Historia de un secuestro virtual

R.O.M, que pide permanecer en el anonimato, es uno de los miles de mexicanos secuestrados cada día en este país- entre 6.000 y 8.000 al año, cinco de ellos a diario solo en la capital, según el estudio Situación de los secuestros en México de la UNAM. Esta es la historia de un hombre corriente, padre de familia, con un buen trabajo, de mediana edad, el perfil más común de las víctimas de este tipo de delito, antes concentrado en narcos y millonarios, pero que ahora puede alcanzar a cualquiera, en cualquier momento, en cualquier calle de una ciudad mexicana. La única diferencia es que R.O.M y otros como él es que han podido vivir para contarlo.

“Llevaba la camisa de cuadritos verdes de lino, como todos los viernes”. Era la tarde del 17 junio de hace un año, presagio de un placentero fin de semana, a la salida de un trabajo que siempre es el último en abandonar en Polanco, una de las colonias más ricas de Ciudad de México. La llamada a su celular no era de un número conocido y la voz, de hombre, firme y autoritaria, tampoco, aunque la policía le aseguró luego que podían ser dos y hasta tres distintos. Sabían su nombre, dónde vivía, detalles de su familia y hasta de su gusto por esa camisa. Era como si le estuvieran vigilando a distancia en ese mismo momento, parado en una calle que frecuentan turistas, ejecutivos y diplomáticos. La policía sostiene que los delincuentes, muchos desde la cárcel, obtienen esos detalles mediante la compra de bases de datos o por pistas del entorno familiar o laboral de las víctimas. La voz al otro lado del aparato resumía la peor pesadilla para un padre. “Tu hija está con nosotros. No hagas más preguntas y no insistas en pedir más información. A ver cuando vuelves a saber de ella”. Su única hija, de 20 años, estaba secuestrada.

El fin de semana iba a transformarse, aún no lo sabía, en 48 horas de horror. La voz, a veces más joven y otras más vieja, le pidió que fuera a sacar dinero de un banco cercano al trabajo, que hiciera ingresos en la cadena Elektra y que comprase joyas y relojes en unos conocidos almacenes de lujo. Se acababa de convertir en víctima de un secuestro virtual. En este tipo de extorsión, de la que no hay datos fehacientes porque a menudo no se denuncia por vergüenza, el rescate no consiste en sumas millonarias. “Me pedían cosas de oro, caras, más o menos me decían el precio. Compré unas joyas y unos relojes y se los entregué a una mujer, joven, como de 1,55 de estatura, bien arreglada, morena, que ni se escondía ni nada y que esperaba en una esquina. Me sorprendió que me dijeran que saliera y buscase un taxi de los que están estacionados por allí, en un lateral del almacén. Y al mero frente estaba uno, que no era un taxi, sino un carro, un Nissan Tsuru blanco. Un hombre me dijo: ‘Súbale al Tsuru'”.

El modus operandi varía. A muchas víctimas les obligan a tirar su celular y a adquirir otro para que las llamadas no puedan ser rastreadas o para evitar que los familiares se pongan en contacto. En el caso de R.O.M, se trataba de tenerlo encendido todo el tiempo, incluso durante la noche, para evitar que hablase con otras personas y mantenerle en una tensión constante. “Nosotros te cargamos el celular. Tú no te preocupes por eso, decían, tú sigue hablando todo el tiempo con nosotros. Si cuelgas se termina y a ver qué pasa”, decían. R.O.M pensó en hacer señas a las dependientas de las tiendas por las que pasó o en colgar y llamar a la policía, en cómo arreglárselas para avisar de que estaba siendo objeto de una extorsión, pero estaba aterrado por el destino de su hija.

La siguiente parada fue un hotel barato y próximo, donde los secuestradores, cuyas órdenes seguía al minuto, le dijeron que pasara la noche con el objetivo de vaciar su cuenta bancaria al día siguiente, sábado, y comprar más joyas. La habitación no tenía ni ventanas ni teléfono. Solo una televisión rota y una cama. Pagó 200 pesos. “Me dieron una llave. Métete en el hotel, ahí ya saben. Di que quieres una habitación para una noche”. Sin saber nada de su familia, el pánico de R.O.M fue creciendo. “Tenía la sensación de que los de los hoteles sabían. Sé que hay secuestros de este tipo, estaba atemorizado, pensaba ojalá y sí vengan, me dio coraje, porque yo ya había visto a la muchacha. Tenía bien claro que le había visto la cara y que podían matarme…”. Paso toda la noche sin dormir, hablando con sus captores, pero nadie llamó a su puerta. A la mañana siguiente, muy temprano, se subió a otro taxi, otro Tsuru blanco, y fue de las Galerías Insurgentes, donde la sucursal de su banco, el HSBC, estaba cerrada a Perisur, donde funcionaba el cajero, siempre siguiendo directrices. “¿Quieres que te digamos cómo andas? No te ves tan mal para haber pasado una mala noche”, le decían. En el centro comercial, adquirió uno de los celulares más caros del mercado (17.000 pesos, más de 900 dólares) e intentó comprar más joyas, pero al sobrepasar el límite de la tarjeta de crédito, la operación falló. La misma mujer del primer día pasó a recoger los objetos.

“Como te has portado bien, vas a irte a otro hotel”. Estaba en la calle Tacuba, en pleno centro histórico de la Ciudad de México. Mismo recibimiento en la recepción, pero esta vez sí funcionaba un viejo teléfono de la habitación. En la televisión, Portugal disputaba con Austria un partido de la Eurocopa. Otra noche de infierno le esperaba cuando su interlocutor, aficionado al fútbol pero con el que llegó incluso a hablar de enfermedades de transmisión sexual, empezó a roncar. R.O.M aprovechó la oportunidad. Llamó a su familia y se enteró de que los secuestradores les habían exigido que vendieran su auto, un Vento blanco. Escapó del cuarto sin volver la vista atrás. “La de recepción me gritaba, que si ya me iba. No contesté y me subí a un taxi”.

El viaje en taxi y el diálogo con el conductor sería un episodio más del surrealismo mexicano si no fuera porque el drama de R.O.M le costó más de 50.000 pesos y aún resuenan los ecos de su prisión telefónica. “El taxista me preguntó por qué estaba nervioso y le dije: ‘Me hicieron un secuestro virtual’. ‘A ver, pásemelos’, me dijo. Cuando volvieron a llamar, el taxista dijo: ‘Buenooo… ¿qué quieren?’. ‘Queremos hablar con el señor R.’. ‘No le conozco. Este teléfono me lo acabo de encontrar, tirado y ni modo que lo deje tirado…’. Y colgó. El taxista me contó que le pasaron primero a una niña que quería hablar con su papá, a un niño llorando que quería hablar con su papá, una esposa que quería hablar con su esposo y a un señor que quería hablar con su amigo. ¡Cuatro! Vamos a tirar el chip para que no tenga miedo. Y lo botó. No me llevó hasta casa, aunque era mediodía. Me dejo cerquita. ‘Pinches colonias feas donde viven ustedes!'”.

El domingo 19 de junio, después de reunirse con su familia, R.O.M puso una denuncia. Tiempo después, la policía le llamó para que identificara a su secuestradora que, según ellos, operaba en la zona de Polanco y le aseguraron que tenían hasta su carnet electoral (su IFE). Para su sorpresa, las fotos que le enseñaron no tenían nada que ver con la descripción que él dio. Incluso sabía que su nombre era Maria del Carmen por los recibos de Elektra. Las cámaras de seguridad de los comercios, que recorrió con los agentes, tampoco aportaron luz, no había grabaciones. Nunca más supo. “Uno de los agentes me dijo que tenía dos ideas para lo que me había pasado: que alguien me pudo haber puesto, y yo no lo creo porque no tengo problemas con nadie. La otra idea es que hay gente que está en la cárcel y se dedican a llamar y a llamar y tienen computadoras. Saben dónde te mueves y todo, aunque te puedes regresar a tu casa porque no hay muchos casos en los que vuelvan. Ya no vuelven. Lo de la camisa, es que a veces, me decían, también le atinan y te enganchas”.

Un año después, la vida de R.O.M sigue enganchada de alguna forma a aquella llamada. Ha perdido su casa, que sigue siendo de su propiedad, pero a la que su mujer y su hija no quieren volver. “La construimos con nuestras manos, sabe, mi papá escarbaba, mis hermanos escarbaban… “.

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