Secesionismo catalán: Negación por los hechos de cualquier legitimidad liberal-democrática

Ahora que el cultivo de la paranoia y la anulación del menor sentido de la realidad se exhiben ante quienes quieran ver como palancas prioritarias de la estrategia independentista, es útil recordar que las bases del actual despropósito son rastreables, también, en algunas construcciones académicas engañosas, solo en apariencia solventes, datadas en el arranque del procés. Prestigiosos adalides locales del federalismo asimétrico viraron entonces a la defensa de la independencia como única vía, no ya racional sino también factible, para liquidar el -según denunciaban- irresuelto problema del reconocimiento institucional y simbólico de la personalidad política catalana.

Elegir la plantilla adecuada

Como justificación, fue útil echar mano del heterogéneo grupo de filósofos políticos anglosajones que, en las últimas décadas, había reflexionado sobre la posible legitimidad de la secesión para ciertas situaciones más allá de los supuestos clásicos reconocidos por el derecho internacional. Una hipótesis de secesión unilateral que se pretendía no opuesta a los valores liberales de las democracias, sino deducida de ellos, toda vez que la novedad vendría a abordar –se defendía, dentro de un marco multiculturalista- problemas identitarios largamente ignorados por el igualitarismo jurídico de nuestros regímenes de hoy.

Se trataba de elegir la plantilla adecuada para Cataluña y empezar a abrir brecha disparando datos y argumentos: ¿qué autores, qué tesis constituirían la base óptima? La respuesta desde el mundo académico local de referencia fue, de acuerdo con las necesidades políticas del procés, intelectualmente laxa y autoindulgente: todos los autores, todas las tesis, todas las plantillas fueron declarados útiles por igual.

Lo recibido en el frenesí posterior ha sido, en efecto, un batiburrillo de argumentos y el sesgo obvio al presentar las declaraciones e ideas ajenas que se pretendían legitimadoras, hasta desnaturalizarlas por completo. Hay que ser cautos al conceder una influencia excesiva a los académicos en el torrente de propaganda generado, pero lo cierto es que la noción de que el agravio del Estado era argumentable desde todos los puntos de vista –idea que se ha vuelto en contra del secesionismo- se defendió sin rubor desde los más prestigiosos púlpitos locales.

El procés defiende los argumentos de legitimidad más radicales

Ha habido estos años llamativas modas procesistas que ilustran ese  ventajismo: por ejemplo, se dio hace tiempo un momento Buchanan, hoy del todo extinguido. Allen Buchanan, el más popular de los académicos anglosajones aludidos, era utilizable por su defensa de la autodeterminación, no solo en los supuestos habituales de violación sostenida de los derechos humanos de un grupo o apropiación indebida de un territorio, sino también para el caso de redistribución discriminatoria. Numerosos creadores de opinión secesionista se aferraron a ello para percutir en el colonialismo interno –Espanya ens roba– como la causa esencial para justificar la ruptura. Sin embargo, una vez la tesis perdió gran parte de su fuelle -en buena medida por la irrupción desmitificadora en el debate del ex ministro Borrell-, se pasó a priorizar otras razones –otros autores- por las que la secesión unilateral se pretendía inequívocamente legítima. Razones que, por cierto, el antes apreciado Buchanan rechazaría sin paliativos, al no responder a ninguna causa justa, el único criterio que según él –y según cualquiera mínimamente razonable- podría fundamentar una ruptura.

Hoy el procés defiende los argumentos de legitimidad más radicales y minoritarios de la literatura sobre la secesión. El batiburrillo aún sigue vigente: el agravio, económico o de otro tipo, es muleta inevitable en todo artículo o tertulia local; el principio nacionalista –la nació tiene derecho a un Estado- aparece y desaparece como pulsión que instintivamente se exhibe y se oculta. Pero la hegemonía ahora la comparten el argumento plebiscitario –zanjar la cuestión por el voto de una mayoría- y el del consentimiento -no reconocer al Estado como legítimo si uno no quiere-. Argumentos y caminos a explorar que los académicos locales de referencia, cabe repetir, bendijeron en el inicio. Y de aquí se deriva lo esencial que una moral política que atienda a los hechos puede decir al respecto: el salto del pujolismo a la fase de ruptura ha sido para el nacionalismo catalán el último clavo en la tapa del ataúd de su idealizado talante liberal.

Esa ficción ha quedado desvelada en la apuesta innegociable por el referéndum: la necesidad de sumar, en lógica plebiscitaria, ha arrojado sin remedio al procés a la descarnada lógica populista: se suma, a la preexistente ideología oficial, el intento de penetración y movilización del tejido social, la exacerbación de la propaganda e incluso la creación de una especie de movimiento paralelo guardián de las esencias, así como el desprecio hacia toda norma o institución opuesta al objetivo final. Y, lo que es más inquietante, pues desborda incluso el contenedor del populismo: el hostigamiento creciente, cada día más desacomplejado y visible a cualquier oposición articulada. Tal es el balance, pues, de estos años, muy alejado de los optimistas apriorismos académicos: populismo estricto y absolutamente nada que recuerde ningún tipo de liberalismo. Más bien, aunque en dosis homeopáticas –por la referida hostilidad al disidente- a su opuesto conceptual, que no es el autoritarismo sino el totalitarismo. No es insignificante, duele decirlo, el camino andado en esta infausta dirección.

Fran Jurado, politólogo y periodista

 

Loading...