25 años del secuestro de la farmacéutica de Olot, el más largo perpetrado por delincuentes comunes en España

Actualizado 03/12/2017 12:22:27 CET

MADRID, 3 DIC. (EDIZIONES) –

Hace 25 años, la farmacéutica María Àngels Feliu estacionaba un Renault 25 plateado en el aparcamiento de su vivienda en Olot (Girona) cuando tres individuos encapuchados la asaltaron a punta de pistola y la trasladaron en su propio coche hacia un bosque cercano. El suyo se convertiría en el secuestro más largo de España sin que mediasen causas de terrorismo.

Feliu pasó 492 días casi a oscuras, en un habitáculo húmedo e insalubre donde no cabía de pie. Sólo a partir del cuarto mes de secuestro sus captores le permitieron caminar 20 minutos al día por el sótano, que en la actualidad se sitúa bajo un chalé en Sant Pere de Torelló (Barcelona).

Los secuestradores enviaron pocas pruebas de la integridad de María Àngels a su familia, entre ellas una grabación en la que suplicaba que pagaran un rescate a cambio de su libertad. Estuvieron dispuestos a hacerlo, según el relato de los hermanos de Feliu durante el juicio, que cifraron la cantidad entre 12.000 y 600.000 euros. Sin embargo, aseguran que nunca llegaron a realizar pago alguno.

Feliu no pudo ver nunca la cara de sus raptores pero, en declaraciones judiciales tras ser liberada, confesó que oía ocho voces durante su secuestro, cada una de las cuales identificó con un sobrenombre. Distinguía entre cuatro “voces buenas que nunca amenazaban” (Óscar, José, el abuelo e Iñaki) y otras cuatro a las que se refería como ‘el loco’, ‘el inteligente’, ‘el quemao’ y ‘el cortadedos’, debido a que éste último amenazaba con el envío de partes del cuerpo de María Àngels a su familia.

El “menos malo de todos” era Iñaki, que le había proporcionado un mechero con el que mataba las arañas y le había arreglado un altavoz frente al que Mari Àngels se sentaba a escuchar la radio. Cuando oyó la noticia de que las autoridades habían abandonado su búsqueda, se derrumbó. “Hubo un momento en el que pensamos que podía estar muerta”, confiesa en declaraciones a Europa Press el capitán de la Guardia Civil José Miguel Hidalgo, uno de los principales encargados de la investigación policial.

“Yo sabía que estaba viva porque la familia pidió a los secuestradores una prueba”, reordaba a los medios el abogado Carles Monguilod, que más tarde asumiría la defensa de Feliu. Les habían pedido que les confirmasen el apelativo cariñoso con el que se referían de pequeña a María Àngels y los secuestradores acertaron, pero la noticia nunca trascendió a los medios de comunicación.

Después de casi seis meses de cautiverio, el carcelero conocido como Iñaki decidió, por iniciativa propia y sin consultarlo con sus compañeros, liberarla en una gasolinera en Lliçà de Vall (Barcelona), donde lo primero que hizo Feliu fue tratar de adquirir un refresco. “Espero que nos veamos en el cielo”, se despidió la rehén antes de que agentes de la Guardia Civil la encontraran ataviada con una manta sobre los hombros y la trasladaran al hospital de Sant Pau, según recoge el acta judicial del caso.

Eran las cinco de la mañana cuando el forense Narcís Bardalet recibió una orden del fiscal jefe Carlos Ganzenmuller para reconocer a Feliu después de su liberación. “Sonaba como si fuera un sueño”, recuerda en declaraciones a Europa Press Bardalet, que no creyó que la farmacéutica estuviera viva hasta que pudo hablar con ella en el hospital.

La encontró en pésimas condiciones higiénicas. Sufría atrofia muscular y andaba ligeramente encorvada hacia adelante debido al tiempo que había pasado agachada. Bajo la euforia que manifestó Feliu cuando fue liberada en la gasolinera, se escondía un estrés postraumático “con algunos rasgos de síndrome de Estocolmo”, apunta el doctor.

Iñaki era el encargado de llevarle la comida a Feliu y fue quien finalmente la liberó. Lo había intentado en un par de ocasiones previas dejando abierta la puerta del zulo y sólo el miedo impidió escapar antes a la joven. Por tanto, “María Àngels pensaba que de alguna forma su vida dependía de él”, de acuerdo al relato del forense, con el que discrepa José Miguel Hidalgo: “Ella tenía claro que era un delincuente y colaboró en todo momento para su encarcelación”.

LA INVESTIGACIÓN

La investigación del caso fue compleja desde el primer momento. Al principio se creyó que el secuestro era una acción de ETA y en la investigación participaron unidades de todo tipo hasta que la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO) se hizo cargo. En este punto, la colaboración ciudadana resultó fundamental.

Prueba de ello fueron las detenciones de Joan Casals y Francesc Bassa, que habían sido delatados por un confidente llamado Francisco Evangelista. Pero María Àngels no los reconoció como sus secuestradores, e incluso llegó a querellarse contra el delator. “Yo sigo seguro al cien por cien de que estaban implicados en el secuestro”, contrapone el capitán de la Guardia Civil, que subraya la singularidad del ‘modus operandi’: “Había grupos encargados de cometer el secuestro y otros grupos que se dedicaron a la custodia de la víctima, pero no se conocían entre sí”.

Por si fuera poco, los Feliu-Basols contrataron al detective privado Eugenio Vélez, quien sería despedido tras declarar públicamente que María Àngels podría haber sido asesinada. No sería hasta la liberación de la farmacéutica cuando confesó que lo había hecho para despistar a los secuestradores y que supuestamente contaba con el beneplácito de la familia.

Hasta cinco años después, la investigación no volvió a señalar culpables. Antonio Guirado, un agente de Policía Local de Olot, confesó los hechos y señaló como colaboradores a Ramón Ullastre y a su mujer, Montserrat Teixidor, propietarios del sótano donde escondieron a la joven; así como a José Luis Páez, que contaba con antecedentes por varios delitos, y al ex agente municipal José Zambrano, que murió por sobredosis de barbitúricos antes de ser investigado. Las pesquisas policiales implicaron a otros dos sospechosos: el camarero Sebastià Comas –apodado Iñaki– y el entrenador de fútbol Juan Manuel Pérez, que finalmente sería absuelto.

A Sebastià Comas le benefició haber sido la persona que liberó a Feliu y quedó en libertad después de cumplir una pena inicial de 17 años de cárcel que quedó reducida a ocho, incluidos dos años de prisión preventiva. Las otras condenas fueron de 22 años para Ramón Ullastre y Antonio Guirado; de 18 para Montserrat Teixidor; y de 14 para José Luis Paz. Todos se encuentran en libertad actualmente.

¿A quién correspondían las ocho voces masculinas que oía Mari Ángeles durante su secuestro?

A las seis personas detenidas –afirma con rotundidad el capitán de la Guardia Civil. El propio Ullastre reconoció que cambiaban las voces en diferentes momentos añade.

A sus 59 años, Feliu regenta actualmente la farmacia de su familia en Olot y prefiere pasar desapercibida ante los medios de comunicación para no rememorar su cautiverio. “Sigue teniendo algunos factores de angustia”, explica el doctor Bardalet, que habló con ella hace un par de años.

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