Los ingredientes del asesinato de la CAM

Cuánto odio debía de haber en esa familia que Miguel, uno de los nietos de María del Carmen Martínez, tres horas después de saber que su abuela había sido asesinada, subió a Instagram su foto con una camiseta que llevaba escrita una sentencia: “Jaque mate”.

Uno puede pensar que el nieto detestaba a su abuela. Cierto. Pero el grupo de homicidios de Alicante de la Policía Nacional que en los últimos dos meses ha escudriñado hasta el último detalle de la vida de Miguel Ángel López sostiene que ese rencor evidenciado por el adolescente es uno de los 23 indicios que sirven para asegurar que el yerno de la viuda de Vicente Sala, el que fue presidente de la extinta Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), asesinó el pasado 9 de diciembre a su suegra.

Pero ninguno de los indicios es prueba concluyente. Es más, Miguel Ángel López, en prisión hace ya una semana, niega cualquier responsabilidad en el crimen, aunque ya no esconde, como en sus primeras declaraciones, que odiaba a su suegra. “Pero no hasta el punto de matarla”, ha dicho.

Pero, ¿a quién podría interesar la muerte de esta mujer que en el 2011, con el inesperado fallecimiento de su marido, heredó un holding de negocios millonarios? Su yerno, el marido de Fani, la menor de los cuatro hijos de la asesinada, ha asegurado que a él no le interesaba el dinero. Que incluso está a punto de heredar seis millones euros de su padre, un tornero, que, según los investigadores, en su momento enseñó a su hijo la pasión por las armas, o cómo silenciar un disparo, vaciando parte del contenido de pólvora de un proyectil.

Eso es justo lo que la policía sospecha que hizo el asesino aquella tarde en la que la viuda de la CAM acudió al concesionario de coches que regentaba su hija con su yerno, para recoger el Porsche Cayenne que había dejado para lavar. María del Carmen acudió con su hermana Antonia en el coche de ésta. Pese a que no se hablaban, su yerno la esperó, saludó y entregó las llaves. El vehículo no estaba en el parking, sino en el lavadero. Un pequeño cubículo, oscuro, sin cámaras de vigilancia, y al que se dirigió confiada la mujer. No se cruzó con ­nadie.

Tampoco tuvo tiempo de introducir las llaves en el interruptor. Un pistolero, el yerno según la policía, se acercó y le disparó dos tiros a bocajarro. María del Carmen intentó zafarse y aún pudo cubrirse el rostro con un brazo. La bala le atravesó hasta alcanzarle en la cara. El segundo disparo impactó en la cabeza. Mujer fuerte, valiente, una “clasista, ambiciosa que maltrataba a sus hijas”, según su yerno, aún pudo levantarse y, ensangrentada y con el rostro desfigurado, dar dos pasos, hasta derrumbarse en el suelo.

Ninguno de los nueve operarios del concesionario vio ni escuchó nada. El yerno fue la última persona con la que habló la mujer. Le entregó las llaves y aún tuvo varios minutos para seguirla, asesinarla, evitar que un trabajador se acercara hasta la zona del lavadero, y salir del concesionario hasta su casa. Antes apagó su móvil.

Miguel Ángel López fue el principal y único sospechoso de la policía desde el primer momento. Aunque la relación de María del Carmen con sus tres hijas era prácticamente inexistente, la mirada de los investigadores se centró básicamente en ese yerno. Los mensajes de los nietos destilando bilis con el cadáver de su abuela aún caliente desconcertaron a los investigadores. No tardaron en comprobar que la tensión familiar era insostenible y que el dinero y la ambición estaban tras esa guerra cruel.

María del Carmen había decidido, tras la muerte de su marido, reorganizar el negocio y ceder todo el poder a Vicente, su único hijo varón. Era el único en el que confiaba, además de su hermana y en un viejo operario de la finca familiar. Mujer reservada, en los últimos tiempos había contado que notaba que le faltaban cosas de su marido, sabía que le registraban los cajones, sus pertenencias aparecían un día cambiadas de lugar, y sentía que estaba siendo vigilada. Desconfiaba de sus hijas. De su yerno. Sus allegados le plantearon contratar a un guardaespaldas. Pero María del Carmen se negó. Se sentía demasiado poderosa para imaginar tan despiadado final.

Los 23 indicios contra el yerno

1Las tensiones familiares eran insoportables. El acusado tenía motivos para matar.

2 El yerno mintió cuando negó a la policía que la familia de su mujer estaba dividida.

3 Sólo tres personas y el yerno sabían que esa tarde María del Carmen iría al concesionario.

4 Tenía las llaves del coche y lo condujo al lavadero, el mejor escenario para el crimen.

5 Pidió a su secretaria que citara a su suegra a última hora del día para recoger su Porsche.

6 Un empleado del concesionario le vio maniobrar con otros coches en el lavadero. La policía sostiene que estaba ensayando.

7 Sólo él y sus empleados sabían dónde podía estar estacionado el Porsche de la víctima.

8 Hacía tiempo que no se hablaba con su suegra, pero esa tarde la esperó y saludó.

9 No es casual para la policía que justo apagara el móvil minutos antes del crimen.

10 Huyó antes de que se descubriera el crimen e incluso desvió de su itinerario a un empleado para que se alejara del lavadero.

11 Sabía que pese a los carteles anunciándolas, en el lavadero no hay cámaras de vigilancia.

12 Dio fiesta al empleado del lavadero, se quedó sin testigos.

13 Nadie vio entrar ni huir a ningún otro sospechoso.

14 Mintió cuando declaró que al salir del concesionario llegó hasta su casa y entró.

15 Estuvo tres minutos en su casa. Tiempo suficiente para lavarse y deshacerse del arma.

16 Visitó a sus cuñadas y se fue sin contarles que su madre acababa de ser asesinada.

17 Mintió al no contar que tras el crimen un empleado le dijo que halló casquillos en el suelo.

18 Tras conocerse el crimen, su hijo Miguel sube a Instagram su foto y “jaque mate”.

19 Sergio, el otro hijo del acusado, dedicó a su abuela un “maldita zorra” en Instagram.

20 Tiene licencia de armas, ha practicado el tiro olímpico.

21 Su padre fue tornero, tiene conocimientos para silenciar los disparos manipulando las balas.

22 Sorprende que durante las semanas siguientes al crimen, el acusado apenas hable con su mujer por teléfono. Ya tiene el teléfono intervenido.

23 Se sabía sospechoso, tanto que en el tanatorio de su suegra comentó: “Vendrán a por mí”.

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