Siempre me ha seducido la ignorancia, por Josep Maria Espinàs

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Ya era de noche, había terminado un artículo y he salido a la terraza. Me gusta mirar la calle desde el ático.

Veo alguna luz encendida en los pisos de enfrente de mi casa. ¿Un noctámbulo como yo? ¿Alguien que mira la tele, alguien que todavía trabaja, alguien que está leyendo y no tiene sueño? De repente, una lámpara se apaga y otra se enciende.

Con qué natural facilidad se apagan y encienden estas luces de la ciudad. Pienso en el mundo rural, en las masías repartidas por el país, donde la noche es la oscuridad y el día, la luz. Yo no suelo tener sueño, en el sentido de una fuerza que se impone a tu voluntad. Como si la noche y yo hubiéramos hecho un pacto de respeto: no antes de las doce, no después de las dos de la madrugada.

Entretodos

Leo que un experto de la Escuela Médica de Yale, Meir Krieger, explica que nuestro cerebro tiene diferentes reguladores del sueño, entre ellos la adenosina.

El lector comprenderá que yo me maraville de la capacidad de la ciencia para encontrar explicaciones a todo tipo de hechos, incluso los que son sencillamente cotidianos. Dicen que nuestro reloj corporal está sintonizado con el ritmo del mundo que nos rodea. Cuando oscurece, según los expertos, la glándula pineal nos inunda con una sustancia que nos provoca el sueño.

En la época de la gauche divine barcelonesa conocí a una persona muy inteligente que únicamente dormía tres horas. Murió prematuramente. Qué exigencia la del sueño, que no debe ser ni demasiado ni poco.

¿Por qué algunos pisos tienen la luz encendida cuando de noche salgo a la terraza? Habrá mil razones. E incluso el miedo a dormirse y ya no despertar. Como si la luz fuera una embajadora de la vida.

Ahora se apaga la luz del piso que tengo delante de casa. No sabré nunca quién la enciende y quién la apaga. Siempre me ha seducido la ignorancia.