Crisis de liderazgo

Los líderes europeos son tan estúpidos como en 1914” (Max Hastings)

Tres anécdotas se me han hecho inolvidables. La primera tiene que ver con la percepción que tuvo de la política y del Estado en Venezuela, adonde acababa de llegar como embajador de Grecia, mi entrañable amigo Nikos Dimadis. Comenzaban los ochenta. Le sorprendieron dos aspectos de nuestra vida pública: la capacidad de maniobra de su liderazgo político y la naturaleza socialista de su Estado, al que consideró semejante al de Yugoslavia.

La segunda se refiere al comentario que sobre las insólitas semejanzas antropológico culturales entre los pueblos de Venezuela y Cuba hiciera José Piñera, hermano del ex presidente de Chile Sebastián Piñera, cuando nada hacía presagiar el asalto de la barbarie chavista. Un estremecedor presagio que retrataría avant la lettre lo que nos esperaba a los venezolanos: devenir una segunda tiranía cubana. Bastaba la perspicacia de un observador culto e inteligente para observar que nuestro pueblo adolecía de tendencias peligrosamente cercanas a las que hicieran del pueblo cubano un pueblo esclavo. Y a sus dirigencias, un atajo corrupto y tiránico aferrado a las garras del Estado.

La tercera tiene que ver con una aseveración del gran historiador inglés Max Hastings, quien, entrevistado por el periódico madrileño El País, aseguró que la más importantes de las causales de la gran tragedia que fuera la Primera Guerra Mundial se debió al infeliz desencuentro de la más grave crisis vivida por la Europa de comienzos de siglo con el liderazgo más estúpido y decadente de su historia. El título de la entrevista: “Los líderes europeos son tan estúpidos como en 1914”.

Contradiciendo lo que afirmaran Marx y Lenin, según los cuales la historia escapa a la voluntad de los hombres para encontrar sus fuerzas, razones y motivos esenciales en la lucha de clases y el devenir económico de las naciones, Hastings, en la mejor tradición de la gran historiografía europea, le da importancia trascendental a la cultura de sus pueblos y a la estatura de sus liderazgos. La historia la hacen los hombres, no las subterráneas corrientes económicas, los Bancos Centrales ni las confederaciones empresariales o sindicales. Así caigan bajo el control del marxismo leninismo.

Finalmente la razón la tuvieron, en parte, Nikos Dimadis y el economista chileno, responsable de un proyecto que proveería a la dictadura pinochetista de extraordinarios recursos económicos como para recuperar la economía nacional y elevar significativamente el status económico de sus habitantes. Venezuela mostraba rasgos propios de una sociedad socialista y tanto se parecía su pueblo al cubano, que sería sacudida por un seísmo que la pondría en la encrucijada de convertirse en una segunda Cuba. De ese atentado a la República, algunos venezolanos estamos intentando zafarnos.

Lo escribió en 1997. ¿Era un curso inevitable? Desde luego, sólo un ignorante, un mentiroso o un imbécil puede sostener que el golpe de estado del 4 de febrero fue producto de la lucha de clases. O una necesidad histórica surgida del proceso del desarrollo de sus fuerzas productivas, sumidas en una insuperable contradicción con sus relaciones de producción. Lo que resulta indiscutible, en cambio, fue que las razones apuntaban a la perversión, corrupción y anti patriotismo de sus jefaturas militares, obedeciendo a una tradición militarista, caudillesca y golpista de casi dos siglos de historia.

Favorecidos, en la circunstancia, por una grave crisis política: la decadencia irremediable de su liderazgo político, agostadas las semillas sembradas por la Generación del 28. La excelencia de sus cuadros dirigentes, que llamaran la atención de nuestro embajador griego, terminaría en la debacle del sistema y su mutis del escenario político, despreciados por un pueblo vehemente y políticamente menesteroso e indigente y emocionalmente bárbaro y veleidoso. Sus clases medias, despechadas e indignadas por la dramática pérdida de su poder dolarizado de compra. Y su liderazgo, arrasado por el desprecio público y la pérdida de autoritas. A mí, personalmente, entre esas causales, me ha perturbado particularmente como observador imparcial la falta de patriotismo de sus élites, que se refleja, naturalmente, en la falta de patriotismo de su pueblo.

Setenta años de ingentes esfuerzos por crear un liderazgo político capaz de sostener el crecimiento social, económico y cultural de la Venezuela rural, favorecida por el divino milagro petrolero, se vieron lanzados por la borda, dejando a la sociedad, a la política y a la economía del país en manos de la barbarie uniformada. Regresando exactamente al punto inicial, previo a la explosión del pozo La Rosa, en Cabimas. El único ingrediente que faltaba para que la semejanza de culturas se transmutara en identidad política y Venezuela se convirtiera en una dictadura a la cubana lo puso el caudillo de turno. Un ser despreciable, farsante, charlatán y ambicioso, carente del más elemental patriotismo, seducido casi obscenamente por Fidel Castro, al cual se entregara en cuerpo y alma. Ante la complacencia del pueblo venezolano y el estupor o la cobardía de los despojos de liderazgo democrático que aún sobrevivían.

Aún hoy, cuando nadie duda en el mundo de la naturaleza dictatorial del régimen castro madurista, de la sórdida entrega de nuestra soberanía al aparato neocolonial cubano que lo controla y de sus nefastas consecuencias – represión a destajo, crisis humanitaria, asesinatos por las fuerzas del Estado de centenas de jóvenes manifestantes, miles de heridos y un sinnúmero de presos políticos, lo que terminó articulándose como una nueva élite dirigente agrupada en la MUD se niega a reconocer esa naturaleza irreversiblemente dictatorial y totalitaria. De cuya sobrevivencia depende la del estado cubano, razón que hará absolutamente imposible, incluso inimaginable, que haga mutis y renuncie al Poder de buen grado, echando marcha atrás tras veinticinco años de empeños totalitarios. Es más: la dirigencia de la oposición oficialista agrupada en la llamada MUD continúa ofreciendo sus gestiones para seguir el juego del diálogo y la simulación electoral. Permitiendo la sobrevivencia del régimen y tolerando el ultraje, la humillación y la muerte de miles de venezolanos indefensos. Hambreando hasta el desfallecimiento a nuestros niños, deshumanizando a nuestros ancianos, enriqueciendo a manos llenas a sus militares y funcionarios saqueadores de nuestras riquezas. En una prueba de minusvalía intelectual y perversión moral de sus supuestos dirigentes, indignos de una Nación que viera la luz pariendo la Independencia de cinco naciones. Ayer mismo veía por un programa de televisión a Enrique Márquez, máximo dirigente del partido zuliano Un Nuevo Tiempo, deseando que las sanciones del gobierno Trump contribuyan, no al desalojo y la caída del gobierno, que no parecen interesarle, sino a que el régimen castrocomunista de Nicolás Maduro vuelva a enrielarse por la senda constitucional. En la que sea dicho en estricto análisis de los hechos, el régimen dictatorial del chavismo ayer y el madurismo hoy jamás se encontraron a gusto. Este régimen fue, es y será dictatorial. Y si no salimos de él por cualesquiera de los medios de que nos provee la Constitución, terminará por sepultar la Nación y arrasar lo que un día fuera la República de Venezuela. Y con ella a sus treinta millones de habitantes.

No es lo que los partidos de la MUD parecen desear: el desalojo del régimen y la construcción de la Venezuela del futuro. Libre, Justa, Democrática, Próspera, Liberal. Ellos se conformarían con que Maduro “vuelva a la senda constitucional” para así cohabitar, compartir el poder, controlar algunos espacios y mantener este esperpento de República. Si detentando la presidencia formal en manos de Henry Ramos o Henrique Capriles, miel sobre hojuelas. Incluso aceptando la hegemonía de la llamada Asamblea Nacional Constituyente. Creen que ello es posible.

No lo es. Ni lo será. No porque la MUD se oponga, que no se opone. Porque se opone el pueblo. Y su juventud, la Resistencia. Como lo escribe Mario Vargas Llosa en su prólogo a las extraordinarias memorias de Jean François Revel, refiriéndose a los tartufos que la asesoran y vienen del frío a inmiscuirse en lo que no les corresponde: “Por lo general –esas mujeres y hombres sin cara y sin nombre, las “gentes del común”, como los llamaba Montaigne – son mejores que la mayoría de sus intelectuales: más sensatos, más democráticos, más libres, a la hora de decidir sobre asunto sociales y políticos”.

Ese es el pueblo: insurgente y dotado de un verdadero liderazgo, nuestra única esperanza. @sangarccs
Antonio Sánchez García

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