La OEA: el parto de los montes

Cada vez que se reúne la OEA por Venezuela, se produce el parto de los montes, en su doble acepción: la original, salida de Esopo, que alude a algo que promete resultados importantes y produce poca cosa, y la del habla popular, sinónimo de lentitud.

Acaba de ocurrir la semana pasada, cuando la reunión de consulta de los Cancilleres de la OEA (asistieron la mitad) debía aprobar una resolución sobre Venezuela y produjo apenas una postergación. Esa resolución, si llega, llegará cuando Venezuela se haya desintegrado o Maduro haya sobrevivido matando a millares de manifestantes (van sesenta y un muertos, miles de heridos y dos mil detenidos desde la última ola de protestas, que arrancó en abril, pero si contamos las anteriores la cifra es mucho más abultada). Para no hablar de la miseria económica, con visos de crisis humanitaria, y la barbarización de la vida social que atestiguamos a diario quienes nos condelemos de lo que allí pasa.

Nada de esto es culpa del Secretario General, cuya labor es impecable. Pero la institución ha probado ser tenazmente inadecuada para hacer valer su Carta fundacional, la muy posterior Carta Democrática Interamericana y el conjunto de instrumentos jurídicos del hemisferio, como la Convención Americana de Derechos Humanos.

Surgida tras la Segunda Guerra Mundial, en la época de la descolonización, cuando la autodeterminación de los pueblos y el antiimperialismo movían a las conciencias del mundo, la OEA dio cabida, con igual peso en la votación y desiguales obligaciones económicas, a los países del hemisferio. Esto, que parecía una fortaleza porque permitía a países pequeños e históricamente ofendidos sentarse a la mesa con Washington y vecinos grandes, ha resultado un talón de Aquiles.

La semana pasada fue imposible aprobar la decidida resolución que apoyaban catorce países, los más grandes –en términos políticos, económicos y demográficos— del hemisferio. Una resolución paralela, apoyada por el Caribe, los países de menos gravitación, circuló a instancias de Venezuela y Cuba (que no está en la OEA pero participa obsesivamente en la trastienda) con el objetivo de crear confusión y diluir la presión hemisférica sobre la dictadura chavista. El resultado final fue la suspensión de la votación, que ahora deberá ocurrir la próxima semana, en vísperas de la la Asamblea General de Cancún.

Con humor, Carlos Alberto Montaner resumió así el absurdo en que se halla la OEA: “La población combinada de los 15 Estados afiliados al CARICOM es apenas un 5% del censo de las naciones decididas a censurar a Maduro, pero la ficción democrática….determina que el voto de Monserrat, una excrecencia geológica con menos de 6,000 habitantes poseedores de una bandera, un himno, una gasolinera y dos farmacias, vale lo mismo que el de Brasil.”

Los usuarios de las dos gasolineras merecen, por cierto, el mismo respeto que los de las 150 mil que existen en Estados Unidos. Pero algo está torcido cuando la arquitectura jurídica y política internacional que sostiene la democracia liberal y la civilización depende de islas como las del Caricom que están, con alguna excepción, de rodillas ante Caracas por el petróleo recibido. Esto no estaba en el espíritu de los que fundaron la OEA y el sistema interamericano.

¿Qué queda? Seguir batallando a brazo partido desde la OEA pero también otras instancias, incluyendo el Mercosur, la Alianza del Pacífico y demás. Si no queremos que sea la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano la única que tome cartas en el asunto de Venezuela –drama que nos compromete a todos-, demostremos que América Latina profesa un átomo de solidaridad con las víctimas de esa tiranía.
Alvaro Vargas Llosa

Fuente: http://independent.typepad.com/elindependent/2017/06/la-oea-el-parto-de-… / La Tercera

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