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¿Logrará Cuba lo que no se ha podido en Venezuela y Nicaragua? – La Gaceta de la Iberosfera

¿Qué va a pasar con Cuba en las próximas semanas? Ni los analistas más esclarecidos se han atrevido a adelantar un pronóstico conclusivo sobre si toda la indignación del pueblo que comenzó en San Antonio de los Baños (a las afueras de La Habana) por problemas con los servicios públicos y la terrible gestión de la pandemia, y que luego se regó como pólvora en  distintas provincias de la isla, podría decantar efectivamente en una transformación del sistema político o incluso en un cambio de régimen que deje a los Castro y a Díaz-Canel apenas como un mal recuerdo dentro de las páginas de la historia.

Si se siguen con cuidado los acontecimientos que se han producido en la nación caribeña, lo aconsejable es celebrar los avances del pueblo cubano en su gesta heroica por la libertad y la democracia, pero conviene además hacerlo desde la tribuna de la prudencia, sin estridencias y teniendo en cuenta que lo que se tiene en frente es nada más y nada menos que un sofisticado aparato entrenado al dedillo en tareas como el espionaje, el adoctrinamiento comunista, la represión inmisericorde, distintas modalidades de tortura y, sobre todo, especializado en ese sofisticado y a veces innoble arte de preservar a toda costa el poder. 

De esto dan suficiente idea los recuentos de desaparecidos y presos políticos que engrosan los listados de la tiranía gobernante. Hasta el 14 de julio Amnistía Internacional daba cuenta de la detención o desaparición de entre 135 y 190 personas, de acuerdo con datos suministrados por organizaciones de Derechos Humanos locales. Aunque el régimen –como siempre– ha optado por el camino de la represión a la disidencia, tal parece que la organización de las protestas y su magnitud han llevado a los herederos de los Castro a recalcular la estrategia en medio de la tormenta. 

Para una nomenklatura acostumbrada a resistir por más de 6 décadas entre el engaño a las masas mediante el uso de la propaganda y la opresión milimétrica de todo lo que huela a oposición al aparato de poder totalitario, podría lucir que esta vez –como en otras– les sería muy fácil salirle al paso a un embrollo, sin novedad alguna en el horizonte. 

Amén de la desconfianza permanente que exhiben las tiranías sobre posibles conspiraciones palaciegas de grupos disidentes internos pugnando por el liderazgo, así como de la paranoia permanente que desarrollan con respecto al pueblo y sus reclamos (allí siempre ven una posible revuelta subversiva), con el tiempo este tipo de regímenes desarrolla un acostumbramiento al poder que le lleva a pensar que es prácticamente insustituible; que han llegado para quedarse per saecula saeculorum, incluso por la mera fuerza de la costumbre.   

Sin embargo, el desarrollo de los hechos en los últimos días en la isla nos da pistas de una realidad que quizá no sea tan así. Y, de nuevo, la idea nunca será sobredimensionar expectativas ni afirmar por mero fervor y wishful thinking que el castrismo vive sus días finales; pero hay al menos dos situaciones que merecen ser revisadas:

A la par de problemas como el covid-19 y una estructura de servicios públicos con los escollos propios de una gestión enmarcada dentro del socialismo real, Cuba vive hoy por hoy una de sus peores crisis económicas en décadas. De acuerdo a cifras oficiales, el año pasado el país vio caer hasta en un 11% su Producto Interno Bruto. Una catástrofe quizá solo superada por el desplome que sufrió este indicador durante el horrible comienzo de los años 90s, cuando Fidel Castro tuvo que capear el temporal del cruento “período especial”, en medio de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y sus ayudas internacionales.

Pues bien, a pocos días del inicio de las valientes protestas, el régimen de Díaz-Canel ha hecho oficial una medida que dispone que, quienes ingresen a la isla, podrán llevar consigo medicamentos, productos de aseo personal y alimentos sin ningún tipo de limitaciones de cantidad o peso. Además, el gobierno también ha precisado que se levantarán hasta finales de año los aranceles que cobraba para permitir la importación de estos bienes. 

A primera vista esto podría ser leído como un efecto directo de la presión en las calles. Con ello obviamente el régimen estaría buscando aplacar las aguas y calibrar si hacer concesiones parciales a una multitud enardecida puede traer un poco de sosiego a la casa. Huelga decir que, al menos en este caso, hay una ostensible diferencia con episodios recientes de protestas que se han producido en otros países del eje socialista en la región, como Nicaragua y Venezuela. 

Tanto en el país centroamericano como en el sudamericano, la intensa actividad de protesta en las calles –sostenida por semanas o meses incluso– nunca logró que los regímenes de Ortega y Maduro decidieran hacer al menos el gesto de “rectificar” o eliminar alguna política de gobierno, y buscar así aplacar por las buenas a los manifestantes. En esos dos casos solo se impuso la “paz” a sangre y fuego, para luego montar procesos de negociación con una oposición perseguida y condicionada, que luego decantaron en elecciones amañadas desde el arranque. 

Otro asunto que no hay que perder de vista es que, quizá por manipulación propagandística promovida desde el propio régimen, o quizá por auténtica resaca moral con respecto al oprobio que representa un castrismo repudiado en las calles, algunos medios internacionales entre los que destaca ABC, sugirieron la idea de que el Viceministro de Interiores, Jesús Manuel Burón, habría expresado su descontento sobre el modo en el que se estaba reprimiendo a los manifestantes y decidió renunciar a su cargo. Sin embargo, el propio Díaz-Canel luego desmintió la noticia. 

Aunque a esta altura se desconoce qué pasa con exactitud en el interior de la alta cúpula castrista, este sería un aspecto clave a vigilar. Se supone que para que colapse una tiranía de este estilo no basta con que el gobernante tenga 80 o 90% del repudio popular, en tanto que la posibilidad de quedarse o de irse del poder del mismo no depende en modo alguno de una elección.

Para caer, los regímenes como el chavismo, el castrismo y el orteguismo ameritan necesariamente que los grupos de poder que los componen se fracturen, dejando así expuesto al núcleo gobernante. Esto último tampoco se ha podido lograr en los casos de Venezuela y Nicaragua, amén de haberse intentado hasta la saciedad. Allí siempre la nomenklatura permaneció cohesionada, como de hecho se ha mantenido en Cuba durante más de 60 años.

¿Podrán los herederos de Fidel y de Raúl resistir este ánimo creciente de los cubanos por querer un país distinto? ¿Aguantará una ya vieja y carcomida cúpula castrista el peso de los años y el desgaste que eso trae consigo? ¿Realmente el pueblo quiere llevar esto hasta un punto sin retorno de lucha por la libertad o se conformará con algunas concesiones parciales que haga Díaz-Canel? Justamente eso es lo que está por verse.  


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