“Los padres necesitaban saber, pero yo no les podía contar más”

No todos los días tenía algo que les pudiera contar…”. Aun así, durante los 494 días que duró la investigación por la desaparición de Diana Quer, el comandante Arturo Marcos habló con Juan Carlos Quer y Diana López Pinel a diario. En algunos momentos, incluso más de dos y de tres veces. Se cuentan con los dedos de una mano los días en los que ni el padre ni la madre telefonearon a este guardia civil que asumió la compleja tarea de ser el interlocutor de los investigadores con la familia de la joven. Una semana después de encontrar a Diana, su teléfono sigue sonando.

Ni una sola vez no descolgó el teléfono. Casi siempre telefoneaban los padres, pero en alguna ocasión era el comandante quien marcaba. Y desde el primer hasta el último día, en el que les pudo anunciar que habían encontrado a Diana, al padre y a la madre “les confié exactamente lo mismo”.

Arturo Marcos es un hombre de frases precisas que se ayuda de los silencios. Seguramente no siempre fue así. En este año y medio ­tuvo que aprender a callar y a no contar, nunca, nada que pudiera interferir en la investigación. El problema no era que no confiara en los padres. Al contrario. Con el tiempo, él ha aprendido a confiar en ellos y, lo más importante, ellos en él. El comandante construyó un dique infranqueable que separaba lo que les podía explicar y lo que no.

Tuvo que aprender a callar y a no contar nada que interfiriera en la investigación

Marcos estaba al corriente de los detalles de la investigación y él mismo decidía y gestionaba lo que podía trasladar a unos padres que en ocasiones preguntaban con desespero porque “necesitaban saber”. Ni una sola vez, ni en los peores momentos de la investigación, cruzó la raya. Y aprovecha estas líneas para agradecerles públicamente su comprensión. “Nunca hubo un reproche, siempre entendieron mis silencios”.

Al final los conocía tanto que casi en la primera palabra que pronunciaban en cada llamada, solamente por la manera en que le saludaban, sabía si alguno no estaba pasando un buen momento. “Había días que notabas que uno tenía una mayor necesidad de saber. Por lo que fuera. Quizás ese día no había nada nuevo que contar. Nunca les prometí nada, pero sí logré que confiaran en mí y en el trabajo de mis compañeros”.

Marcos estuvo en el arranque de la investigación al frente de la unidad de la policía judicial de A Coruña que trabajó con la Unidad Central Operativa (UCO). Al año de la desaparición asumió otra responsabilidad. Incluso pasó un tiempo fuera de Galicia, pero nunca dejó de ser el interlocutor.

No es necesario recordar los detalles de cómo fueron las primeras apariciones públicas de los padres de Diana. Cómo convirtieron la desaparición de su hija mayor en un escenario en el que proyectaron las complicadas circunstancias de su separación. Eso fue al principio, y en ese momento Marcos también tuvo que estar en medio. Ni pestañea cuando se le pregunta cómo fueron aquellos días en los que los padres malgastaron el tiempo.

“Me creyeron cuando les prometí que el día que hubiera una noticia se enterarían por mí”

Eso pasó, y es justo reconocer que en los últimos meses el padre y la madre enterraron sus hachas de guerra y se concentraron en lo que les une, sus hijas.

Ganarse su confianza fue un trabajo lento. Han pasado dieciséis meses y algunos titulares se los ha llevado el viento, pero cada cosa que se contaba, que se escribía, provocaba un susto en ellos. Un temblor. Desasosiego. Miedo. Entonces llamaban a Arturo. Empezaron hablándose de usted, pero desde hace un tiempo se saludan todos por su nombre.

“Desmentir lo que se contó los primeros momentos fue complicado. La relación entre nosotros aún no estaba madura. Ellos desconfiaban. No tenían la certeza de que no les estaba mintiendo. Necesitaban saber si lo que se publicaba era cierto”. ¿Que hacía? “Les pedí que dejaran de estar pendientes de los medios de comunicación. No era bueno para ellos. Al final logramos que cada vez les afectara menos el ruido mediático”. ¿Cómo? “Entendieron que ni uno de los periodistas que escribía o hablaba de Diana estaba al corriente de la investigación. Me creyeron cuando les prometí que el día que hubiera una noticia se enterarían por mí”. Y cumplió su palabra.

Los padres consiguieron sobrellevar con serenidad los últimos meses porque sabían que el trabajo seguía. Una vez al mes, más o menos, el comandante se desplazaba a Madrid para estar con ellos. Siempre por separado. “Había momentos en que intuía que necesitaban verme. Sabía que hablar conmigo les calmaba”. Uno de los momentos más complicados fue adelantarles la decisión que iba a tomar el juez Félix Isaac Alonso de archivar el caso.

“Para los padres fue importante saber que yo estaba en aquella nave junto a su hija”

No entendían lo que estaba pasando. El comandante les aseguraba que la investigación avanzaba y, de repente, el juez le daba carpetazo. “Les pedí que siguieran confiando en mí. Que no se rindieran. Esos días traté de aportarles algún detalle más concreto que les hiciera comprender que avanzábamos en la buena dirección. Nunca les mentí”.

¿Supieron que había un sospechoso? “Nunca”. Les transmitió que había una muy buena línea de investigación. Ni siquiera les dijo que estaban ultimando los informes para solicitar la reapertura del caso. Aunque Marcos tenía previsto visitarles a primeros de enero para avanzárselo.

Llegaron las Navidades y se desearon que fueran buenas. Hablaron tanto, tantas veces, que en ocasiones en mitad de la charla por la investigación se colaron trocitos de la vida de todos.

Marcos respiró. Telefoneó primero a uno y después al otro. Habían detenido al sospechoso. Se enteraron por el guardia civil. Fueron dos llamadas breves. No les facilitó el nombre, sólo les confió que llevaban tiempo tras él y que su detención estaba bien armada. Apenas hicieron preguntas, ni ella ni él. Lo que tuvieran que saber, sabían que Arturo se lo contaría. Ninguno preguntó por Diana. No insistieron. Pocas horas después recibieron la siguiente llamada. Les comunicó que el detenido había confesado ser el autor de la muerte de su hija. Preguntaron cómo. El comandante les trasladó lo que declaró el acusado, que había sido un accidente. Y evitó contarles las dos versiones que dio en ese momento sobre dónde estaba el cuerpo.

Las dos llamadas más complicada y a la vez ansiadas fueron las de la madrugada del día 31. Debían ser las cinco y los pilló dormidos. Fue la conversación más breve. En este momento de la entrevista se resquebraja el muro de hormigón armado que el comandante ha levantado a su alrededor y se adivina una grieta. Respira y comparte: “Para Juan Carlos y Diana fue muy importante aquel día saber que yo estaba allí con Diana, en aquella nave junto a su hija”.

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