¿Dónde está la precariedad laboral?

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eldiario.es

Anoche, tomando cervezas en un bar, un camarero me reconoció. Había sido alumno mío hacía unos años en la licenciatura de dirección y administración de empresas. Siempre me da alegría ver a un antiguo alumno, pero reconozco que me entró una cierta angustia al ver que estaba trabajando de camarero diez años después de haberse licenciado. No es que la profesión de camarero no me parezca digna, simplemente no concuerda con su formación, ni posiblemente con las expectativas que él o sus padres tenían cuando estudiaba la carrera.

Sin embargo, cuando me puse a hablar con él me di cuenta de que al terminar la carrera había seguido los pasos de la mayoría de sus compañeros. Había entrado a trabajar en una entidad financiera, y luego en otra… y luego, no había podido más.Me contaba que los horarios, el trato y el salario eran peores que en su actual puesto de camarero.

A raíz de su confesión, un amigo contó que el otro día yendo al aeropuerto la conductora del autobús era una antigua alumna suya que contaba exactamente la misma historia. Que había entrado a trabajar en un banco, pero que no lo había aguantado y que sus condiciones de trabajo en la empresa municipal de transportes de Sevilla le parecían mucho más dignas.

Otra contó que su sobrina se había graduado en enfermería y que, tras un año de contratos por días y de tener que asumir la responsabilidad de lo que le pudiera pasar a los enfermos, decidió volver a poner albóndigas en el restaurante de Ikea porque Ikea era mejor empleador que los hospitales para los que había trabajado.

Las estadísticas nunca hilan tan fino como la vida misma, pero nos ayudan a entender el deterioro generalizado de nuestro mercado de trabajo y el porqué de las frustraciones de estos jóvenes y posiblemente de los cambios en las opciones políticas que observamos.

Sabemos que ha habido una devaluación salarial muy importante durante la crisis, y que en 2016 se apreció el primer descenso del salario medio en España durante una década al situarse en 1.878 euros brutos con una bajada del 0,8% respecto a 2015. Pero que ésta no ha afectado igual a todos los trabajadores, sino que se ha cebado con los jóvenes, debido a la peor calidad contractual de los nuevos empleos y a la menor presión sindical debida a un menor nivel de afiliación y la individualización de las relaciones laborales.

Así, los nuevos contratos se hacen con condiciones laborales y salariales peores que los antiguos. Mientras que los trabajadores con sueldos más elevados, incluyendo los consejeros de las empresas del Ibex 35, que además son cómplices y ejecutores del nuevo modelo de relaciones laborales que se impone en el mercado, han visto su remuneración incrementada.

Sabemos que seguimos teniendo unos niveles de paro altísimos, especialmente entre los jóvenes -36% para los menores de 25 años con datos de la EPA del tercer trimestre de 2017-lo que disciplina la mano de obra haciendo que muchas personas acepten contratos, salarios y condiciones de trabajo indignas. Eso explica lo que también nos cuentan las estadísticas, que hoy no sea incompatible tener un empleo con encontrarse en una situación de pobreza y exclusión social, en la que se encuentra el 27,9% de la población española, 4 puntos por encima de la media de la UE.

Sabemos que los empleos que más están creciendo son los temporales y en muchos casos con jornadas a tiempo parcial aunque según denuncian los sindicatos, las jornadas verdaderas sean superiores a 10 y 12 horas, sobre todo en la hostelería. No obstante, la variación del IPC del 11,8 de 2008 a 2016 muestra que incluso en todos los tramos de renta de jornada completa ha habido una pérdida de poder adquisitivo de 2,34% como media, siendo del 13,5% entre las rentas más bajas.

Sabemos que sigue saliendo población joven y formada para trabajar en el extranjero porque las oportunidades laborales que hay en España no se corresponden con sus expectativas vitales. Lo que además implica una pérdida de inversión pública en una formación que luego no revierte en el mercado de trabajo español.

Y también sabemos que a pesar de esos datos la economía española creció un 3,2% en 2016 y también lo hicieron los beneficios empresariales. Desde el 2008, el conjunto de empresas españolas ha reducido en 9.800 millones de euros su contribución al PIB, soporta 32.200 millones de euros menos en costes laborales y distribuye unos 20.900 millones de euros más en dividendos.

Así que si tenemos crecimiento y aumento de los beneficios empresariales, pero lenta disminución del paro -especialmente elevado entre los jóvenes-, y devaluación salarial – especialmente en los nuevos contratos-, no es de extrañar que nos encontremos con historias como las que abrían el artículo. Lo sorprendente es que con estos mimbres, el deterioro de nuestro sistema de representación política no sea mayor de lo que es. Porque la frustración vital que para cientos de miles de jóvenes y sus familias supone el estar en paro, o empleados en sectores para los que tienen sobrecualificación, o en sectores con mayor prestigio social como la banca pero donde los exprimen para poder pagar los sueldos millonarios de sus consejeros y repartir dividendos entre sus accionistas, tiene que salir por algún sitio.

Desde luego, el que existan cientos de miles de jóvenes con sus respectivas familias cargadas de frustración tras unas expectativas laborales y vitales que parecían sólidas, es un caldo de cultivo perfecto para alternativas políticas populistas y xenófobas que prometan poder garantizar el bienestar de un grupo, o de un territorio, independientemente de los valores, evidencias o solidez de los argumentos que se esgriman.

Espero que el 2018 nos depare menos desigualdad, más dignidad y más esperanza de la que ha dejado 2017 y los años de crisis y post-crisis que lo han precedido.Que la precariedad no solo no se extienda a sectores donde antes no existía, sino que deje sitio a condiciones de trabajo y de vida dignas. Feliz 2018.

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