo de tu casa para que te enteres y no pienses que estoy hablando sólo de la mía. Alarmar es alertar con vehemencia de aquellas situaciones en las que el tiempo es fundamental para poder reaccionar y organizar, primero una eficaz defensa, y luego un eficiente ataque que aleje, a ser posible para siempre, la amenaza descubierta.

Alarmismo no es lo mismo que pesimismo

 Debo aclarar que alarmista no es lo mismo que pesimista, aunque pueda acabar siéndolo. El alarmista no se resigna, no acepta la derrota, aunque al final pueda encontrarse quijotescamente solo ante la bestia, los piratas o la invasión de ratas que acabe apoderándose del barco (se nota que estoy leyendo estos días las “Aventuras de Arthur Gordon Pym”). El pesimista, en cambio, desconfía del esfuerzo porque considera imposible una victoria frente a lo irremediable.

Pero vayamos al meollo de lo que quiero decir: por qué está tan mal visto el alarmismo político. Uno se vuelve alarmista cuando, cansado de razonar socrática y hasta científicamente, nada de cuanto anuncia, deduce y alerta, es tomado en serio; cuando, por más argumentos que uno presente, todo se diluye en un silencio conmiserativo o directamente despectivo; cuando a uno le llaman exagerado, que es tanto como decir loco, alterado, maniático. Lo que les molesta, dicen, no es el contenido, sino el tono, la vehemencia con que defiende uno lo que defiende. Huyen de la polémica, la discusión, el enfrentamiento de las ideas y argumentos, que es la mejor forma de no enfrentarse a la realidad de los hechos. El pacifismo, el irenismo como ideología y refugio: he aquí uno de los engaños más difíciles de desenmascarar. Nadie quiere aparecer como beligerante, todos se autoproclaman defensores del diálogo y el acuerdo; cualquier tipo de diálogo o de acuerdo es por sí mismo bueno. ¡Y lo identifican todo con la democracia!

Irenismo paralizante, pacifismo de salón

Un alarmista convencido es aquel que tiene sólidos argumentos, fundamentados en la contundencia de los hechos, para no ser un irenista, un pacifista de salón. Alguien que dice cosas como que la democracia no es algo que cae cada día como manzana del árbol de la naturaleza humana, sino un sistema que es preciso construir con esfuerzo, claridad y determinación y que, si no se defiende, acaba pervirtiéndose y desapareciendo, por más que se siga llamando democracia; que entre demócratas y antidemócratas no hay ningún espacio intermedio y, por lo tanto, no es posible ninguna equidistancia; que la democracia es un sistema basado en leyes aprobadas por la mayoría y que nadie puede despreciarlas, cambiarlas a su antojo o dejar de cumplirlas cuando le da la gana; que sin el recurso al poder disuasorio y efectivo de la fuerza no hay democracia ni ley que se sostenga, sobre todo cuando una minoría se organiza para imponer su ley destruyendo el poder y la ley de la mayoría.

El sermón de la moderación frente a la evidencia de los hechos

Un alarmista convencido no puede callar ante la administración diaria de morfina con que el gobierno tiene drogada a la opinión pública, engañando a los ciudadanos con el sermón de la moderación frente a una situación objetivamente alarmante como es el proceso de desmoronamiento del Estado y la destrucción imparable de la nación común y única; que si asumiera su responsabilidad democrática no habría español que no estuviera alarmado ante el riesgo que para su vida, su trabajo, su salud, la educación, los servicios sociales, su pensión, la defensa, la estabilidad económica y social, su libertad de movimientos, su empresa, su consumo diario, etc., supone el reto separatista, hoy de Cataluña, mañana (no pasado mañana) del País Vasco y el resto de “naciones”; porque si, no solo el gobierno, sino todos los partidos democráticos asumieran su responsabilidad en todo lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir de modo casi irremediable, entonces sí, el alarmismo político sería lo que debe ser, una llamada a actuar sin titubeos para defender la democracia hoy en quiebra, un sistema de alerta para tomarse en serio lo que, irreductibles, los pocos alarmistas convencidos no cesaremos de anunciar y denunciar.

¿De dónde nace esta ceguera, este no querer ver lo que día a día se impone con abrumadora evidencia? Digámoslo sin rodeos: de la más deleznable cobardía, de la pérdida de la inteligencia por falta de coraje y al revés. Miedo al conflicto, miedo al enfrentamiento, miedo a imponer la autoridad y la fuerza de la democracia y del Estado; miedo a encarar la realidad, como si ya no pudiéramos soportar la obstinada contundencia de los hechos y sólo supiéramos vivir en la ficción de una realidad suplente o supletoria que calme nuestra ansiedad y nuestro miedo. Y todo, cuando precisamente en el lado opuesto, en el bando y la banda de los antidemócratas, no titubean, saben lo que quieren y dedican todo su esfuerzo, astucia e inteligencia para lograr su irrenunciable objetivo, la independencia, y su triunfo colateral: la destrucción de España.

El contagio de las teorías apaciguadoras

He dicho que somos muy pocos los alarmistas irreductibles y lamento descubrir que, en efecto, somos menos de los que yo creía. ¡Cuántos caen cada día en las teorías apaciguadoras, “moderadas”, esas que auguran y repiten que “no habrá referéndum” (llegan un poco tarde, ahora ya casi todos aceptan que lo habrá, pero que será como si no lo hubiera o hubiese ¡porque será ilegal!); incluso dentro del campo de los resistentes antiseparatistas las teorías amortiguadoras, adormecedoras, hacen su efecto, y así se unen al canto de sirena de la no provocación, de la proporcionalidad (¡ojalá hubiera proporcionalidad!) y la repetición de perogrulladas sobre la imposibilidad de lo imposible.

Pues no, lo siento con todo mi sentir: eso que temes y de lo que huyes, eso que te niegas a pensar y a imaginar, todo eso y más puede ocurrir, entre otras razones, porque ya está ocurriendo y nada hay enfrente dispuesto a impedirlo. Suelo poner un ejemplo: cuando en 1981 escribí un Manifiesto (el de los 2.300) para alarmar de que el español desaparecería de la enseñanza en Cataluña, que toda la enseñanza sería pronto obligatoriamente en catalán, Pujol y toda su mesnada mediática salió en tromba como carneros a atacar a quienes lo anunciamos tachándonos de fachas españolistas. Perdí casi todos mis amigos catalanes, claro. ¡Vean lo que hoy es la imposición del catalán, la sumersión lingüística hasta el ahogo de los niños desde el primer año de guardería! Me fatiga poner miles de ejemplos de todo lo que era líquido y se ha vuelto sólido, pétreo, bajo el totalitarismo ultranacionalista.

Cómo impedirá Rajoy el referéndum

Dice Rajoy que no habrá referéndum porque lo ha prohibido el Tribunal Constitucional… ¡A lo mejor se pone gallito y manda a sus señorías a retirar urnas y papeletas..! Discuto con mis amigos y les aseguro que Rajoy no tiene ningún plan, ni siquiera tomar el mando de los Mozos de Escuadra. ¿Para qué lo va a hacer, para retirar urnas? No, que eso sería darle oxígeno a los independentistas. Veremos a los Mozos protegiendo las urnas y a sus votantes ¡para mantener el orden público! He leído todo tipo de vaticinios, a cual más rocambolesco, sobre qué sucederá ese dramático día. No quiero decir nombres, porque van desde la derecha más patriotera a los antinacionalistas más declarados. Todos son incapaces de aceptar un principio dinámico elemental: si hay dos fuerzas enfrentadas, ¿cuál ganará, la más fuerte, decidida y organizada, o la más débil, dispersa y dubitativa? ¿Alguien duda hoy dónde está una y otra fuerza? ¿Les hago la lista de armas y bagajes de los independentistas, frente a los tirachinas y confetis de los del bando contrario? ¡Pero si tenemos al Estado!, repiten los antialarmistas. ¡Y una mierda!, me dan ganas de repetir.

¿El PP, el PSOE, C’s, Podemos, el maremágnum de las Mareas, el PNV, alguno de estos partidos va a exigir que los poderes del Estado tomen las riendas y actúen como sólo se puede ya actuar, imponiendo primero por la fuerza la ley, y luego cortando todos los resortes y medios con que se financia y ha financiado al independentismo? Luego habría que dedicar otros cuarenta años para deshacer todo lo que ha sembrado y destruido el nacionalismo. ¿Ven algo así en el horizonte de la plurinacionalidad? Pues entonces no hace falta ser un chamán para decir que el 1-O el independentismo dará un pasito más hacia la victoria final, llegue la próxima Navidad o dentro de cinco. Sí, mi condición de alarmista descarriado me permite hacer estos negros vaticinios.

Pero, aclaro, si soy políticamente alarmista es por ser un demócrata consecuente; y no se es demócrata si no se está dispuesto a luchar y defender la democracia por encima de cualquier miedo, engaño, interés particular o conveniencia. Una Cataluña nacionalseparatista y una España democrática son incompatibles. O cae una o cae la otra. ¿Es que sólo nos damos cuenta de ello los alarmistas?

Por Santiago Trancón

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