Puigdemont, Junqueras y su cuadrilla batirán el Récord Guinness de Trolas

TAL vez hayan oído hablar del «síndrome de la Play». En la nebulosa de algunas psiques, la vida real vendría a ser como una partida de PlayStation, donde si te pasa una calamidad o provocas un estropicio siempre puedes reiniciar, empezar desde cero sin daños mayores.

Acostumbrados a los entornos virtuales, algunos chavales acaban pensando que sus acciones reales tampoco tienen consecuencias irreversibles. Todo es como un gran juego, donde corre la adrenalina a borbotones, pero al final no se rompe ningún plato.

En Cataluña muchísimas personas, algunas de buena fe, se subieron encantadas a jugar a la Play separatista. Qué emoción sentirse revolucionario en la Diada, de la manita con el pueblo en marcha.

Qué orgullo formar parte de la nación de los elegidos. Qué maravilla poder descargar todos tus problemas sobre un enemigo concreto y enojoso (esa vampírica España que nos explota, a pesar de que nos ha convertido en la región más rica del país).

Qué ilusión fundar una República donde las grandes multinacionales del orbe se pelearán a codazos por instalarse; donde manará el cuerno de la abundancia al no tener que mandar pasta a los gandules extremeños, manchegos y andaluces; donde la UE nos rogará que sigamos dentro, pues Europa jamás renunciará a una economía de nuestro empaque.

En el juego virtual se llegaba incluso al extremo de creer que el resto de los españoles saludarían con una sonrisa y una palmada de afecto a los que quieren destruir su país.

Por supuesto no decaería la simpatía por las compañías y productos catalanes. En los mundos de Yupi de Junqueras, tú insultas a alguien y el agredido te lo paga con flores, besos y euros.

Pero, ay, la Play se ha roto. Tras aterrizar de bruces en la realidad, el costalazo ha superado incluso los peores pronósticos de los taimados españolistas.

Éxodo de todas las grandes empresas catalanas y de muchas de las pequeñas; con La Caixa, la joya de la corona, diciendo que ya no volverá. Caída del 20% de las reservas turísticas, con algunos operadores asustados.

El tráfico del Prat, que crecía al 10%, ahora lo hace al 0,1%. Desaceleración del PIB y congelación de las inversiones, más heladas que la tundra siberiana. Parón del sector inmobiliario.

Desplome de un 21% del movimiento de mercancías ferroviarias con el resto de España. En los supermercados se vende menos, porque la gente tiene miedo y se retrae, y hasta el maravilloso Liceo está sufriendo un petardazo en sus taquillas.

Quedan días de mucho barullo. Habrá manifestaciones abrumadoras. Puigdemont emitirá discursos victimistas hasta en esperanto. Batirán el Récord Guinness de Trolas. La muchachada antisistema causará algún destrozo. Colau y Junqueras tal vez gimoteen. Pero lo cierto es que ya han perdido.

La restitución de la ley con el Artículo 155 va a cortar en seco un aparato inmisericorde de propaganda y, sobre todo, ha devuelto la esperanza a la mayoría silenciosa de Cataluña. Y eso no hay flequillo beatle que lo pare.

El vídeo viral de unos estudiantes de la UAB enfrentándose a un piquete para dar clase

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