¿A clases y sin haber desayunado?

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“Se debe desayunar como un Rey; almorzar como un Príncipe y cenar como un Mendigo”. Pero lo que es una expresión universal, y que muchas veces ilustra los espacios exteriores de gimnasios, centros profesionales de nutrición y hasta de unidades educativas, sencillamente, perdió sentido y validez en Venezuela.

Porque en Venezuela, lo que abunda es la mendicidad callejera. Aquí más de un 80% de la población exhibe su realidad alimenticia en la calle y centros de ocupación, mientras que un 20% de ese mismo porcentaje hace otro tanto. Con el agravante de que ya está en otra etapa: el de la desnutrición en sus peores manifestaciones. En algunos casos, como vitrina acusadora de lo que, día a día, viven centenares de niñas convertidas en madres, antes de celebrar sus 15 Primaveras; en otros, en los ojos de neonatos condenados a sucumbir.

Y sucumben bien porque sus madres no pudieron ir a un control prenatal, lo que les imposibilitó desarrollar un parto normal y de una criatura sana. O porque vinieron al mundo en Venezuela. En donde hay una crisis humanitaria por carencia de alimentos o de medicinas y equipos médicos, además de profesionales de la medicina, pero que, a decir de las autoridades, no existe.

Exista o no dicha crisis, porque políticamente no conviene admitirla, salvo que se quisiera cargar con el peso incuantificable de un fracaso integral en el orden social, está ante los ojos de propios y extraños. Haciendo su trabajo. Provocando su daño irreversible. Demostrándole al presente y futuro de quizás dos generaciones de los nacidos durante un llamado proceso revolucionario, lo inolvidable: que lo vivido por otras generaciones en países donde también se habló de revolución, hubo un hecho coincidente con lo que hoy sucede en Venezuela. Y eso no es otra cosa que revolución y socialismo, que se concibe y se promueve con supuestos fines reivindicadores del llamado pueblo, pero que, al final, es una farsa.

Una farsa cuya peor y reprobable etiqueta la fijan en el comportamiento conductor de quienes dirigen al país, la migración venezolana en bandadas por hambre, y la deserción estudiantil infantil y juvenil, además de quienes ejercen la docencia, por los mismos motivos.

Causas que, a sus anchas, destruyen la estructura del sistema educativo del país, mientras que, de las más altas instancias gubernamentales, con bombos y platillos, se le presenta a la ciudadanía el programa renovador del aprovechamiento formativo de la muchachada criolla: “Chamba Juvenil”. No para que sean un ejemplo serio de la nueva fuerza productiva venezolana. Sí para que justifiquen un ingreso familiar barriendo aceras destruidas por el descuido de alcaldías, gobernaciones y ministerios ociosos, o sobrecargados de nóminas mantenidas con fines clientelares.

Si esa es la verdad, entonces, lo demás no cuenta. Es decir, no importa que los niños y adolescentes del país, dejen de asistir a clases por no poder desayunar, hacerle frente al hambre y a la desnutrición, debiéndose quedar en casa, en el mejor de los casos. O, quizás, como lo acaban de identificar medios de comunicación internacionales, deambulando por las calles del país como mendigos organizados en bandas de niños y jóvenes, bien rogando por ayuda o hurgando en la basura por desechos alimenticios o mendrugos de pan.

A quienes, interesadamente, aprecian e interpretan el porqué de la diáspora venezolana como una deformación de las motivaciones individuales, hasta el extremo de llegar a convertirse en “lavadores de pocetas” en otros países del mundo, se les hace relativamente fácil desvincularse de detalles propios de lo inconveniente.

Y es que prefieren ver hacia la distancia, cuando deberían interpretar objetivamente a qué se debe que miles de estudiantes de bachillerato y pregrado universitario, se estén viendo obligados a desviarse de sus respectivos estudios, para dedicarse a buscar alguna forma de sustento particular y familiar. Bien trabajando, cuidando y lavando carros, haciendo malabarismos o maromas en las paradas de semáforos en las calles para demandar alguna colaboración monetaria. En el mejor de los casos, accediendo a alguna actividad fija que les permite conquistar un salario, como a algún tipo de servicio que incluye alimentación y hasta bonos especiales para el pago del servicio de transporte.

Otros, lamentablemente, son reclutados por el hampa y el comercio de los estupefacientes, para sumarse a esa funesta tropa de delincuentes que ya son una amenaza para la hambreada población venezolana. Finalmente, otra parte de la población estudiantil termina huyendo de la ausencia de oportunidades en su país. Bien convencidos de que tales opciones las encontrará fuera de las fronteras de su Patria. Además de que, a partir del esfuerzo productivo, en otros lugares pueda transformarse en un generador de remesas aliviadoras de las necesidades de sus familiares que deciden permanecer en Venezuela.

¿Y cuántos son realmente los niños y jóvenes afectados por esta exigente y compleja situación?. El Ministerio de Educación, ente oficial rector del sector, no ofrece cifras confiables acerca de esta dramática situación que se registra en el sistema de educación venezolano. Abundan cifras, detalles e interpretaciones. Pero se desconocen detalles de inasistencia y deserción estudiantil. También de la deplorable situación física de las instalaciones de las escuelas y liceos; asimismo, de la falta de insumos, como de la dramática ausencia y disminución de maestros y del profesorado, bien por deserción en procura de otra forma de sustento que les permita subsistir, o porque decidió migrar, atraídos por alternativas laborales en países vecinos.

Triste y dramático, sin embargo, luce el hecho de que, quizás alentado por la cercanía de un proceso electoral presidencial, se trate de minimizar el problema en sí, como todo aquello de lo que están rodeados tales comicios, con anuncios efectistas relacionados con lo educativo.Se habla de supuestas inauguraciones de universidades, escuelas y colegios Pero como no hay maestros y profesores, se anuncia la posible participación de educadores provenientes desde Cuba, por lo que, desde ya, se agradece dicho valioso “préstamo” de docentes para que se sumen al trabajo activo y efectivo en un recientemente inaugurado entorno de una universidad en Barquisimeto.

Sin embargo, existe otro contrapeso informativo que, por la calidad y profesionalismo en que se apoya su base de campo, se ha hecho sentir con fuerza e importancia. Se trata de la última “Encuesta de Condiciones de Vida” (ENCOVI 2017) hecha por las Universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y la Simón Bolívar. Y es que allí se hace saber que un 39 % de los 7 millones 330 mil alumnos venezolanos, ya no asiste en forma regular o de forma permanente a sus respectivos recintos escolares.

Se trata de cifras que, sin embargo, tienden a ser mayores, cuando la investigación se adentra en las escuelas situadas en los sectores más pobres o barriadas de las ciudades y pueblos. Se evidencia que el ausentismo se eleva a más del 75 %, tanto en lo concerniente al plantel estudiantil, como al de maestros. En gran parte, además, haciéndose presente el factor miedo a asistir. Bien por temor a ser agredidos por la amenazante delincuencia, o que, por seducción y engaños, se recluten a los muchachos para que pasen a formar parte de pandillas, o se integren a actividades propias de narcodelincuentes.

Es innegable. Lo que hoy está aportando este esfuerzo de Encovi, habla por sí solo. Ya que demuestra la presencia y avance silencioso de uno de los principales problemas del país, y, según el cual, su población más valiosa -conformada por jóvenes hijos y nietos, cultivo de la futura existencia- está siendo gravemente penetrada por el delito organizado en su formación y oportunidad de educarse adecuadamente.

Lo que está sucediendo, realmente, es alejar a las nuevas generaciones de las alternativas para enfrentar su carrera de vida, la constitución de unidades familiares y de hacer Patria. A la vez que se crean condiciones para afectarlas moralmente, al forzarlas a vivir en un país afectado por la ausencia de principios y valores, mientras que , alentados por un populismo inspirado en el facilismo, falsas viveza y la trampa que nace ante la orfandad del Estado de Derecho, se le abre espacios amplios al irrespeto a la convivencia, como a la importancia de la educación civilizadora.

Es de suponer que la reflexión que permiten Estudios como los de Encovi y el aprovechamiento objetivo de su contenido, además de los alarmantes llamados que hacen otras instituciones preocupadas por las repercusiones que están provocando el hambre y la desnutrición en el ámbito educativo del país, harán posible el surgimiento de respuestas dirigidas a hacerle frente a las causas.

De igual manera, facilitarán identificar siempre responsabilidades y responsables sobre este enorme daño que se le está causando a la población infantil y juvenil venezolana. ¿ Quién asume la responsabilidad de ser coautor de este daño ?. No resulta exagerado que, en el medio de los debates que se dan acerca de dicho caso, aparezcan reflexiones impactantes, entre las que sobresalen aquellas dirigidas a destacar que “si hoy en día se habla de crímenes de lesa Humanidad, ¿es que acaso este daño a nuestra joven población no se le puede calificar como tal?”.

Esto, sin duda alguna, se debe a un hecho extremo de irresponsabilidad, negligencia y falta amor por el país. Y de ahí que muchos insistan en preguntar: “¿Quién va a pagar por estos históricos y costosos platos rotos?”.
Egildo Luján Nava

Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)