¿Qué remedia y qué envenena la plurinacionalidad?

Vivimos tiempos empalagosos, insoportablemente sentimentales. Hay que excitar emociones, evitar deberes y no responsabilizarse de nada. El pueblo sólo tiene derechos, y los políticos y sus medios afines parecen una lámpara inagotable para ofrecer privilegios, que cuelan por derechos. Manda la dictadura de la irresponsabilidad, y el que venga detrás que arree. Ya se sabe, exigir esfuerzo y responsabilidad, ser coherentes o mostrar las contrapartidas del beneficio es de cascarrabias y gente responsable; o sea, aburridos. Hoy lo que prima es la adulación y la adolescencia. ¿Qué más da lo que prometas con tal de que te voten?

La política se ha llenado de frívolos analfabetos y aduladores. ¿Qué es una nación, Pedro? “Es un sentimiento (…)”. ¿Para qué molestarse en reflexionar antes de soltar la ocurrencia? O peor, ¿para qué prepararse concienzudamente si eso es más una rémora que una virtud, en este tiempo de expertos en comunicación? ¿A quién puede importar que la ocurrencia pudiera encubrir vicios ocultos? ¿A quién preocupa hoy la falta de previsión? ¿Acaso importa que la ocurrencia plurinacional pueda provocar mayores males que los que pudiera solucionar?

Intentemos ser didácticos antes de despeñarnos en el abismo de la plurinacionalidad como hace la izquierda enfurruñada con España. ¿Por qué no empezamos por definir el problema, o sea, por definir el concepto de nación, distinguir sus varias acepciones y calibrar las consecuencias de su desconocimiento o mal uso? No olvidemos que las palabras las carga el diablo.

¿QUÉ ES UNA NACIÓN?

Nación, en su acepción etimológica viene del acto biológico de nacer y se refiere a los nacidos dentro de un grupo social que posee algún rasgo común  diferenciado: así, los peleteros en la Edad media, los maragatos de Astorga o los gitanos de aquí y de allá. La noción tuvo varias acepciones a lo largo de la historia, pero ninguna con las características de la nación política surgida en la época moderna, y la nación sentimental originada por el idealismo romántico del siglo XIX.

No es cuestión, por tanto, de ponernos pedantes haciendo una hermenéutica etimológico nominalista de nación a lo largo de la historia, sino de abordar los dos conceptos básicos de nación que nos ocupan y preocupan desde el siglo XVIII-XIX en Europa, y vuelven a sus peores andadas hoy en España.

DOS CONCEPTOS IRRECONCILIABLES DE NACIÓN: LA MODERNA Y LA ROMÁNTICA

Sigamos la distinción que hace Alain Finkielkraut de dos conceptos de nación irreconciliables:

  • El de nación romántica, de base étnica, cultural, antropológica o sentimental, y
  • El de Voluntad General, o nación política.

La primera surge del romanticismo alemán, que atribuye a cada nación una naturaleza persistente en el tiempo con unos rasgos comunes de los que participan todos sus miembros. Esa naturaleza es el Volksgeist (el espíritu del pueblo). La nación sería así el alma del pueblo, preexistente al individuo de la cual participa y le constituye. El individuo sería la consecuencia de la nación y no al revés. O dicho de manera descarnada, nacemos en un contexto, con una lengua, una cultura, unas costumbres que hablan, sienten por nosotros y nos individualizan como grupo compacto y cerrado frente a otros grupos nacionales. Nuestro ser, nuestra libertad y nuestra felicidad están indisolublemente encadenados al alma colectiva de la nación. Nuestra identidad es la identidad de la nación.

El concepto de nación como voluntad general, por el contrario, no es preexistente al individuo, sino la consecuencia de la voluntad general del conjunto heterogéneo de ciudadanos, que se organizan bajo leyes comunes. Es la nación como sujeto jurídico, como marco de soberanía política originada por la Revolución Francesa, la que fundamenta la soberanía de un Estado democrático de Derecho. Tal nación política es inseparable de la delimitación de un territorio, o sea, de un espacio geográfico donde vive un conjunto de ciudadanos heterogéneos organizados bajo leyes comunes. Oponer al concepto moderno de nación, jurídico y territorial, el romántico de nación cultural o pueblo, como sujeto anterior y sobre el que se funda la nación política, no es más que una invención ideológica fantaseada por el romanticismo e impuesto por los nacionalistas.

La nación cultural esclaviza, la nación política libera; la primera determina, la segunda convierte a los súbditos en ciudadanos. La primera es esencialista, crea rebaños, la segunda es abierta, da pie a la ciudadanía de hombres libres e iguales, dueños de su destino.

Pedro Sánchez ni siquiera repara que la indigente definición que soltó en el debate a la secretaría del PSOE es la que engendró todos los fascismos del siglo XX y en la que se basan hoy en España los nacionalismos catalán, vasco y gallego para reivindicar un Estado propio: lengua propia, cultura diferenciada y costumbres únicas.

Es la nación como sentimiento, es la nación cultural de Sánchez, Iglesias, Iceta, Ada Colau, y todas las mareas surgidas de Podemos, es la noción romántica originada en el siglo XIX, basado en un supuesto espíritu del pueblo, natural y preexistente en el tiempo. Es la reivindicación de un pasado legendario que nunca existió, y la esperanza de un futuro de miel y rosas tan lírico como el pasado imaginado. En este caso, incorporado por los nuevos latiguillos lingüísticos de moda comenzados por pluri y multi culturales, nacionales y lingüísticos.

No hace falta ser un lince para colegir que estos dos modelos son los que enfrentan hoy día en España a los que defienden el derecho a decidir y a los que defendemos que la soberanía de la nación reside en todo el pueblo español.

LAS CONSECUENCIAS DE LA ESPAÑA PLURINACIONAL

Ahora bien, y más allá de lo que son o cómo se definen las naciones, la apuesta de Pedro Sánchez por una España plurinacional bajo el pretencioso nombre de nación de naciones ¿qué significa?, ¿qué consecuencias podría tener? ¿Podría haber abierto la caja de Pandora sin advertirlo, y en lugar de solucionar el problema territorial de España, pudiera estar agravándolo? ¿Sus vicios ocultos provocarán daños colaterales irreversibles o calmarán los impulsos narcisistas en ebullición? ¿Cerrarán la tendencia a la ruptura de Cataluña, País Vasco y Galicia, o, por el contrario, aparecerán más naciones que setas?

No son preguntas retóricas, cualquier gobernante sensato antes de lanzar la piedra ha de prever sus efectos.

Si la nación de naciones sólo se refiere al reconocimiento cultural, tal como ha establecido el último congreso del PSOE, y la nación cultural está basada en el sentimiento, tal como definió Pedro Sánchez, ¿cuántas naciones hay en España? ¿Quién decide su número? ¿La Constitución puede legislar sentimientos? ¿Sabe Pedro Sánchez en qué lío nos ha metido?

Veamos, si Cataluña es una nación con un sentimiento cultural distinto del de España, ¿cuánto tiempo tardaría en exigir el derecho a ser sujeto político, frente a la soberanía española? ¿Si ahora exigen derechos históricos inventados, cómo no iban a hacerlo una vez hubieran sido reconocidos como nación “cultural”?

Pero eso solo sería el preámbulo de la pesadilla por venir. Una vez abierta la veda, ¿qué rincón de España no reivindicaría ser nación? ¿Están convencidos de que se limitaría a Cataluña, País Vasco y Galicia? ¿Con qué derechos territoriales? Porque nadie se creerá, después de ver las cesiones sistemáticas de todos los gobiernos de España a los nacionalistas, que se quedaría en una cuestión meramente nominal. Por de pronto ya sabemos lo que pretenden los nacionalistas catalanes (que no Cataluña) y que cada vez están más dispuesto a admitir los defensores de la plurinacionalidad: Reconocimiento de la identidad nacional de Catalunya en términos políticos en cuanto te vuelvas de espaldas, competencias identitarias exclusivas, empezando por blindar el modelo de inmersión lingüística, o sea excluir los derechos de los hispanohablantes y legalizar el adoctrinamiento escolar; convertir el TSJC en la última instancia judicial en Cataluña, o sea, convertirlo en el Tribunal Supremo Catalán, es decir, enterrar la corrupción del 3%; hacienda propia al modo y manera del concierto y cupo vascos, y principio de ordinalidad; relaciones bilaterales a través del Senado, y posiblemente incorporar la dirección soberana de los Mozos de Esquadra. Cualquier Croacia que se precie, antes de romper con la legalidad se ha de dotar de fuerzas armadas. En resumen, acabar con la distribución económica entre territorios, legitimar la exclusión de los derechos lingüísticos de la mitad de Cataluña, inutilizar el artículo 14 de la Constitución para convertir la barrera lingüística actual en una frontera de cristal contra la movilidad laboral del resto de españoles y preparar el siguiente paso para convertirnos en extranjeros con derechos de residencia, pero en extranjeros en el plano cultural, lingüístico y económico, y si tienen oportunidad, también en el electoral (Como en Lituania hicieron con la población ruso hablante nada más independizarse. Pujol la evocó como modelo repetidamente en su tiempo).

¿Se imaginan un escenario de despiece de la nación española más inquietante? ¿Ha contemplado por un instante Pedro Sánchez lo que acaba de montar? Le recomendamos “el aprendiz de brujo”, de Disney. Son cosas de niños, tranquilo.

El disparate no se queda aquí, podemos desnudarlo aún más. No sabemos cuántas naciones hay en España, pero si aceptamos la plurinacionalidad de España, ¿por qué no la de Cataluña? ¿Y si es así, cuántas naciones pudiera albergar?

Lo diré con palabras de un socialista sensato, Nicolás Redondo: “Si Cataluña es una nación natural por la suma de sentimientos, lengua y reivindicaciones de diversa naturaleza y sin embargo el principio de pluralidad es tan válido en Barcelona como en Madrid, ¿podríamos admitir razonablemente que es posible la existencia de varias naciones en Cataluña? Lo digo porque no creo que pertenezcan a la misma nación sentimental por ejemplo, Guardiola y Boadella, Artur Mas y Félix de Azúa, Puigdemont y Carlos Herrera o Pilar Rahola y Borrell…

La respuesta desde la nación sentimental, es sí. Sí pueden surgir muchas naciones diferentes en Cataluña; pero ninguna desde la nación política como sujeto jurídico: la sociedad actual no es homogénea: ni ideológica, ni cultural, ni económicamente. Los vínculos que en otro tiempo sirvieron para crear grupos más o menos homogéneos (tribus, clanes, etnias, pueblos), basados en la identidad, han sido sustituidos por el único elemento posible hoy de integración social: la pertenencia a una comunidad política.

Si nos salimos de la nación política, si aceptamos el sentimiento como fundamento de la nación cultural, ¿cómo discernir la validez de un sentimiento u otro? ¿Acaso no es mayor el sentimiento hispanohablante en Cataluña que cuenta con el 55,1% de lengua materna española, y un 31% de lengua materna catalana? ¿Por qué van a reconocer la nación cultural de los nacionalistas catalanes, y no la de Tabernia, un territorio formado por Barcelona y Tarragona que reivindica separarse de la Cataluña nacionalista?

SIN LEALTAD NO HAY NI NACIÓN DE NACIONES NI UNA ESPAÑA FEDERAL

 La cuestión, sin embargo, no es si Cataluña es una nación sin soberanía política, sino si el nacionalismo debe disponer del estatus de nación para llevar adelante sus fechorías. La cuestión no es si tal nación se reduce a una identidad cultural, o a mera referencia del derecho a la diferencia étnico-lingüística. El problema no es siquiera el reconocimiento explícito de nación cultural, es la actitud del nacionalismo por instrumentarla para ser Estado. Al día siguiente de tal estatus, reanudarían la marcha hacia el reconocimiento de nación como sujeto jurídico soberano ¿O alguien lo duda? Estoy convencido que muchos socialistas tampoco. Pero si no lo dudan, ¿por qué lo apoyan? Es hora de que no sean los políticos los únicos responsables de las acciones políticas equivocadas. Si Pedro Sánchez dirige hoy el PSOE y ha nombrado una ejecutiva monocolor contradiciendo la pluralidad que pide para España, es porque una masa de militantes lo han puesto ahí. Y no será porque no fueran advertidos. Unos y otros han de aprender una lección que todos los gobiernos de España no han seguido en cuatro décadas aprender: Si quien chantajea o lanza un órdago no teme perder nada en el intento, seguirá importunando sin mesura; si quien amenaza y cada vez que lo hace gana algo, aún cuando pierda en la amenaza, seguirá haciéndolo; si quien coacciona e impone ultimátum tiene la seguridad de que nunca pondrá en peligro su seguridad actual o su hacienda, tendrá la seguridad que sus adversarios están a su merced; si quien está dispuesto a jugárselo todo sabiendo que en el peor de los casos se quedará como está o sacará alguna ventaja, acabará pensando que es impune e intocable, y a partir de ahí, cualquier revés, por pequeño que sea, sacará de él al déspota que ha logrado alimentar el adversario. Tiene que haber un modo de hacerle ver a Sánchez y sus adláteres, que ceder ante los nacionalistas, sólo es alimentarles, que tratar de apaciguar a la fiera, sólo es vender al resto de los españoles. Sólo queda un camino, aceptar el reto a los nacionalistas, y vencerlos. Cualquier otra cesión, es alargar el problema para empeorar la solución.

Y aquí entramos en el mantra del Federalismo, el segundo concepto, junto a la plurinacionalidad con que Pedro Sánchez ejerce de aprendiz de brujo sin mayor conocimiento.

Aunque sea delegable, la soberanía de un Estado no es compartible, ni divisible. Estados Unidos es una Estado federal, y por eso, único. Como Alemania, por poner dos Estados serios. EEUU no es una Confederación donde los diferentes Estados conservan su soberanía y podrían retirarse a su soberanía única cuando lo consideraran necesario. La soberanía de EEUU es única, y ningún Estado que lo conforma puede decidir por sí mismo independizarse. De hecho, la Constitución de EEUU consagra la unión como eterna e indivisible.

Para que tal Federación, como pasó con Alemania, llegara a existir, antes debieron existir Estados soberanos que decidieron pactar la unión con otros para formar una unidad superior única. Con un presupuesto básico: la lealtad. Sin lealtad es imposible la federación. Y en España si algo han demostrado hasta la saciedad los nacionalistas es deslealtad y mala fe. ¿Pero cómo puede ser España un Estado federal si ninguna de sus regiones es Estado propio? Para ello, primero habrían de separarse y después unirse con un pacto entre las partes. ¿Es eso juicioso? ¿No tenemos otra cosa que hacer? ¿Saldríamos sin ningún rasguño de la contienda?

Dejémonos de engañar, unos, porque no saben cómo neutralizar a los nacionalistas, otros porque lo que pretenden es romper España. Por unos motivos u otros, ven en la España Federal una Confederación, dónde, en el mejor de los casos, cada cortijo territorial pueda hacer lo que le venga en gana, y en el peor, promoverla como paso previo para separarse a la primera oportunidad.

Ha llegado la hora de mirarnos a la cara y decirnos la verdad, la ciudadanía española padece una anorexia patriótica que la lleva a desentenderse de la defensa de España. Especialmente la izquierda. Por eso, es especialmente oportuno promover un proyecto político de izquierdas que defienda la soberanía nacional española, la soberanía de la nación como espacio del bien común, de ciudadanos libres e iguales. ¿Por qué? Porque en buena medida, la izquierda ha sido la causante, por inhibición, de la hegemonía moral del nacionalismo identitario. Un error, un complejo, una traición a la igualdad de los ciudadanos frente a los privilegios de los territorios.

En gran parte proviene de la confusión que la izquierda arrastra desde la dictadura, entre el régimen franquista y el Estado español. El nacionalismo de Franco estuvo tan obsesionado en identificar su régimen con España, que la izquierda hace lo imposible por distanciarse de España para defenderse del estigma franquista. Un disparate. Es como si la izquierda alemana actual confundiera el régimen nazi con Alemania.

 

No se entiende que partidos nacidos para defender la igualdad de los ciudadanos frente a las desigualdades sociales, se dediquen a apuntalarlas cuando tales desigualdades las defienden los territorios. Que lo haga la derecha, es parte de la lógica de su ideología; que lo defienda la izquierda es un atentado contra todos los principios que la inspiraron históricamente. La impostura no puede ser mayor: persiguen la igualdad económica entre los ciudadanos tomados uno a uno, pero sacralizan la desigualdad económica de los territorios; detestan a los ricos, pero si los ricos son los territorios, entonces pasan por alto su corrupción y reclaman para ellos la soberanía suficiente para poder seguir actuando sin controles ni molestias. Es decir, exigen privilegios, reclaman paraísos para las rentas más altas y se desentienden de los obreros, pensionistas y parados de las comunidades más pobres. Una izquierda nunca vista. Parece que desconocieran, por ejemplo, que miles de pensionistas de determinados territorios no podrían cobrar sus pensiones sin los excedentes de los más pudientes.

Esa falta de un proyecto nacional de la izquierda frente al nacionalismo disgregador ha provocado una agudización de las diferencias económicas, sociales, culturales y lingüísticas entre los españoles en función de dónde vivan. Todo ello camuflado por el lenguaje ambiguo y tóxico que la izquierda ha tomado de los nacionalistas, y que ha dejado indefensos intelectualmente a muchos demócratas. Al no denunciar el carácter antidemocrático de los nacionalismos, se ha ido permitiendo una deslegitimación del sujeto de la soberanía nacional: el pueblo español; o sea, el conjunto de los ciudadanos.

La derecha ha pactado y entregado de manera irresponsable un poder incontrolado a los nacionalistas. Ha sido incapaz de aplicar la ley y defender la Constitución en temas esenciales. Y la izquierda no ha sabido defender una idea democrática de la nación española. Ha permitido poner en duda su legalidad y su legitimidad.

Centro Izquierda de España (dCIDE) ha nacido para conseguirlo, y lo primero que estamos empeñados en lograr es que la izquierda española ame de nuevo a su país, o si quieren un enunciado menos sentimental, que vuelva a reconciliarse con España.

Artículo firmado conjuntamente por:

Antonio Robles, Charo Cañete, Santiago Trancón, Marita Rodríguez y León Arsenal, miembros del CN de dCIDE.

 

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