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Magdalena del Amo: «Algunos clubes de covidianos, como médicos y periodistas, están rentabilizando muy bien su traición al pueblo»

Por Magdalena del Amo.- No sería una buena estrategia que al director de un hospital, de un periódico o de una televisión le diese un telele in situ, al pie mismo del vacunatorio, propiciando una de esas escenas que –según indica el cartel— está prohibido fotografiar o grabar; o que a los pocos días tuviese que ser ingresado por un síndrome de Guillain Barré, trombos u otros efectos adversos, incluso la muerte. Si esto ocurriese, muy probablemente sería el stop a esta masacre solapada que, de manera ordenada, se está llevando a cabo en todo el mundo con la complicidad de psicópatas –estos a la cabeza—, seguidos de una ristre de gente malvada sin escrúpulos, profesionales de la salud amamantados por la ubre ideológica de la OMS, indocumentados, desinformados, papanatas de variados pelajes, y creyentes en el sistema corrupto que ha creado toda esta farsa masónico-satánica. Son los llamados covidianos o tragacionistas.

En el otro equipo jugamos los negacionistas. Así se nos ha nominado, aunque mal aplicado el término, ya que el negacionismo se acuñó para referirse a los negadores del holocausto nazi. Nada que ver. Nosotros no negamos el holocausto. No solo eso, sino que afirmamos además que la ideología nazi no se extinguió con el Führer, sino que se perpetúa en el tiempo, corregida y aumentada, producto de la cual es el extremo en el que estamos inmersos. La crisis política de altos vuelos, con cara de virus, es lo más parecido a un suicidio asistido de la sociedad, voluntario, pero inducido tras haber sido expuesta a la burundanga político-mediática e incluso vecinal.

A estas alturas no tenemos duda de que unos viales son auténticos, es decir, tienen su contenido, con adyuvantes declarados e “incógnitos”, incluidas las nanopartículas de óxido de grafeno; y otros, en cambio, son puro suero fisiológico. El experimento, dentro del experimento de doble vía, se está llevando a cabo no en toda la sociedad, sino con unos grupos de control. Lo que no sabemos es hasta qué categoría del organigrama son conocedores los empleados de la sanidad.

Algunos clubes de covidianos –como médicos y periodistas— están rentabilizando muy bien su traición al pueblo. Algún día, no muy lejano, se sentarán en los banquillos y serán condenados por delitos de lesa humanidad. Estamos seguros de que así será; hay muchas personas implicadas, trabajando duro para que se haga justicia. Los que dan pena son los covidianos rasos, esos pobres tontos que repiten como loros lo que oyen en las teles y siempre llegan con la última noticia sobre el número de contagiados y sobre lo que hay que hacer para ganar el premio al buen ciudadano. Ellos aconsejan, presumen de sus dosis puestas –en espera de la tercera—, aunque han integrado que estar vacunados no significa ser inmunes y que pueden contagiarse, por lo cual tienen que seguir utilizando la mascarilla y adoptar las mismas medidas que los no vacunados. Pero ellos están felices y denuncian y persiguen al que osa no llevar mascarilla o la tiene mal puesta, critican a los jóvenes que hacen botellón, a las familias que se reúnen y a los que se abrazan. Además de alelados, son alguaciles gratis. Y no dicen ni una palabra sobre los efectos adversos y sobre las muertes, porque como no se lo cuentan los medios oficiales o su médico de cabecera, son incapaces de procesarlo aunque lo lean o lo escuchen en medios alternativos. Reacción, por otro lado, muy investigada y prevista. Edward Bernays [1] dice sobre la creación de la opinión pública y el ciudadano espía: “… el ciudadano medio es el censor más eficaz del mundo. Su propia mente es la mayor barrera que lo separa de los hechos. Sus propios ‘compartimentos estancos lógicos’ y su propio absolutismo son los obstáculos que le impiden ver en términos de experiencia y pensamiento, en lugar de en términos de reacción grupal. […] Para el animal gregario, la soledad física es un miedo real y esa asociación con el rebaño le provoca una sensación de seguridad. En el ser humano, este miedo a la soledad crea un deseo de identificación con el rebaño en cuestiones de opinión”. Esto, unido a la disonancia cognitiva colectiva que padece la sociedad favorece que los políticos se atrevan a experimentar con ocurrencias siniestras de mayor alcance cada vez. Siempre van a ser respaldados por la mayoría. Por eso está tan vigente en estos tiempos el análisis del mito de la caverna platónica.

Respecto a las vacunas, mientras unos –los más— hacen cola pidiendo hora para la inoculación incluso de madrugada, y salen contentos con su certificado para poder viajar y entrar en restaurantes, los políticos se organizan y hacen acopio de más dosis con el fin de cumplir con los objetivos impuestos desde arriba. Admitidos de muy buen grado, eso sí, pues acabarán todos millonarios, si no lo son ya.

Estos días, a modo de globo sonda, se dejan caer encuestas sobre la vacunación obligatoria. Por supuesto, los vacunófilos de ambos grupos están a favor de su obligatoriedad, o de que quienes opten por no someterse a la inoculación reciban algún tipo de “castigo”, como no permitirles viajar o prohibirles el acceso a restaurantes y lugares de ocio. Esto está causando una especie de río revuelto en el que cada lugar pretende regirse por normativas diferentes, según los intereses de los políticos de turno. Los más arriscados como el gallego Feijóo, rey de la ocurrencia dictatorial, se empeña en imponer la vacunación obligatoria, tropelía suspendida por el Tribunal Constitucional. Lo que sí funciona en Galicia es el santo y seña covidiano para entrar en bares y restaurantes: certificado de vacunación o PCR negativa. Y la xentiña encantada, comulgando con ruedas de molino de buen granito también gallego.

En España, no existe demasiado problema con la vacuna; más bien de escasez de dosis por los tajureos comerciales, y por ahí vienen las críticas. Francia es otra historia. Gran parte de los sanitarios, mucho menos dóciles que los españoles, no estaban por la labor de vacunarse y el ritmo general no estaba llegando a las cotas exigidas. El presidente Macron recibió un toque de atención de las cúpulas y se vio obligado a establecer la vacunación obligatoria, lo cual ha creado un malestar que se sustancia en manifestaciones masivas y rebeliones incluso de los hosteleros, que ya han impreso carteles de acceso libre, sin vacunación y sin PCR.

Sobre la vacunación obligatoria, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, que hace unas semanas nos sobrecogía con su tenebroso discurso de bienvenida a la tecnología 5G, que nos cambiaría tanto que incluso “la inteligencia artificial” pensaría por nosotros, acaba de pronunciar unas palabras que, si bien son positivas, tienen su letra pequeña: “… las vacunas contra la COVID-19 fueron aprobadas como una excepción. No fueron aprobadas como se hace normalmente… que se demora años para ser estudiada y aprobada. Por lo tanto, a nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud no recomienda que se obligue a utilizar la vacuna.

En segundo lugar, en Chile existe la Ley de derechos y deberes de los pacientes… los pacientes tienen que ser respetados… Nosotros no podemos obligar a las personas a vacunarse, porque es una vacuna que fue aceptada o aprobada en emergencia… Los empleadores no pueden exigir este certificado o esa vacunación obligatoria a los funcionarios bajo su cargo. Por tanto eso no es una recomendación ni ha sido una orden emitida desde el Ministerio de Salud, ni tampoco desde el Ministerio de Trabajo. Por lo tanto, descartamos totalmente esa obligatoriedad de mostrar o demostrar que están vacunados para que puedan ser recontratados o puedan asistir a su trabajo. Por tanto, eso lo desmiento categóricamente”. Esto merece una aprobación total, pero tiene su trampa, lo cual impide cantar victoria. La letra pequeña a la que nos referimos es que, en medio de las declaraciones, habla de un proyecto de ley que se está debatiendo en el Parlamento para reformar el Código sanitario. Esto quiere decir que lo que hoy no es obligatorio, mañana puede serlo. Lo mismo que ahora en España estamos protegidos por la Ley de Autonomía del Paciente 41/2002, pero podríamos dejar de estarlo en cualquier momento si a los políticos o a quienes los dirigen les interesara. Por eso es tan importante mantenerse alerta en estos momentos tan caóticos en los que el futuro, por bien que lo tengan programado, NO está escrito.

Los covidianos pagados, el día que den la orden de parar todo esto, continuarán con sus vidas sin mayores secuelas; pero una gran mayoría de esta otra masa de adoctrinados padecerá grandes secuelas psicológicas de por vida. Me atrevo a decir que muchas de estas personas serán irrecuperables, porque ni siquiera tendrán la oportunidad de que les diagnostiquen el problema, en general, un trastorno de estrés postraumático cruzado con otras patologías mentales. En todos estos meses han cronificado el miedo, la incertidumbre, la desconfianza y han utilizado los hidrogeles compulsivamente dando como resultado una forma de estar, de sentir y de vivir. Con el agravante de que los políticos continuarán alimentando el gigantesco egregor con el discurso de nuevas pandemias, amén de otros desastres naturales o provocados. Lo importante es tener a los ciudadanos en tensión perpetua para debilitar sus cuerpos y sus mentes aún más.

Por mucho que lo supìéramos, haber constatado el grado de manipulación de las masas no deja de sorprendernos. Sabíamos que la sociedad se había ido encanallando en las últimas décadas, adormilada con la droga del Estado del bienestar; que se había hecho frívola y egoísta, que había ido abandonando los valores y las virtudes con los que crecimos y aprendimos a ser personas decentes. Nos dábamos cuenta de que lo sagrado se había convertido en crítica constante y que el relativismo y el laicismo feroz habían germinado en los campos donde en otro tiempo hubo buen trigo. Pero también hay una parte positiva muy resaltable en todo esto, y yo la estoy viviendo. Muchos hemos tenido que cambiar la agenda, porque viejas amistades se han quedado atrapadas y ancladas en la mentira del enemigo y no desean ser aconsejadas ni salvadas. Incluso se enfadan si alguien pretende sacarlas de su encantamiento. Es como derribarles su cárcel de seguridad. En cambio, en todo este tiempo de “pandemia” la ley de atracción nos ha acercado a personas sólidas y valientes, seres humanos con defectos y virtudes, con luces y sombras como todo lo manifestado en este mundo dual, pero que luchan por un objetivo común: un cambio de paradigma a un mundo nuevo donde brille la Verdad, el Bien y lo Justo. Sin pretender ser héroes, sabemos que es posible. Por eso estamos aquí, en este momento.

NOTAS:

1. Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, es uno de los inventores de las técnicas de manipulación de masas. Colaboró en un estudio secreto del Royal Institute for International Affairs, sobre los efectos que produce en el público la manipulación de la información de guerra para hacer que se posicione en pro o en contra de un hecho determinado. Bernays también trabajó para el CPI, una organización de propaganda del gobierno norteamericano, que funciona desde 1917, cuya finalidad es vender la guerra como algo inevitable para hacer del mundo un lugar seguro para los ciudadanos honrados. Estas técnicas se siguen empleando en la actualidad, pero mucho más sofisticadas.

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