Bomberos voluntarios, héroes involuntarios

Poco a poco va llegando la calma a Pedrógão Grande. El ser humano tiene una gran capacidad de adaptación y consigue asimilar incluso los sucesos más trágicos, las pesadillas más dramáticas. Los vecinos intentan recuperar su quehacer diario, con un claro deseo de olvidar el infierno vivido o, al menos, sacarlo de su cabeza. Todos menos los que se han quedado sin nada o los que han perdido a un ser querido. Incluso estos, en algunos casos, encuentran un rayo de esperanza.

Es el caso de la familia de Gonçalo Cozhina, de 40 años. La víctima mortal número 63, de los 64 que se ha cobrado esta locura infernal. Bombero voluntario de Castanheira de Pêra, murió cuando intentaba salvar la vida de tres personas que se encontraban en el interior de un coche en llamas. “Tristes, pero orgullosos de él –indicaba con una serenidad pasmosa un portavoz de la familia–. Murió para ayudar a otras personas y eso para su familia es un consuelo”.

Los propios aldeanos se organizaron en cuadrillas para proteger el monte; se compran hasta el casco

Ocurrió el sábado, pocos minutos después de que se desatara el fuego. Al primer aviso, Gonçalo cogió su coche para dirigirse a la base de Castanheira, cuando se encontró en lo que ahora se conoce como la carretera de la muerte (EN236) una imagen dantesca, coches y más coches ardiendo, rodeados por enormes lenguas de fuego y gente dentro chillando. Entonces, este hombre, casado y con un pequeño, decidió bajarse de su vehículo para intentar socorrer a tres personas que pedían ayuda en medio de las llamas. Cozhina se quemó los brazos, la cara, el pecho, los pulmones… Cuando ingresó en el hospital universitario de Coimbra, los médicos sabían que esta era su última batalla contra el fuego, que el elemento natural había ganado la guerra.

Su muerte ha conmocionado a un país que ya había izado a estos guerrilleros del fuego a la categoría de héroes desde hace años. Pero ¿quiénes son los bomberos voluntarios? Una legión de hombres no profesionales que superan en número al de los profesionales (más de 35.000 frente a 27.000) y que cada año se juegan literalmente la vida para evitar que las llamas acaben con sus comarcas.

Porque todos los que conforman este colectivo son vecinos de la zona, que reciben formación adecuada, pero que deben pagarse hasta el casco y las botas que llevan al monte en llamas. Aunque no se quejan. Los bomberos voluntarios nacieron precisamente por la falta de respuesta del Gobierno portugués “desde siempre” a los municipios del interior. Entonces, decidieron organizarse. Algunas cuadrillas llevan más de 200 años trabajando contra el fuego en soledad.

Los portugueses se rinden ante los 37.000 voluntarios que forman este cuerpo, mayor que el de los profesionales

El jefe de la asociación que aglutina a estos guerrilleros, Rui Silva, es voluntario desde hace casi tres décadas y en este tiempo ha visto morir a muchos compañeros, la mayoría, hijos de otros voluntarios y nietos de anteriores, que no habían superado los 25 años. “Jóvenes no nos faltan, gente comprometida con su tierra que pelean por ella cada verano con uñas y dientes”, dice con orgullo Silva.

Lo que sí falta son medios, algo que ha quedado demostrado en este brutal incendio. El principal, problemas graves de comunicación entre los bomberos y protección civil y problemas de la misma índole con los vecinos. La zona, montañosa, tiene mala cobertura y en cuanto llegó el fuego, todo resultó aún más complicado. Pero si es una tragedia que un vecino no pueda pedir ayuda, imagínense lo que es que los bomberos no puedan decir a los policías o a protección civil que hay que cortar o no una carretera o que el fuego se extiende al norte (¿eso es lo que ocurrió en la EN236?). En un mundo en el que todo se ha porfiado a la tecnología, si esta falla, las consecuencias pueden ser aún más nefastas porque el hombre pierde habilidades.

Portugal se rinde a estos bomberos voluntarios. Agradecen su esfuerzo y su lucha, que estos tres días han quedado patentes en este combate a muerte con un fuego que amenaza con acabar con el corazón de un país que merece mucho más que solidaridad.

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