Rosa, la mujer de las dos caras

Con Rosa no hay término medio. Sus adeptos la adoran y sus detractores la odian con todas sus fuerzas.

La agente de la Guardia Urbana Rosa P. lleva una semana en prisión provisional por su implicación en el asesinato de su novio, cuyo cuerpo fue hallado calcinado en un camino cercano al pantano de Foix. La justicia determinará si Rosa P. fue la ejecutora material del crimen o encubrió a un compañero suyo con el que presuntamente mantenía una relación sentimental a escondidas. Ante la juez sólo asumió que ayudó al otro agente, Albert L., a deshacerse del cadáver de su novio porque se sentía amenazada.

Durante sus primeros días en prisión, en ningún momento dio síntomas de desfallecer ni de venirse abajo por la pérdida de su novio. Unos dicen que ese comportamiento es digno de una persona fría que empatiza poco con las desgracias, aunque sean propias. Otros dicen que estaba en shock y por eso no reaccionó. Lo primero que hizo la mujer tras ingresar en prisión fue entregar un escrito a sus familiares para que se hicieran cargo de los pagos de la hipoteca, la luz, el agua. Temas logísticos. Sólo al final del texto en un arrebato de desesperación pidió a los suyos que cuidaran de sus hijas, de 4 y 6 años.

Tras entrar en prisión

La mujer entregó un escrito a sus familiares para dar indicaciones domésticas

Llevaba saliendo con Pedro –la víctima– desde agosto del año pasado, cuando ambos coincidieron en la unidad de motos, división a la que Rosa acababa de entrar proveniente de la USD, la unidad de patrullaje del fin de semana. El fallecido, a las pocas semanas de empezar a salir con Rosa, fue suspendido de empleo y sueldo por agredir a un motorista que se saltó un control policial. Inició una relación con la joven al poco de separarse de su mujer, una mossa d’esquadra, con quien tenía dos hijos, uno de ellos recién nacido. A los pocos meses ya se trasladó a vivir con Rosa en su chalet en la frontera entre Vilanova y Cubelles, el lugar que se presume como la escena de este crimen.

Imagen de Rosa P. Imagen de Rosa P. (OTRAS FUENTES)

Ella también se acababa de separar de su marido, un mosso d’esquadra con el que mantuvo quince años de relación y tuvo dos hijas. Su matrimonio tampoco acabó bien. Ambos mantuvieron una disputa judicial por el cuidado las niñas. La tensión del conflicto llegó hasta tal punto que Rosa contactó con una agencia de detectives privados para demostrar que su exmarido ­vivía con una mujer problemática y así tratar de arrebatarle la custodia compartida. La pareja de su exmarido también participó de los interrogatorios por el crimen de los urbanos. Aseguró ante la juez que las hijas del matrimonio le dijeron que vieron a su madre subir a su habitación de arriba manchada de sangre el día del asesinato de Pedro R.

Antes de estar con la víctima, la detenida Rosa P. mantuvo una relación con el agente de la Guardia Urbana Albert L., que también se encuentra encarcelado por su presunta implicación en el crimen. Los que los conocen aseguran que eran inseparables desde que empezaron a patrullar juntos en la unidad de apoyo diurno de la Guardia Urbana. “Siempre se protegían el uno al otro”, asegura una amiga de Rosa. “Siempre me hablaba de Albert como si fuera un amigo al que no podía dejar tirado”. Ahora ambos están acusados del asesinato de Pedro R. y la sospecha también se cierne sobre ellos por una actuación policial en la que murió un vendedor ambulante de 50 años al caer por un terraplén en Montjuïc.

Por la custodia de las hijas

La acusada contactó con detectives privados por la disputa judicial con su ex

“Rosa P. siempre necesitó sentirse protegida. Le van los chicos malos”, explica una amiga suya. Sus nueve años de trayectoria en la Guardia Urbana siempre trascurrieron del brazo de algún agente. Sus relaciones nunca acabaron bien y su imagen en la Guardia Urbana se fue mancillando a pesar de que su expediente como policía permaneció impoluto. Los que conocen a Rosa dicen que no sólo seduce, sino que cautiva. Su forma de hablar un tanto desenfadada parece esconder una joven ingenua, frágil y fácilmente manipulable, aseguran sus conocidos. Sin embargo, en su entorno profesional hay muchos que prefieren mantenerse alejados. La consideran una persona que convierte en tóxica cualquier relación humana. “No es buena gente”, avisa un excompañero.

Esbelta y atlética, la mujer pasaba sus ratos libres en el gimnasio del Parc del Garraf de Vilanova. Allí se machacaba con tesón con el objetivo de poder participar algún día en el triatlón extremo del Ironwoman. La misma fijación por su aspecto la tenía por los animales. Su entorno recuerda cómo se desvivió por buscar a Noa, una pastora alemana que desapareció en Cu­belles. “Rosa es una chica muy ­sentimental y temperamental que expresa los sentimientos de ma­nera muy afectiva y un tanto infantil”, cuenta su amiga. Esta es su otra cara.

Relación con el otro detenido

“Siempre hablaba de Albert como si fuera un amigo al que no podía dejar tirado”

Entró en la Guardia Urbana con 24 años y durante su primer año como policía los compañeros la fueron arrinconando, según aseguró ella misma. Rosa P. entró en la comisaría de Ciutat Vella después de ser la delegada de su curso en la Escuela de Policía. A los pocos meses se enroló en una relación con un superior que terminó con la filtración de una fotografía suya manteniendo relaciones sexuales. El exnovio admitió, en una conversación grabada por la joven, que difundió la fotografía porque “estaba encabronado”. Esta grabación conforma la prueba principal en el juicio de la pornovenganza en que el agente se enfrenta a una pena de hasta tres años de prisión y en la que Rosa consta como víctima. El policía estuvo apartado dos años y luego logró progresar internamente hasta convertirse en subinspector. Según relató Rosa, ella se tuvo que esconder huyendo de las habladurías y burlas. Aun así, la joven volvió a los brazos de este hombre una semana después de que admitiera haber difundido la foto. Siempre con relaciones difíciles y complicadas. Su capacidad para seducir siguió ganando nuevos pretendientes al ritmo que no paraba de cosechar detractores. Al poco tiempo del incidente de la fotografía, Rosa pidió el traslado a la comisaría de la Zona Franca, donde conoció a Albert L., a quien en su círculo íntimo define como “un tarado”.

Los Mossos sospechan que la antigua patrulla de la Urbana mató a Pedro y luego trasladó su cuerpo a una zona boscosa cercana al pantano de Foix, donde fue calcinado en lo que parece ser un crimen pasional. La policía no tiene dudas de que Rosa tuvo alguna implicación en el suceso.

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