‘Soraya, al rescate’, por Manuel Trallero

La señora vicepresidenta del Gobierno español ha sido en un pasado la máxima protagonista de las grandes operaciones del Estado en Cataluña. Todos recordamos la que precisamente llevaba ese título, Operación Cataluña –un intento de conato de nada–, o el éxito clamoroso que alcanzó el pasado 1 de octubre en que se podrían haber hecho las cosas peor, pero igual resulta imposible. Dispuesta, por lo visto, a revalidar sus anteriores éxitos ha llegado la señora Sáenz de Santamaría a salvar al soldado García en lo que bien podría ser una Misión imposible para detener la caída libre que le auguran las encuestas. En esta ocasión puede que el voto oculto del PP se encuentre en el mismo centro de la tierra, siguiendo aquella excursión que proponía Julio Verne. Como dijo el gran Forges, se van a comer menos roscos que el caballo de Atila en Marbella.

La protagonista del evento ha llegado siendo recibida por un comité de recepción en que nadie perdía comba por hacerle la pelota a la vice que dejaba pálido aquel de Bienvenido, Mister Marshall. La cosa iba de una reunión con ese sector que, si ganan, ganan ellos, y si pierden, por lo visto, perdemos todos. Mientras tanto, a la canallesca nos han tenido recluidos en un subterráneo con peces de colores y nenúfares pintados en el techo del que tan solo se podía salir o a la calle a fumar –tras haber sido implorado– o a unos lavabos contiguos. Ni agua.

Tras tres horas –¡tres!– de reclusión ha hecho su aparición el señor García y la vicepresidenta del Gobierno español con cara de muñeca de porcelana, mirada pizpireta, aires de marimandona y aspecto de resabiada. Han hecho el bonito número del micro que si a él le queda a ras de suelo –tal que si fuera el primo grandullón de aquel anuncio de Zumosol– a ella le sobrepasa con creces hasta que se lo han colocado a la altura del ombligo provocando sus lógicas airadas protestas. Una vez superado el trance, ha explicado lo preocupado que está el Gobierno de España por el deterioro de la marca Barcelona –a los curritos de a pie que nos den morcilla– y que, si se repite el desafío independentista, el daño que ahora ha sido agudo se convertirá en crónico. Ha sido visto y no visto. Diez minutos y tres preguntas. Eso sí, cuando yo abandonaba el recinto, la señora vicepresidenta del Gobierno de España departía amablemente en el vestíbulo del hotel con sus correligionarios de postín. Si esta es la política comunicativa de PP en campaña electoral, desde luego no les hacen puñetera falta los enemigos en Cataluña.

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