Vecinos del Raval arrebatan sus guaridas a los traficantes

Cinco pakistaníes dijeron de un modo muy agresivo a los jóvenes que acababan de ponerse a limpiar que aquel agujero era suyo, que se largaran ya de aquel local comercial, que se atuvieran a las con­secuencias si no lo hacían de in­mediato… Ocurrió hace unas pocas semanas. Estos bajos de la calle Vistalegre del barrio del Raval fueron empleados como punto de venta de drogas durante cerca de un año. Fue uno de los narcopisos que este verano desencadenaron las caceroladas que durante meses protagonizaron los vecinos de la calle Riereta y alrededores. Hasta que hace unas pocas semanas un grupo de jóvenes aprovechó el desconcierto que supuso entre los narcos la detención de uno de los responsables del negocio para colarse y cambiar la cerradura. Ahora aquellas caceroladas están dando pie a lo que llaman contraocupaciones. Esta toma no es un caso aislado.

“Los pakistaníes nos dijeron que si no nos marchábamos tendríamos problemas –explican Daniel y Viola, un matrimonio de veinteañeros alemanes que en estos momentos vive en estos bajos–. Pero los vecinos tienen un grupo de WhatsApp para coordinarse, y en pocos minutos vinieron más de veinte a defender el piso de los traficantes. En verdad no hicieron nada. Simplemente se plantaron en la puerta y les dijeron que no volverían a vender droga en su calle. Los pakistaníes no supieron cómo reaccionar. “No volvimos a saber nada de ellos. Aquí dentro corrían cucarachas del tamaño de dedos. Todo estaba lleno de preservativos usados. El sexo también era moneda de cambio”. También encontraron recibos de transferencias a Pakistán por valor de 800.000 euros. Queremos abrir una casa de cultura a finales de mes. Este local pertenece a una entidad financiera. Si nos hacen tanto caso como a los narcos a lo mejor la casa de cultura puede funcionar mucho tiempo”.

La presión policial logra el cierre de narcopisos, pero no frena la apertura de otros

Estas respuestas vecinales están provocando una gran controversia en el Raval. Muchos vecinos entienden que el trabajo del Ayuntamiento y de los Mossos d’Esquadra no es suficiente, que no pueden quedarse de brazos cruzados mientras que la vida cotidiana de sus calles se echa a perder. Y otros, en cambio, subrayan que la gravedad de la situación no es excusa para saltarse la ley, que el cumplimiento de la legalidad debe determinar la acción ciudadana. “¿Acaso tener buenas intenciones te da derecho a cometer un delito? Muchos pensamos que la gente no debe actuar con tanta arbitrariedad, ¿dónde ponemos los límites?”.

Una gran pancarta dice que unos bajos de la calle Riereta son “un espacio liberado del narcotráfico”. “Aquí vendió un matrimonio africano durante años –explican los ­vecinos que organizaron las cace­roladas del verano–, pero ella con­siguió una orden de alejamiento por malos tratos. Entonces traspasaron el negocio. Los nuevos no resultaron muy espabilados y, hace poco más de un mes, se colaron unos jóvenes del barrio. También quieren hacer un centro cultural. La estra­tegia consiste en aprovechar una oportunidad, como la detención de uno de los encargados, el momento en el que el negocio cambia de manos… Aquí también tuvimos que ­bajar luego para decir a los narcos que se marcharan, que estos bajos ya no eran suyos. No empleamos la violencia. Sólo nos plantamos donde haga falta y llamamos a la policía. Muchos vecinos y el administrador de esta finca escribieron durante más de un año a la entidad finan­ciera propietaria y siquiera consiguieron que les respondieran”.

Los alemanes Daniel y Viola viven ahora en unos bajos que durante meses funcionaron como un punto de venta de drogas
Los alemanes Daniel y Viola viven ahora en unos bajos que durante meses funcionaron como un punto de venta de drogas (Llibert Teixidó)

“Nosotros apoyamos estas ocupaciones preventivas –dicen desde Acció Raval, una de las entidades ciudadanas más implicadas en la ­lucha contra los narcopisos–. Ahora una mujer y sus dos hijos viven en un piso de Vistalegre desde donde se vendía droga, y un pakistaní que vende muebles de segunda mano se hizo con el local de unos narcos en Riereta. Mientras haya pisos vacíos habrá narcopisos. Hay que darles un uso”.

Según los últimos datos aportados por el Ayuntamiento, el Raval suma cerca de 70 pisos sin uso en peligro de ser ocupados. El Con­sistorio trata de localizar a los propietarios y convencerles de que los destinen a vivienda social. Pero se trata de un proceso farragoso y ­lento. “Los narcos tienen donde ­escoger –siguen desde Acció Raval–. Y este verano la situación era muy difícil en unas calles, y ahora lo es en otras. Nosotros tenemos contabilizados y constatados unos 30 puntos de venta en el droga. Llevamos varios meses en estos parámetros. La diferencia es que los puntos se van moviendo en el mapa”.

Vecinos de la calle Reina Amàlia denuncian un auge del tráfico de drogas

Muy cerca, en la calle Reina Amàlia, también en el barrio del Raval, los vecinos escogen las cace­rolas que abollarán en pocos días. Unos cuantos planean celebrar unas cuantas protestas en la recién estrenada plaza Folch i Torres. Dicen que los drogadictos se inyectan en sus rellanos, que los traficantes los amenazan y amedrentan, que unos y otros no paran de gritar, ­discutir, pelearse… ¿Recuerdan cómo poco a poco los traficantes se ­hicieron con el número 22 de la calle d’En Roig después de conseguir que todos los vecinos se marcharan hartos de tropezarse con personas descompuestas en sus escaleras? Transcurrieron años antes de que la presión vecinal, administrativa y policial consiguiera desarticular estos narcopisos. En los últimos meses los puntos de venta más activos del barrio se desplazaron desde la calles Riereta y d’En Roig hasta la calle Reina Amàlia. Porque el problema de los narcopisos es como un globo. Cuando uno presiona un lado ve cómo se hincha el otro.

La degradación se abre paso en la calle Reina Amàlia
La degradación se abre paso en la calle Reina Amàlia (Llibert Teixidó)

“Tenemos desde hace mucho a una mujer de aquí que vende drogas –explican algunos inquilinos del número 13 de este vial– ¡hace poco hubo un incendio en su piso y nos dimos un susto de muerte! pero quienes nos aterrorizan son los ­dominicanos de abajo. Ocuparon un piso hace un mes y enseguida ­reventaron la cerradura del portal para que cualquiera pudiera entrar. Además, la cantidad de gente que se acerca a los bajos de al lado es muy sospechosa… Antes hacíamos turnos para limpiar la escalera, pero ahora hemos contratado a una persona porque ningún vecino quiere entretenerse mucho tiempo en el rellano. Muchos se quieren ir a vivir a otro sitio. A este paso los traficantes acabarán quedándose con el edificio entero, todo se echará a perder, los pisos serán ocupados por los más fuertes… como ocurrió en la finca de enfrente, en el 10… Y los vecinos de al lado, que tardaron un par de años en echar a los traficantes de su finca, ahora tienen miedo de que todos los vendedores y los compradores instalados junto a ellos den un salto y se hagan con su azotea. Todo está sucediendo muy deprisa. En esta calle tenemos ya hasta una plantación de marihuana. No podemos quedarnos con los brazos cruzados”. En los momentos de mayor actividad de los narcopiosos del 22 d’En Roig, medio centenar de drogadictos hicieron de la azotea de la finca su hogar. El gobierno de la alcaldesa Ada Colau anunció en primavera que compraría el 10 de Reina Amàlia para dedicarlo a vivienda social, pero aún no ha concretado estos planes. Los vecinos explican que un vigilante acostumbra a apostarse tras el primer tramo de las escaleras. Su cometido es cribar a los toxicómanos.

El frío aleja a los narcoturistas

Las bajas temperaturas, y también la presión vecinal y policial de que son objeto muchos de los clientes de los traficantes, está reduciendo la presencia de narcoturistas en la vía pública, motivando que busquen otras latitudes más amables. Ello se nota en muchas calles del Raval. Uno sigue tropezándose con facilidad con jeringuillas abandonadas en las aceras de la calle Egipcíaques y sus alrededores, pero las truculentas escenas tan propias
de los últimos meses no son estos días tan frecuentes. Muchos vecinos del barrio, no obstante, sostienen que ello también se debe a que muchos traficantes operan con creciente discreción, que cada día emplean más mensajeros en bicicleta para trasladar su mercancía, para evitar las colas en sus por­tales. “La venta se disimula mucho más, pero no desciende”, sostienen los vecinos.

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