‘Todo cambia pero todo sigue igual’, por Gregorio Morán

Si exceptuamos las mentiras, que siguen siendo el argumento dominante y que demuestran el enraizamiento del discurso pujoliano, ese virus sin vacuna de esta sociedad de mayorías sociales y minorías de edad, salvo eso –que no es poco–, todo lo demás ha sufrido un embate de consecuencias aún imprevisibles.

En primer lugar –y esto no se lo dirá casi nadie por la cuenta que le trae al doble lenguaje– está la victoria arrolladora de la derecha. Mírese donde se mire, en Cataluña no hay más que conservadores o reaccionarios, a escoger, y no se dejen engañar por la disolución práctica del PP de Rajoy, las pintadas de la CUP y la inanidad de los equidistantes. Ha desaparecido la izquierda y eso lo saben muy bien los intelectuales de la lengua. Ahora les queda por hacer los reajustes y recolocarse. Desde Mascarell a Rafael Ribó –¿sabían ustedes que este modelo de adaptación al medio dominante era el supuesto “defensor del pueblo”, al que con muy buen criterio filológico, en catalán se dice “síndic de greuges”, o lo que es lo mismo, “de agravios”? Un oportunista sin oportunidad de alcanzar la golfería; antiguo secretario general de los comunistas catalanes, luego delegado de la Generalitat que toque–.

Mírese donde se mire, en Cataluña no hay más que conservadores o reaccionarios, a escoger

Pero no quedará ahí porque hay exceso de oferta; sobran. No olviden que en la feria del libro de Frankfurt fueron por miles, como si se tratara de un festival. ¡Gran dilema el de los intelectuales catalanes de la lengua, los que viven del sudor de sus papilas! ¿Adónde se inclinarán los Ramoneda, Bru de Sala, Enric Juliana, el clérigo Puigvert, el eminente historiador Fontana, martillo de revisionistas y maestro de estalinianos en búsqueda de destino, y tantos otros? O sea que los Archivos republicanos de Salamanca acabarán en las manos de los activistas del carlismo. Vamos a vivir una pelea aldeana de la inteligencia mediática por los desplazamientos institucionales. La derecha que ellos patrocinaron copará el inminente futuro y, como buitres que son, viven de la carnaza que les deja la historia. ¿Veremos a Màrius Carol y a la colección de siervos de los Señores del Palau reivindicando como antaño que él es hijo de una portera de la calle Princesa, como hacía en tiempos más decentes? El catalanismo tiene pasión por rehacerse las biografías, como el estalinismo.

¿Seguirán las subvenciones a los medios de comunicación como hasta ahora? ¿Se verán afectadas las radios, diarios y televisiones públicas dependientes de la Generalitat, es decir, casi todos, porque el partido más votado en la comunidad es constitucionalista? ¿O aplicarán el rodillo para satisfacción y gratificación de sus voceros? Esos son los signos del cambio, los de mayor calado, porque saber si los comederos políticos de Puigdemont o de Junqueras acabarán entendiéndose al son de los tambores de la CUP y las caceroladas de los supremacistas tiene muy fácil arreglo.

No hace falta ser profeta para prever que en la vida política y social catalana dominante va a persistir la hegemonía de la mentira

Porque todo ha cambiado si se sabe administrar la victoria sobre el fanatismo, menos una cosa. Sin dogma de superioridad no son otra cosa que partidos conservadores temerosos de dios y despreciadores de la ciudadanía. Hay que caer muy bajo para primar a un señor que se traga mejillones en Bruselas sobre su competidor que vive en una celda bajo prisión provisional. En el fondo y en la forma son una marca de conservadurismo, o del vivo al bollo. Una constatación de que el pujolismo tenía razón y merece más confianza el chalaneo de un astuto payés que la fe del creyente. ¡Si será cierto el aserto que incluso el huido ha nombrado ya una suplente, Elsa Artadi, que coincide plenamente con lo que él fue: un desconocido con habilidad para los corrimientos del escalafón! La militancia de los partidos cada vez se parece más a la masonería; grandes principios y miserias domésticas.

No hace falta ser profeta para prever que en la vida política y social catalana dominante va a persistir la hegemonía de la mentira. Desde el momento que el fugado de Bruselas se autodesigne único líder, la mezcla de tradicionalismo carlista y peronismo institucional, nos hará a todos permanecer en el agobio, la estupidez y el victimismo. La primera y más efímera república de la historia de España, implantada, subvencionada y defendida por la derecha, seguirá con sus embelecos hasta el vómito.

Hay algo que ha aparecido, que estaba ahí pero que el pensamiento único oficial se negaban a reconocer: que existe otra derecha en Cataluña con más base popular que la subvencionada y que además constituyen la mayoría. Da lo mismo. No aprenderán nada, porque la fe consiste en eso, en sustituir a la razón.

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