Waterloo, tenemos un problema, por Enric Hernàndez

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La última maniobra del legitimismo posconvergente ha sido otra jugada maestra. De los creadores de éxitos como “para que vuelva el ‘president’, vota al ‘president'”, “Puigdemont o elecciones” y “‘fem república”, llega a sus pantallas el nuevo ‘hit’: el independentismo no solo carece de mayoría social (47% del electorado), sino que ahora tampoco la tiene en el Parlament, pero eso no tiene por qué afectar a la estabilidad del Govern. Seguimos para bingo.

Entre salvaguardar el “mandato” de las elecciones del 21-D y poner en un brete al republicano Roger Torrent, evidenciando que el presidente del Parlament no está dispuesto a desobedecer al juez Pablo Llarena ni a correr riesgos penales, Junts per Catalunya ha elegido el cuanto peor, mejor. La renuncia a delegar el voto comunicada por los posconvergentes Carles Puigdemont, Jordi Sánchez, Jordi Turull y Josep Rull, que siguen los pasos de Toni Comín (ERC), deja a la (teórica) coalición de Govern a merced ya no de la CUP, sino de los grupos de la oposición. La legislatura está herida de muerte.

En esta etapa disruptiva de la democracia que ha alumbrado el ‘procés’, es plausible que al ‘president’ Quim Torra y sus ‘consellers’ les inquiete poco estar en minoría en la Cámara catalana, a juzgar por la exigua actividad legislativa que han desarrollado mientras podían hacerlo. Según el canon democrático, cuando un presidente pierde en el parlamento la mayoría que posibilitó su investidura tiene dos alternativas: recabar nuevos apoyos en una cuestión de confianza o convocar elecciones. Pero los cánones hace tiempo que en Catalunya saltaron por los aires.

UNA PROMESA QUIMÉRICA

La incógnita es cómo convencerá el bloque independentista a su electorado — y a la ANC, y a los “amigos de los CDR“…– de que con solo 65 diputados hará efectiva la república que hace un año, con mayoría absoluta en el Parlament, se limitó a impostar mediante una declaración “simbólica”. 

La promesa de Torra y Pere Aragonès (ERC) de aguantar juntos hasta las sentencias del 1-O, aún sin fecha, se antoja quimérica. Quien suele hacerlo debería levantar el teléfono: Waterloo, tenemos un problema.