Provisional, inflamado, preocupante, por Josep Martí Blanch

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Catalunya tiene un ‘president’ provisional que viene a sumarse a un Parlament también provisional y al que habrá que añadir de inmediato un Govern provisional. La legislatura va a durar muy poquito, como adelantó Carles Puigdemont el sábado en una entrevista en el periódico italiano ‘La Stampa’. La provisionalidad queda fijada de antemano como el atributo definitorio de esta legislatura que durará nada.

La provisionalidad propia de un gobierno que va a estar en minoría desde el minuto uno, sin apoyo de la CUP y con ningún margen de maniobra para llegar a acuerdos con los comunes y, menos aún, con los socialistas. La provisionalidad inevitable de un gobierno dividido, con medio Ejecutivo, incluido su presidente, mirando hacia Berlín, y la otra mitad con el ojo puesto en Estremera. La provisionalidad obligada por el tiempo, poco, que necesita JxCat para formalizar la opa definitiva sobre los restos del PDECat y ERC para amarrar y convencer a sus bases de su nueva estrategia.

Vitaminas para Ciudadanos

La provisionalidad inherente a un proyecto, el soberanista, que sigue viviendo al día y que se mantiene a la espera de una redefinición estratégica. La provisionalidad impuesta por una agenda judicial represiva, endiablada e imprevisible que apisona la política. La provisionalidad también exigida y deseada por la principal fuerza de la oposición catalana, Ciutadans, que ha encontrado en este caldo de cultivo su fuente particular de vitaminas para crecer, no solo en Catalunya, si no también en España.

Entretodos

Pero la provisionalidad no es sinónimo de inacción. La legislatura-paréntesis va a ser un tiempo inflamado, en particular de retórica. En el Parlament y en el Congreso. Ciudadanos ya ha decidido que el soberanismo es la ‘bota skin’ con la que patear el culo de Rajoy mientras se le acusa de endeble y complaciente con los independentistas. Por su parte, el soberanismo, en particular JxCat, bajo la tutela y supervisión de Carles Puigdemont, va a seguir aferrado retóricamente a un supuesto mandato derivado del 1-O (un acto de heroicidad ciudadana, no un referéndum) que le obliga a mantenerse fiel a la fantasía de una república que se dice conquistada y que es inexistente.

Nada va a solventarse en los meses que durará está legislatura. Vienen nuevas pruebas de estrés, en especial los juicios en el Supremo y las decisiones de la magistratura alemana. Son malas noticias y anticipan malos tiempos para la salida política que la sociedad catalana requiere de manera urgente.

Vamos a seguir prisioneros de un doble error cometido en los márgenes. El de los que creen que el ‘procés’ ha conquistado una república y el de los que están convencidos que conseguirán matarlo y a otra cosa mariposa. Esta legislatura va a vivirse entre esas dos convicciones, con más discursos que hechos, claro. Porque la vida, la que ha reclamado Quim Torra en sus dos discursos de investidura, seguirá por otros derroteros. Y entre los problemas reales, a los que reclama atención con tanta vehemencia Inés Arrimadas cada vez que abre la boca, también está el futuro político de Catalunya, mal que le pese. Todo tan provisional como preocupante.