Rajoy dimite de España

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Cuesta creerlo. Pero hoy el Gobierno de España es quien sostiene al independentismo catalán. No debieron en Moncloa leer a Burke cuando esgrimió aquella incontestable sentencia que acusaba del triunfo del mal a la dimisión de los hombres buenos. Tampoco pasó por sus estantes las advertencias de Zweig alertando del miedo irracional que promueven entre las asustadas masas los líderes mesiánicos. Conservador como el filósofo irlandés, el presidente prefiere ver los hechos antes que ordenar acciones. Sigue tensando la cuerda de los tiempos antes que liderar conforme a un mandato establecido. Todo lo dejan a Llarena, que está haciendo de Llarena y de Rajoy, pero es el Gobierno central quien debe frenar al gobierno protofascista de Cataluña. Y no parece estar por la labor. Cada investidura en el Parlament constata la apuesta sectaria de un nacionalismo que ha devenido racista en fondo y formas.

La hemeroteca digital separatista es una anécdota en el sentir histórico de un movimiento marcado por el estigma del odio. Las Bases de Manresa consolidaron a fines del XIX la arquitectura supremacista que hoy vemos. En esta nueva Renaixença totalitaria, el nacionalismo se quita las prepotentes caretas que siempre le han caracterizado y que el falso sentido de Estado que nos vendió el pujolismo durante años tuvo escondidas. Su relato atávico, que rebusca en el pasado un supuesto ADN superior, influye en tanta gente porque la contraparte hace mutis por el foro. La exclusión manifestada en el discurso de impostura de Torra no es una escisión en la historia del independentismo de butifarra. Antes incluso que los nazis, ya hubo quién escribió del superhombre catalán, la raza catalana y demás perlas étnicas supremacistas. Así, Pompeu Gener, un publicista barcelonés de principios del XX, decía: “No podemos ser mandados por los que nos son inferiores. Somos catalanistas y no regionalistas porque el regionalismo supone iguales derechos y eso es falso. Como hombres —los catalanes—, valemos más” (‘Herejías’, 1903).

Da miedo. Porque toda limpieza étnica, propia de un sentir ideológico totalitario, empieza por las palabras. Cualquier intención de borrar al disidente siempre ha comenzado con el lenguaje. Una vez normalizado el discurso de hegemonía racial, la acción posterior será un mero cumplimiento del programa político. Agrieta las carnes escuchar a un subordinado del Estado proferir insultos y manifestaciones xenófobas contra la población que ahora tiene que representar. Ese “la república somos todos”, repetido sin cesar por Torra en su kukluxkaniana intervención, en un trasunto versallesco de “El Estado soy yo”, manifiesta que no hay plan fuera de ella en el independentismo. Pero cuando todo es república, nada es república. Se constata, en fin, que vivimos en la política inédita, que supera los estadios de comprensión que la posmodernidad garantizaba. Se les has dado tanto, se les ha permitido tanto, que ahora se sienten legitimados a no renunciar a nada, aunque nada sea lo que debieran conseguir por la vía de la ruptura y la rebelión.

El gobierno, este gobierno, sigue creyendo que podrá apaciguar a los golpistas porque, en su raro proceder, hay un elemento de persuasión que lograrán entender. Pero no hay manera de derrotar al nacionalismo por vía de la seducción. La historia nos dice que las armas o la ley, o la combinación de ambas, acaba por triturar la resistencia del sedicioso. El fascismo se acabó cuando se liquidó a los líderes fascistas, no seduciendo a sus seguidores. El régimen nazi murió definitivamente cuando se detuvo a los líderes que sobrevivieron al asedio de Berlín, no construyendo campañas de tranquilización de masas. Al golpista no se le dan palmadas en el hombro. Se le detiene, se le procesa, se le juzga y se le condena. Pero quien debería tener los redaños de hacerlo ha dimitido de España.