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Para AMLO y México hay problemas en el horizonte

En medio de mercados financieros inquietos, miles de migrantes centroamericanos en Tijuana ansiosos por ingresar a Estados Unidos, la presión del gobierno de Donald Trump en temas de migración y las dudas sobre la ratificación final del tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en el Congreso estadounidense, Andrés Manuel López Obrador toma protesta como el nuevo presidente de México.

López Obrador es apenas el quinto presidente electo de manera democrática en la historia del país, pero en las elecciones de julio recibió un respaldo masivo para implementar cambios. Llegará a la presidencia en una época de relaciones tensas entre México y Estados Unidos, a consecuencia de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca hace dos años.

El nuevo presidente de México tendrá que concentrarse en el control de daños, porque Trump ha causado un daño considerable. El peligro es que AMLO, como se le conoce, más bien profundice el daño. Y él no está preparado para este desafío.

Trump acabó abruptamente con más de un cuarto de siglo de relaciones fructíferas —aunque a veces tensas— entre México y Estados Unidos, que podrían simbolizarse en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994. Con su insistencia en negociar un nuevo acuerdo, que desde entonces se conoce como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), el presidente estadounidense introdujo una dosis considerable de incertidumbre en el comercio, la inversión y la cooperación logística entre ambas naciones.

Con la amenaza de construir un muro y la deportación de un gran número de mexicanos de Estados Unidos, Trump aumentó las tensiones en la frontera de manera innecesaria. Al presionar a México para que intercepte a los refugiados centroamericanos y los disuada o les prohíba solicitar asilo en Estados Unidos, y de manera intencional hacer más lento el proceso de asilo en la frontera, el presidente estadounidense contribuyó a la creación de caravanas. Del mismo modo, su insistencia en la guerra contra las drogas acentuó también la crisis de seguridad y derechos humanos en México, creada en buena medida por los dos anteriores presidentes mexicanos.

La relación entre los dos países empeoró a tal grado que el predecesor de AMLO, Enrique Peña Nieto, no visitó a Trump en Estados Unidos ni se reunió con él, como presidente, en México. En la historia moderna de las relaciones bilaterales esto nunca había sucedido.

López Obrador tiene que lidiar con esta situación. Y no será sencillo.

Está limitado por la izquierda y su nacionalismo revanchista a la vieja usanza, por su base radicalizada y la percepción en México de que Peña Nieto fue demasiado complaciente con Washington muy a menudo. También está presionado por la derecha, encarnada en políticos preocupados por una economía que se debilita —un peso golpeado y una bolsa de valores que languidece—, su integración con Estados Unidos y la vulnerabilidad del país ante cualquier tipo de represalia trumpiana por pecados reales o percibidos.

El problema de la inmigración encabezará la lista de desafíos de AMLO. Incluye a los mexicanos en Estados Unidos, a los que todavía están saliendo de México en grandes cantidades —aunque en cifras inferiores a las de antes— y, en especial, a los centroamericanos que huyen de la violencia y la pobreza de sus países.

La caravana que salió de Honduras y que ahora aguarda en la frontera norte de México es un síntoma de este desafío. Quizás López Obrador acepte las exigencias que Washington le imponga a México para que actúe como un tercer país seguro de facto, es decir, un país donde quienes soliciten asilo a Estados Unidos queden “estacionados” de manera indefinida, incluso si no desean quedarse en México y aunque México es todo menos un país seguro para ellos. De lo contrario, enfrentará la amenaza de los cierres de la frontera, que Trump cancele el T-MEC o ambas represalias.

Después, el nuevo presidente tendrá que asegurarse de que se eliminen las sanciones actuales a las exportaciones de acero y aluminio mexicanos y de que el T-MEC, en efecto, sea aprobado por el Congreso estadounidense. Con la recién adquirida mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, esta será una tarea más difícil de lo que muchos creen. Como sucedió hace veinticinco años, cuando el presidente Bill Clinton tuvo que luchar contra su propio partido para ratificar el TLCAN, en esta ocasión prácticamente cada voto demócrata en la cámara baja que busque Trump requerirá una concesión mexicana en anexos, notas complementarias o asuntos de otra índole.

Una vez conseguido lo anterior, López Obrador quizá decida proceder con sus ideas osadas y dignas de elogios de legalizar el uso recreativo de la marihuana y el cultivo de la amapola para producir analgésicos en México. El país importa grandes cantidades de morfina legal y exporta heroína ilegal. Sin embargo, si opta por esta vía, puede enfrentar represalias graves por parte de un gobierno estadounidense obsesionado con la crisis de los opioides y las drogas en general.

Por último, la simpatía de López Obrador por los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua, aunada a la animadversión de Estados Unidos hacia esos gobiernos, tensionará más la relación. Si AMLO y su equipo tuvieran experiencia en el manejo de estos asuntos diplomáticos o si Trump mostrara indicios de que podría dejar en paz la inmigración, las drogas y el comercio con México, estos desacuerdos se podrían manejar, como ha sucedido en el pasado. Pero ninguna de esas dos condiciones existe hoy.

Siempre y cuando no ocurra nada que amenace la estabilidad económica de México, esta situación será lamentable, pero tolerable. Pero si surge una crisis, como el colapso financiero y económico que México vivió en 1994 y 1995, ni Trump ni López Obrador tienen las herramientas para enfrentarla. La continua manipulación de la migración con fines políticos locales del presidente estadounidense, sumada a la tendencia del nuevo mandatario mexicano a tomar decisiones impetuosas y mal pensadas, van en contra del tipo de gestión de crisis que ambos gobiernos implementaron hace más de veinte años.

Decisiones insensatas de AMLO como la cancelación del nuevo aeropuerto en Ciudad de México a través de una consulta popular o el giro autoritario respecto a la militarización de la seguridad pública y la procuración de justicia, y la orden de Trump de enviar soldados a la frontera y su insistencia en construir un muro, además de la imposición negligente de sanciones comerciales, son evidencia de lo volátiles que pueden ser ambos presidentes.

La economía mexicana ha colapsado al menos cuatro veces en los últimos cuarenta años. A cualquier país le puede pasar, pero no todos los países pueden evitar el colapso o revertirlo. López Obrador y Trump están solos, juntos y profundamente incompatibles. Es comprensible, pero a la vez ingenuo, esperar que al final todo salga bien. Sin duda, estos son tiempos difíciles.
Jorge Castañeda

Fuente: https://www.nytimes.com/es/2018/12/01/jorge-castaneda-amlo/?action=click