“Mejor la verdad: lo maté yo”

Son muchos los asesinos de la historia negra que han destacado no sólo por su maldad, sino por las maneras cómo han sido capaces de relatar sus crímenes. En enero del año pasado, la sala de la Audiencia de León enmudeció ante el relato que Montserrat González hizo del día que disparó contra la que fuera presidenta de la Diputación, Isabel Carrasco. “Le di en la espalda, y luego le di más, pero no sé dónde le di…” Y lo contó apuntando al vacío, simulando volver a tener el arma en la mano. No sólo no se arrepentía de haber asesinado a aquella mujer, sino que aseguró que lo hubiera hecho tantas veces como hubiera sido necesario. La suya fue una declaración espeluznante. Como en su día lo fueron las múltiples confesiones que Manuel Delgado Villegas, alias El arropiero, fue suministrando a los policías con los que recorrió España desenterrando cadáveres de víctimas a las que violó tras matarlas.

Un escalofrío parecido sintieron los Mossos d’Esquadra del grupo de homicidios de la región policial metropolitana sur cuando escucharon la confesión de Juan Fernández Benítez. El suyo fue el relato de un hombre sin escrúpulos que hablaba de su último crimen y su víctima con la misma naturalidad con la que el carnicero describe sus habilidades con el cuchillo de descuartizar corderos. En algún momento los policías tuvieron que pedir que parara. Que dejara de hablar. Costaba digerir aquel relato manchado de palabras ensangrentadas, sin riesgo a marearse… “Estaba duro, durísimo. Dos veces intenté clavarle el cuchillo, pero no entraba. Se rompió la hoja y encontré otro más grande. Lo quiso meter por el ojo. Pero tampoco. Tenía que matarle, la cabeza estaba medio abierta de los golpes y sufría demasiado…” Y lo contó gesticulando. Reproduciendo con las manos y el tono el agotamiento que sintió durante las horas que dedicó a matar a aquel hombre.

A finales de octubre del año pasado, en un día que no se pudo concretar, este malagueño de 61 años asesinó al camerunés Robert Benjamín Obam, de 50 años, a las puertas de las chabolas en las que vivían, en medio de un cañaveral de un terraplén que hay situado en Esplugues de Llobregat, justo delante de la pista de rugby. Los dos chabolistas discutieron por una banalidad. Según Juan, porque Robert era violento y le robó un CD y un lápiz de memoria lleno de libros. Podría haber quedado como un crimen entre dos sintecho tras una violenta discusión. Pero fue la manera cómo lo hizo, y cómo el asesino se deshizo después del cadáver de un hombre que doblaba su peso, lo que sobrecogió a los investigadores.

Han pasado dos meses y del escenario del crimen, de las chabolas de plásticos y maderas ya no queda casi nada. Apenas los restos de basura, ropa y enseres que no han aprovechado otros indigentes de la zona. Aún está atada entre árboles la cinta de plástico con la que los Mossos preservaron en su momento el escenario del crimen. Sigue también el colchón sobre el catre de madera sobre el que dormía el asesino.

Juan apenas llevaba dos meses viviendo en ese cañaveral con vistas privilegiadas al campo de rubgy y el complejo deportivo l’Hospitalet Nord. El más veterano del lugar era Ahmed Biyah, un marroquí de 63 años, que al ser el primero en llegar se construyó la mejor chabola. El 28 de octubre, Ahmed acudió a los Mossos de Esplugues para denunciar que Juan le había confesado haber asesinado a Robert. Y que había troceado su cuerpo. Pese a la escasa fiabilidad del declarante y su relato, durante un par de días, mossos de investigación, de policía científica y perros detectores de cadáveres merodearon por la zona en busca de un posible muerto, que no encontraron. Dos días después, Juan Manuel Fernández declaró y aunque admitió que su relación con Robert era nula aseguró no saber nada de él. Hacía una semana que nadie había visto al camerunés y en su barraca continuaban sus cosas. Varias maletas, muchísimos zapatos, una bufanda de lana del Barça…

Si Robert no aparecía, el caso iba a pasar a la Unidad Central de Personas Desaparecidas. Hubiera sido complicado encontrar aquel cadáver si horas después de su primera declaración, entrada la noche, Juan no hubiera telefoneado al móvil del mosso que le interrogó: “He sido yo. Regresen que les cuento dónde lo tengo”.

El hombre contó, y horas después ratificó a pies puntillas ante la juez Pilar Bañeres, que le costó mucho asesinar a aquel hombre y que durante horas le estuvo golpeando y clavando cuchillos hasta que falleció. Una vez muerto, cortó su cuerpo en dos. Y aún así, pesaba demasiado para descender por el sendero empinado al final del cual se levantaban las chabolas. Relató cómo trabajó de noche para no despertar las sospechas de Ahmed. Desmembró el cadáver. Descarnó los huesos. Repartió los trozos en bolsas de basura, envueltas a su vez en otras de rafia, y los fue bajando con un carro de la compra por el sendero. Buscó un escondite.

Seis de las bolsas las arrastró 50 metros al interior de un conducto de desagüe pluvial que hay bajo la Ronda de Dalt. Tuvo que sentarse y empujarlas con su cuerpo. Hasta tres cuerdas, de arnés, de zapatilla y de cordón blanco, cerraban cada uno de los embalajes. Los mossos necesitaron cortar la ronda varias horas para acceder al desagüe y evitar que las bolsas se rompieran. En una encontraron dos manos. En otra los cuatro huesos limpios de las extremidades superiores e inferiores. En una tercera que a su vez guardaba otras cinco bolsas estaban los genitales de la víctima. En otra la cabeza. Pero faltaban los pies, las entrañas, carne… Juan Manuel, presente en la diligencia, se ofreció a mostrar el lugar en donde había arrojado las partes que faltaban. “Mejor les llevo, no les quiero hacer perder tiempo y dinero”. En la carretera de les Aigües, donde llegó arrastrando su carro, señaló un barranco. Solo se localizaron los pies, el resto fue pasto de alimañas.

Juan Manuel aún les contó que no era la primera vez que mataba. En los años ochenta, justo después de terminar el servicio militar, acudió a la casa de un hombre que le propuso pintarle un cuadro. El pintor se le insinuó y le acuchilló hasta asesinarle. Huyó. Dos años después “cansado de los remordimientos” entró en una comisaría y confesó. Cómo esta vez. “Mejor decir que fui yo”.

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