Radón: El riesgo de cáncer que emana del suelo

El tabaco es la principal causa de cáncer de pulmón como es bien conocido y, la segunda, es el radón, un gas radiactivo de origen natural cuya presencia en las viviendas en grandes concentraciones eleva el riesgo de padecer un tumor. Informa Antonio Sánchez Solís/Efe.

Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva casi cuatro décadas advirtiendo de los efectos del radón, los expertos reconocen que el nivel de conocimiento del público en general es muy bajo.

“Los científicos quizás comunicamos esto en términos científicos pero no en términos que la gente entiende. El mensaje claro debería ser: Es un potencial riesgo para la salud y deberías saber si estás en riesgo y, si lo estás, hacer algo”, explica a Efe en Viena Tony Colgan, jefe de la división de protección radiológica del OIEA.

Este experto del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) señala que la gente se preocupa mucho más de la radiación que procede de operaciones nucleares industriales, pese a ser menor y suponer menos riesgo, que del radón, responsable del 40 % de media de la dosis de radiación que recibe una persona.

El radón es un gas incoloro e inodoro producto de la desintegración del uranio y del torio, presente en casi todos los suelos y rocas.

Puede penetrar en las viviendas por grietas, poros en el suelo o a través de las tuberías y conductos y, en elevadas concentraciones, aumenta el riesgo de cáncer de pulmón.

La OMS estima que entre el 3 y el 14 % de los casos de cáncer de pulmón es atribuible al radón y es la primera causa de esta enfermedad entre quienes no han fumado nunca.

“Quienes fuman y están expuestos al radón tienen mucho más riesgo que aquellos expuestos a una sola fuente”, recuerda Colgan, y agrega “como broma, decimos: deja de fumar y el dinero que te ahorras los gastas en arreglar tu casa contra el radón”.

La cantidad de uranio en la roca madre sobre la que está la vivienda y la forma en la que está construida son los elementos que determinan el nivel de concentración del gas.

Por eso, Colgan aclara que vivir en un área geológica donde hay altos niveles de radón, no significa que vaya a estar en una vivienda concreta.

Colgan recuerda que otras fuentes de radón pueden ser el agua y los materiales de construcción, como piedras naturales, ladrillos o escayolas con presencia de radionucleídos del radón.

Sin embargo, esas fuentes son, por lo general, menos importantes.

Al ser un gas que emana del suelo, se va diluyendo con la altura, por lo que la presencia en los pisos superiores es menor, a no ser que su origen sea el material de construcción.

“La única forma de saberlo es medirlo”, explica Colgan, aclarando que ese control puede hacerse con unos pequeños aparatos que se colocan en una habitación durante un número de meses.

El responsable del OIEA afirma que el 95 % de la población puede estar tranquila: puede haber presencia de radón en sus viviendas pero no en niveles elevados.

“Si los valores medios están por encima de la norma, eso no significa que vayas a morir a la mañana siguiente, todo lo que significa es que hay un riesgo mayor. Y si son muy, muy altos, entonces deberías tomar medidas un poco más rápido”, explica.

La medida más inmediata es reparar agujeros y grietas en el suelo o en las tuberías y todo lo que conecta la vivienda con el subsuelo.

También se pueden colocar membranas o barreras y hay sistemas de ventilación del espacio entre el suelo y la vivienda o de despresurización del suelo que invierten la diferencia de presión entre el exterior y el espacio habitado.

Para este experto es esencial que los profesionales de la arquitectura y la construcción estén formados sobre el tema.

Respecto a la legislación, Colgan explica que el OIEA, como organismo técnico de la ONU, no puede decirle a los países qué tienen que hacer, aunque sí existe una guía de seguridad con normas y criterios que cada Estado puede incluir en sus planes nacionales.

En este sentido Colgan califica como “consistente” con las recomendaciones del OIEA la directiva aprobada por la Unión Europea en 2013 y que entrará en vigor en febrero de 2018.

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