‘El Chicle’ siempre fue el principal sospechoso en la desaparición de Diana Quer

Hay un dicho que dice que “a toro pasado” todo parece fácil. Es verdad. El pasado domingo día 31 de diciembre, cuando trascendió que la Guardia Civil llevaba desde las cuatro de la madrugada junto al pozo en el que José Enrique Abuín arrojó el cuerpo de Diana Quer, parecía mentira que no la hubieran encontrado antes. Costaba entender cómo ese traficante de medio pelo, mariscador furtivo y poco amigo de sus vecinos no había sido detenido antes si siempre fue el principal sospechoso y desde noviembre los investigadores no albergaban duda alguna de que él era el asesino.

La respuesta es una: las acusaciones hay que demostrarlas. Y la Guardia Civil priorizó tener tal carga de prueba contra su sospechoso que cuando fuera detenido no tuviera más salida que confesar dónde estaba Diana. Para detenerle había tiempo, pero hacerlo sin el cadáver, pese a conseguir una condena, eternizaría la tortura a unos padres que se pasarían el resto de sus vidas buscándola. No hubieran sido los primeros que malviven con ese dolor.

El sospechoso llegó a telefonear a un guardia para saber que tenían contra él

Los coroneles Manuel Sánchez Corbí y Francisco Javier Jambrina comparecieron ayer en una rueda de prensa poco común y en la que no escatimaron detalles sobre cómo evolucionó la investigación hasta la detención del hombre bautizado ya como ‘el Chicle’. El relato pormenorizado evidenció la inexplicable decisión del juez de Ribeira, Félix Isaac Alonso Pelaéz, que en abril decidió archivar provisionalmente el caso. En ese momento, no había pruebas determinantes contra el sospechoso, pero todos los indicios le dibujaban como el más que probable autor de unos hechos que la investigación sí ha podido demostrar después.

Volvamos a la Pobra do Caramiñal, a la madrugada del 22 de agosto en la que desapareció Diana Quer. Se investigó su vida, se descartaron opciones y se empezó a trabajar con sospechosos de la zona, mientras un grupo de guardias civiles empezaba el complicado y tedioso análisis de móviles y vehículos. Los investigadores tenían un posible recorrido del teléfono de Diana que cuando apareció el terminal en la ría, bajo el puente en Taragoña, se pudo confirmar que fue raptada y trasladada en un coche. Tenían que encontrar otro móvil que hubiera hecho ese mismo recorrido y un vehículo. Esos trabajos han durado más de un año. Pero antes de tener el resultado, en noviembre del 2016, la guardia civil ya señaló a ‘el Chicle’. ¿Por qué? Por antecedentes policiales y judiciales, por descarte de otros sospechosos, por vivir y conocer la zona como pocos.

Los investigadores defienden retrasar la detención para llegar hasta el cuerpo

Tres meses después de la desaparición de Diana Quer, José Enrique Abuín, de 41 años, estaba siendo vigilado y él lo notó. Lo supo porque, como apuntó ayer el coronel Corbí, “es listo, avispado, malo y un profesional de la delincuencia”. Quiso saber qué podían tener los guardias civiles contra él y telefoneó a un veterano agente de drogas de la comandancia de A Coruña que lo había detenido en el 2007. Quedaron para hacer un café. Le dijo que sabía que le estaban vigilando, y construyó allí mismo su primera coartada. Se situó, por si acaso, en el escenario del crimen diciendo que estuvo en A Pobra por las fiestas.

Una semana después fue citado a declarar como testigo. Había olvidado su charla con el guardia y contó que estuvo con su esposa, Rosario Rodríguez, robando gasóleol de camiones por la zona. La mujer validó la coartada, como lo hizo una hermana de esta y su marido. Los investigadores le pidieron el móvil. Y les dio un número que no llevaba esa noche. Luego les dio el bueno y se acercó hasta la comandancia a entregar el terminal, pero tras hacerle un reset que lo inutilizó para la investigación.

Su número de teléfono aparecía en los repetidores de la zona, pero con un recorrido que no se correspondía con el de Diana. Un año después se comprobaría que había tanta gente en A Pobra por fiestas aquella madrugada, que los repetidores estaban saturados y los móviles iban saltando de antena. Pero eso se supo mucho después. Pese a todo, seguía siendo el sospechoso. Se le solicitó el coche con autorización judicial, su Alfa Romeo plateado. Los agentes se llevaron la espuma de medio asiento delantero para analizar y las alfombrillas. Se examinó con tesón. El Chicle se cabreó tanto con los destrozos que la Guardia Civil tuvo que abonarle 100 euros en concepto de daños en el vehículo. Pero no encontraron ni rastro de la joven.

Pero nunca salió del foco de los investigadores. Trataron de seguirle por las carreteras, aunque resultaba complicadísimo por las velocidades a las que conducía. Un ejemplo: la investigación ha determina-do que el Chicle circulaba a cerca de 200 kilómetros por hora por el puente de Taragoña cuando salió de A Pobra con Diana en el coche. No ha dicho en qué lugar del coche iba, pero sí que logró acercarse hasta la ventanilla del copiloto y arrojar el móvil de la joven a la ría. Una maniobra que los investigadores siempre creyeron que sólo podían haberla hecho dos personas. Uno al volante y otro desde el asiento del copiloto. Pues no. ‘El Chicle’ iba solo. Pero esa opción no se contempló hasta el asalto de Navidad.

La investigación proseguía sin apartarse de él, pero contemplando al mismo tiempo otras opciones. Otros posibles sospechosos. Los datos de los móviles y los coches no llegaban. Los técnicos tenían que cribar dos millones de datos. Y las 40 cámaras de seguridad sólo daban bolas de luz en movimiento en las carreteras. El juez se desesperó y archivó la causa. Los investigadores trataron de convencerle para que no lo hiciera, pero ya había tomado la decisión. Se siguió aún así trabajando. A partir de mediciones de la luz de los focos de los vehículos, la presión sobre la calzada y otros elementos muy técnicos se aislaron tres modelos de vehículos. Uno que se descartó, otro con remolque que nunca se identificó y el de l Chicle.

En noviembre pasado, pese a estar la instrucción archivada, la Guardia Civil ya tenía sobre la mesa que el Alfa Romeo de su sospechoso estaba en el puente a la misma hora que el móvil de Diana; y que el teléfono de l Chicle hacía el mismo recorrido que el de la joven. Y fue en ese instante cuando en el despacho del coronel Sánchez Corbí los responsables de la UCO, coordinados con la policía judicial de A Coruña, tomaron la decisión de esperar para ganar tiempo y llegar hasta el cadáver. Nunca sabremos si el Chicle se hubiera sido detenido en noviembre, hubiera conducido hasta Diana como lo hizo el día 31 de diciembre. Sánchez Corbí defendió la decisión. Y aseguró ayer que sus mujeres y hombres, que la Guardia Civil hizo todo lo que hubiera hecho la mejor policía del mundo.

La Guardia Civil ultimaba los informes para solicitar al juez de Ribeira la reapertura de la causa cuando el Chicle volvió a intentar secuestrar a una mujer. El coronel Jambrina relató muy bien la escena. El hombre trató de quitarle el móvil que la joven llevaba en la mano, ella le ofreció darle unos euros a cambio y él hizo ver que era una broma. Pero desconfió de ella porque la vio fijarse en los números de la matrícula de su coche. Armado con una palanca se abalanzó sobre ella y la intentó meter en el maletero. Casi lo consigue pero la mujer, “valiente”, se revolvió, logró sacar una pierna y él, con un hombro lastimado por una lesión, no fue capaz de cerrar el maletero. Un par de vecinos alertados por los gritos sirvieron para que el hombre huyera.

La angustiosa escena fue grabada por unas cámaras de seguridad y además la mujer activó sin querer la grabación de voz de su móvil y todo el miedo, sus gritos y su desesperación quedaron registrados. La mujer “valiente” describió a l Chicle y dio dos números y una letra de su matrícula. Había que detenerlo. Se activó la policía judicial de A Coruña y la Unidad Central Operativa, dos grupos que han sabido trabajar como uno desde el primer momento. La detención, ya se sabe, se aceleró por una filtración. Después pasaron esas 72 horas en las que el Chicle dio varias versiones, pero sólo firmó dos declaraciones. Lo otro que pudo comentar no sirve. Él insiste en que la atropelló, se asustó, dejó el cuerpo en un descampado y después volvió y lo arrojó al mar en el puerto de Taragoña. Mentía. Lo sabían pero se enviaron a los perros de búsqueda de restos humanos ese mismo día.

Su actitud fue desconcertante. Con constantes cambios de humor y de carácter. De pronto reía, lloraba, contaba una anécdota, se levantaba, se estiraba. No fue fácil interrogarle. A las doce y media de la noche pidió declarar otra vez y el capitán que le interrogó supo que era la buena. Llegaron sobre las cuatro de la madrugada a la nave de Asados. Primero entraron solos, el Chicle y el capitán. El hombre señaló el pozo de agua dulce en el que 494 días aguardó Diana ser rescatada.

Será muy difícil que la autopsia pueda revelar si la joven fue agredida sexualmente. La Guardia Civil no alberga dudas de que ese fue el móvil, pese a que el sospechoso sólo admitió en la declaración que la atropelló sin querer cuando merodeaba por la zona robando gasóleo. De cómo la arrojó al pozo de agua dulce ya se ha contado en estas páginas, desnuda y lastrada con un par de piezas que anudó a su cintura. Los forenses trataran de encontrar respuestas en el cuerpo de Diana. Pero más allá de las circunstancias el caso está cerrado y su familia agradecida, en mitad del más terrible dolor. La rueda de prensa de los coroneles de la Guardia Civil marcó un hito ya nunca se habían ofrecido detalles tan concretos de una investigación tan reciente. La idea fue del jefe de la UCO, el coronel Sánchez Corbí, y su objetivo zanjar de raíz los falsos relatos que presentía se iban a seguir produciendo sobre el caso.

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