La mediación después de la violencia

¿Se puede hablar del miedo con personas que también lo sienten? Quizá no sabemos cómo hacerlo, ni dónde, sin que eso genere más miedo y nos deje angustiados. Es normal. Tener miedo nos hace humanos.

La mediación propicia un espacio para normalizar y compartir sentimientos comunes. Hoy más que nunca debemos propiciar encuentros para volver a vincularnos con una sociedad que quiere vivir en paz. Debemos mirarnos a los ojos y reconocer el amor, promover los cuidados y no querer que le hagan daño al otro.

La mediación es la herramienta más adecuada para generar un espacio seguro de escucha, de diálogo, en el que compartir emociones y encontrarnos con los demás para poder asumir un acontecimiento doloroso.

¿Pero cómo debe pensar un profesional de la mediación después de un hecho traumático? Es una persona, así que como tal debe reconocer e integrar sus reacciones para releerlas desde una perspectiva profesional.

Una vez identificados los efectos de la situación en nosotros, debemos empezar a observar las reacciones de los demás. Un discurso que al principio parece único, “no tinc por” (no tengo miedo), conlleva una gran diversidad de pensamientos, emociones y reacciones.

Un espacio seguro

Un episodio de violencia compartida resignifica otros de la historia personal de cada uno, por lo que debemos normalizar y respectar la diferencia. Los símbolos integrados y conocidos no serán los mismos. Hay que reinventar cada paseo por las ramblas. Cada baldosa se habrá resentido de una manera distinta y hay que volverlas a encajar. Eso requiere de una función reflexiva, para poder caminar sin la presencia de lo siniestro.

La cultura de la mediación da al profesional los elementos para crear un proceso que permita un espacio seguro de diálogo. Este espacio debe permitir que las personas puedan expresar libremente sus emociones, su rabia, angustia y miedo sin ser juzgados. No ahora ni después. No juzgar es un compromiso necesario.

Sin la expresión real no se puede pensar. Sabemos que si las personas se fuerzan a ser mejores de lo que sus reacciones les permiten al principio no podrán deshacer los nudos de rabia que pueden derivar en lo más inesperado.

Lo que no se puede expresar en palabras corremos el riesgo de manifestarlo de manera inadecuada: negando lo que ha ocurrido, reprimiendo, postivizando de forma irreal, disociando o entrando en un estado caótico de excitación o depresión.

Después de la expresión real, el silencio.

No juzgar, compromiso necesario

Cuesta detenerse, pero hacerlo junto con profesionales que marcan un tiempo es más fácil. El dolor se reparte, se reparte con aquellos que se han expresado al extremo de los razonamientos propios; se reparte porque se está en un espacio seguro y se dispone de un tiempo, de unas normas, de unas pautas.

El acompañamiento sostenido por profesionales preparados para las palabras, las emociones y las reacciones lo hace posible. Los mediadores tenemos que estar humanamente preparados para no detenernos ante la diferencia agresiva provocada por la angustia, así como un sanitario no se detiene ante de la sangre, un bombero ante el fuego, un psicólogo ante la desesperación de su paciente.

Después de la expresión de las emociones diferentes y el silencio compartido, el mediador puede continuar con el proceso con preguntas que abran nuevas posibilidades de convivencia: ¿Cómo estoy viviendo desde mi mismo la situación? ¿Cómo lo haremos a partir de ahora? ¿Con qué peligros nos encontraremos?, etc.

En ese momento el mediador posibilita el intercambio de demandas, hacia los demás y hacia uno mismo. El dispositivo crea este espacio desde el respeto, la tranquilidad y la reflexión. La mediación social no es un espacio caótico de catarsis del dolor, sino un espacio de manifestación cuidada en el que las personas tienen que salir mejor de lo que han entrado.

Javier Wilhelm y Maria Munné son los directores del Máster en Mediación Profesional de la UPF Barcelona School of Management

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