El pistolero de Gavà ya cometió dos crímenes en Vilanova y Miami Platja

Jordi Casas Cordero, 44 años, utilizó su arma, un subfusil para tiro olímpico, con munición del calibre 222 Remington, para asesinar el jueves pasado al cocinero de un bar de Vilanova i la Geltrú y herir de gravedad a la dueña del establecimiento. Tres días después, el domingo, irrumpió a la hora de la siesta en la casa de Miguel Martín Vargas en Miami Platja y le descerrajó dos tiros en la cocina cuando el hombre acababa de fregar los platos de la comida. Murió en el acto. Ayer, Jordi Casas Cordero, de nacionalidad española, sin antecedentes y con permiso de armas, disparó a bocajarro contra dos policías de Gavà cuando se le acercaron para identificarle a las puertas del tanatorio. Hora y media después, tras una espectacular persecución y despliegue de medios y unidades, los Mossos d’Esquadra le detuvieron, vivo, al final de un camino que se adentraba en el bosque, en la urbanización Muntanya del Mar de Canyelles, en la que el sospechoso residía.

El detenido permanecía anoche hospitalizado en el Clínic con dos heridas limpias de bala, en una pierna y el antebrazo. Habrá tiempo de interrogarle y de que sea examinado por un psiquiatra forense. Pero anoche, los investigadores no habían logrado establecer ninguna vinculación entre el pistolero y sus víctimas. Y precisamente eso, la ausencia de relación, que no tuviera antecedentes y que las hubiera elegido a todas al azar, complicó ­muchísimo su identificación hasta ayer.

El martes los Mossos relacionaron los dos primeros asesinatos por la inusual munición

El primera crimen sucedió justo hacía ayer una semana en un conocido bar de Vilanova i la Geltrú, el Sindicat del Vi. A esa hora el establecimiento permanecía cerrado al público, pero en su interior ya estaban Gabriella y su nuevo cocinero, húngaro como ella. Un hombre armado irrumpió poco después de las tres de la tarde. Disparó dos tiros contra el varón y otros tantos contra la mujer. Pero ella tuvo tiempo de esconderse tras unas cajas y sobrevivió. Tras unas primeras horas en estado crítico, la mujer pudo finalmente declarar días después y aseguró que no conocía de nada al agresor. Que nunca lo había visto.

Los Mossos buscaban en el entorno de las víctimas del bar de Vilanova cuando, el lunes pasado, una vecina encontró el cuerpo sin vida de Miguel, un camionero de 63 años que acababa de conseguir una pensión por invalidez y vivía feliz, según su familia, en su casa junto a la playa. Alguien accedió a su vivienda y le disparó en el tórax. Los casquillos, del calibre 222 Remington, eran exactamente los mismos que se encontraron en el bar de Vilanova. Una munición para arma larga, nada corriente. Los Mossos activaron su servicio de balística, que determinó que la munición hallada en los escenarios de los dos últimos crímenes había sido percutida con la misma arma. La policía activó a todos sus grupos de investigación y puso en alerta a seguridad ciudadana. Había un hombre, sin identificar y armado, que ya se había cobrado dos víctimas mortales, había herido de gravedad a una tercera y, aparentemente, actuaba sin lógica, ni motivación concreta. Toda la estructura policial se puso en alerta y se decidió mantener la información reservada.

El fugitivo disparó ayer a dos policías locales y fue detenido una hora y media después

Hasta ayer, que Jordi Casas Cordero reapareció en Gavà. Fue una vecina la que alertó a la policía local porque llevaba un rato viendo merodear por los alrededores del tanatorio a un individuo “muy raro”. Conducía un Alfa Romeo 156 de color verde. Tenía el pelo corto y barba. De piel oscura, contó. Esas fueron las primeras indicaciones que se conocieron del sospechoso. Un sargento y un guardia, de 50 y 62 años, se acercaron para identificarle. El individuo se puso nervioso y les disparó. Ambos están hospitalizados y el sargento, con un disparo en la cara, tiene un pronóstico ­grave.

Eran las tres y media de la tarde, la misma hora en la que se cometieron los anteriores tiroteos. Al volante de su Alfa Romeo el hombre emprendió una huida por carretera que durante los primeros minutos encendió las alarmas ante la posibilidad de que se pudiera tratar de un atentado terrorista. A partir de la matrícula del coche, los investigadores lograron identificar al fugitivo. Se trataba de Jordi Casas Cordero, de 44 años, con domicilio en la calle Mallorca de Calafell, en Tarragona, con licencia de arma para tiro olímpico y sin antecedentes. Sólo una vez, en el 2009 fue identificado en un control policial rutinario. Nada más.

En la huida, una pareja de mossos identificó el vehículo en Sitges, el hombre hizo caso omiso al alto y le dispararon. Resultó herido. El helicóptero no le perdió la pista desde ese momento y fue retransmitiendo su paradero al resto de las unidades policiales en tierra.

El hombre sabía dónde iba, a su casa, en una urbanización en lo alto de la montaña, en Canyelles. Llegó hasta allí y abandonó el coche al final de un camino. Àlex salía de su casa cuando se cruzó con él. Apenas le miró, porque la vista se le fue a las manos. “Tenía abierto el capó del coche, estaba muy nervioso, agarró un arma y empezó a montarla. Igual que en las películas. Me miró y me dijo: ‘Largate de aquí’. Y me fui corriendo”.

El muchacho detallaba su encontronazo con el pistolero cuando su madre, Ángeles Espejo, reaccionó de golpe. “Claro, es Jorge. Fue nuestro inquilino. Le alquilamos durante un año una casa, se fue y hace poco regresó a la urbanización, pero a otro chalet. Vivía muy cerca de aquí. El domingo le vimos, le saludé y ni me respondió. Andaba muy raro últimamente”.

Loading...