Jon Juaristi arremete contra Pablo Iglesias y compañía: "Dicen los mastuerzos que no pueden afirmar que lo de Niza sea terrorismo"

Niza y Turquía siguen siendo los temas esenciales en las tribunas de opinión de este 17 de julio de 2016 en los diarios de papel. Seguramente, en nada, con el primer pleno en el Congreso de los Diputados de la nueva legislatura, previsto para el 19 de julio de 2016, la política nacional volverá al primer plano.

Arrancamos con Alfonso Rojo, en La Razón, que critica a todos esos izquierdistas que, ante las masacres islamistas, siempre tienen como respuesta el mismo comodín, que la violencia fue sembrada en Occidente:

No hay peor tonto que el que se engaña a sí mismo, y en España abunda la especie. Y esa panda, la misma que festeja la muerte de un torero o defiende el encarcelamiento de opositores,ya ha encontrado al culpable de la bestial matanza de Niza. Hagan lo que hagan los terroristas islámicos, siempre aparecen en tropel dirigentes de IU, líderes de Podemos, mangantes universitarios y faranduleros televisivos, a quienes lapidarían o ahorcarían por pecadores los criminales que ellos justifican, entonando la canción del verdugo, esgrimiendo la foto del Trío de las Azores y soltando frases como: «cosechamos la violencia que sembramos».

Recuerda que:

Cuando los gendarmes todavía no habían recogido todos los cadáveres esparcidos por el Paseo de los Ingleses, salió a toda prisa Pablo Iglesias para afirmar que la carnicería de Niza no es una guerra, sino delincuencia, estableciendo un necio paralelismo entre el asesino del camión y el desharrapado que manga una bicicleta o se lleva un queso del supermercado. Y añadió el de Podemos, que ahora se la coge con papel de fumar en cada declaración, que el problema no se resuelve con bombas, sino pacificando. Habrá quien sugiera que lo que ha querido subrayar Iglesias es que el tal Mohamed Lahouaiej no aparecía en los archivos policiales como fanático yihadista sino como truhán, pero las cosas no van por ahí.

La tesis del líder de Podemos, apoyándose en que el bellaco era un tunecino con problemas familiares y económicos, es que la Francia de la «grandeur» ,la opulenta Unión Europea, la sociedad occidental capitalista no fue capaz de integrar satisfactoriamente al tipo y por lo tanto debe asumir su cuota de responsabilidad. No es un argumento aislado o marginal. En España, a mediados de 2016, reverbera por todos lados. En las redes sociales, un espacio en el que los miserables se sienten importantes, en los medios de comunicación, en los plenos de ayuntamientos que celebran el Ramadán y odian a la Iglesia Católica, en parlamentos autonómicos y hasta en el Congreso de los Diputados.

Y sentencia:

Para poder afrontar el drama del terrorismo islámico,la premisa es identificar a los responsables. Y no somos nosotros, ni los países que han recibido con los brazos abiertos a los padres y los hermanaos de muchos de los facineroso que aplastan niños en unos fuegos artificiales, acribillan clientes en una discoteca o revientan a bombazos pasajeros en un aeropuerto. Aquí sólo hay unos culpables, a los que hay que perseguir sin piedad y el que no se integre o no quiera hacerlo, que se vuelva a casa.

César Vidal tiene claro que estamos dejándonos perder la batalla contra el infiel y que cuando nos demos cuenta, acabaremos llorando como Boabdil el Chico:

Una vez más han logrado revolvernos las tripas y ponernos el corazón en la boca, horrorizarnos con la sangre que han derramado y obligarnos a pensar dónde será la próxima vez. Una vez más son los mismos. Una vez más contemplaremos las reacciones de siempre. Los políticos tibios recurrirán a cualquier tipo de eufemismos para no adjetivar los actos terroristas y permanecer en la cálida inmundicia de lo políticamente correcto. La secta que reparte carnets de democracia convocará manifestaciones no para condolerse por el destino injusto de las víctimas sino en contra de la islamofobia. Los necios que decidieron hace décadas que la manera de articular el futuro de Occidente es desnaturalizarlo y abrir las puertas de par en par a sus enemigos se apresurarán a condenar como fascistas a cualquiera que se atreva a musitar siquiera un jirón de verdad.

Apunta que:

En el colmo, no faltarán almas miserables empedradas de vileza moral que acusen de lo sucedido en Francia a Aznar, a Tony Blair o al Cid campeador. Hace tiempo que entramos en guerra y la estamos perdiendo. La estamos perdiendo porque el enemigo cuenta con una quinta columna de suicidas morales que prefiere franquearles los umbrales a defender a los que están dentro de la casa. La estamos perdiendo porque ha habido canallas que decidieron que era mejor que Cataluña se llenara de inmigrantes musulmanes que aprendieran catalán que de aquellos que venían de Hispanoamérica y que ya venían marcados por el nefando pecado de hablar español. La estamos perdiendo porque existe un pacto – quien sabe si escrito- para no llamar a las cosas por su nombre.

La estamos perdiendo porque, gracias a monstruosidades como la ideología de género, hemos ido convirtiendo nuestra sociedad en un ente envejecido y estéril mientras que los vientres de ellos no paran de engendrar a quienes hoy viven de nuestros impuestos y mañana tomarán nuestras calles. La estamos perdiendo porque muchos de los que ven la realidad, callan y callan porque temen y temen porque saben que sobre ellos puede caer cualquiera de los tentáculos de un poder despótico que los pulverizará por no querer seguir al rebaño. La estamos perdiendo y cuando se selle nuestra derrota -que comenzó en Oriente Próximo y se consumará en Europa- ni siquiera habrá quien llore por lo perdido y si lo hubiera, se le podrán decir las mismas palabras que a Boabdil el chico le dirigió su madre: «Llora como mujer lo que no has sabido defender como un hombre».

En ABC, Jon Juaristi tiene claro que mientras algunos sigan cambiándole el nombre a las cosas para intentar disimular la realidad, iremos de capa caída:

A día de hoy, dicen los mastuerzos, no se puede afirmar que la masacre de Niza sea un acto terrorista, porque su presunto autor, Mohamed Lahouij Bouhiel, carecía de interés para la Policía, no constaba en los archivos judiciales como yihadista, sino como maltratador doméstico, y era, según su familia, un mal musulmán al que le gustaban las chicas, el alcohol y las discotecas.

También se pirraba por todas estas cosas (y personas) su medio tocayo Mohamed Atta, muerto en acto de servicio a la yihad el 11 de septiembre de 2001, al sur de Manhattan. Por lo que sabemos, un alto porcentaje de los guerreros de Alá frecuentan burdeles (a cargo de Estado Islámico o de Boko Haram, según las latitudes) donde abusan hasta matarlas de niñas yazidíes o cristianas mientras le dan al botellón y al cannabis. No es una novedad. Bajo los sultanes otomanos existió una variedad permisiva del islam, el llamado «islam de jenízaros», que permitía a esta tropa escogida ponerse ciegos de rakia y violar a niños de ambos sexos, en gracia al fundamental papel que les correspondía como fuerza de choque de la versión turca de la yihad. Se consideraba un adelanto legítimo de los placeres de la misma especie que les aguardaban en el Paraíso tras inmolarse en la guerra contra el infiel (o sea, contra nuestros abuelitos).

Resalta que:

Que los cretinos devanen hasta el aburrimiento la cuestión de si hay que mantener todavía la presunción de inocencia para el camionero tunecino o la de si era podenco o galgo. El contexto y la factura de su hazaña ya han dejado suficientemente claro de qué iba. Ha atacado a una comunidad política, vale decir a una nación, el día de su gran fiesta laica, y la ha atacado como atacan los islamistas. Lo característico de la actual guerra islámica contra Occidente es la utilización de la tecnología cotidiana como arma de destrucción masiva. Convierten los aviones comerciales en misiles, los camiones en tanques, y bombardean desde dentro los trenes suburbanos porque no pueden ser desviados (literalmente, «sacados de la vía») hacia otra función que la de transportar gente, terroristas incluidos. En todo ello, los yihadistas muestran una extraordinaria lucidez que los occidentales hemos perdido. Saben que todos nuestros artefactos supuestamente pacíficos, desde el avión a los móviles, desde las centrales nucleares a internet, fueron creados para la guerra y que nada es más fácil que devolverlos a su condición original.

A nosotros nos escandaliza tal comportamiento, porque no soportamos la sola idea de que la paz sea siempre una consecuencia inestable de la guerra, algo que para Kant (y nada digamos de Hegel) estaba meridianamente claro. Así que tratamos de preservar la paz como un ámbito inmaculado e imperturbable, regido por la ilusión humanitaria. Pero si vis pacem para bellum. Durante toda la historia de Occidente la filosofía trató de pensar la guerra, y los occidentales construyeron todos sus saberes y sus técnicas como armas para conseguir la paz y preservarla en lo posible, hasta que un posmodernismo idiota decretó que ya no había enemigos, sino alteridades.

Y remata:

Pues bien, ha despertado un Otro que siempre nos ha considerado como enemigos. La rabia islámica se volvió filósofa. Queramos o no, estamos en guerra. En una guerra que ya no nos llega «en sueños, como un rumor distante» y cuyo único frente está en todas partes. Ya no es posible, como en tiempos de Machado, sentarnos a contemplar impasibles el ancho firmamento, como aquellos «filósofos nutridos de sopa de convento» que, al reclamo de una catástrofe lejana pero inminente, «no acudirán siquiera a preguntar qué pasa/y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa».

Para José María Carrascal, todo se debe a una guerra religiosa entre en el islamismo que se está llevando por delante a los occidentales:

No ganamos para sustos. Al Brexit le siguió el bestial atentado de Niza, y a la carnicería, el intento de golpe en Turquía. La historia nos dirá si estuvo tan mal preparado como el de Tejero. Desde luego, los perpetradores no se lucieron: ocupar la televisión pública dejando abiertas las privadas, a través de las cuales el presidente podía animar a sus seguidores contra los golpistas, era pegarse un tiro no en el pie, sino en la cabeza, cosa que ocurrirá a algunos. Erdogan sale más reforzado de lo que estaba y puede hacer lo que quiera. Mientras, el Ejército, durante un siglo la espina dorsal de Turquía, sale no sólo debilitado, sino también dividido.

Asegura que:

No es una buena noticia. Turquía es la piedra angular del Oriente Medio, la primera trinchera occidental en la zona más volátil del planeta. Hasta ahora ha aguantado los envites tanto rusos como del islamismo radical, con un equilibrio cada vez más inestable y sin recibir la recompensa que merece. Bruselas ha pospuesto ad calendas graecas su ingreso en la UE. El dinero prometido por detener la oleada de emigrantes llega con cuentagotas y el apoyo en su lucha con los independentistas kurdos es más vocal que efectivo. Claro que tampoco Erdogan se deja querer. Desde que ganó las elecciones en 2002, su objetivo fue sacudir el tutelaje que el Ejército venía ejerciendo sobre los civiles desde que Atatürk ocupó el poder en 1920, dispuesto a modernizar su país, confinando a los clérigos a las mezquitas. Erdogan quiere confinar a los militares a los cuarteles, para lo que ha venido haciendo purgas entre ellos, al tiempo que buscaba una reaproximación al islam, sin llegar a confundirse con los yihadistas. Aunque les permite vender el petróleo que extraen de los pozos que ocupan en Siria. Es lo que debió de desencadenar la intentona de ayer, junto con el carácter cada vez más autoritario de su régimen, con cierre de medios de comunicación, despido de jueces incómodos y detención de disidentes.

Al fondo de todo está el forcejeo entre las dos ramas del islam: la chiita, que encabeza Irán, y la sunita, que lidera Arabia Saudí, por cuál es la verdadera heredera del Profeta desde la muerte de este. Con el agravante de haber aparecido un Daesh que se proclama el más puro de todos y ha declarado la guerra a Occidente donde, cuando y como sea. El cristianismo tuvo un conflicto semejante en los siglos XVI y XVII, con la llamada Guerra de los Treinta Años, que duró bastante más y asoló Centroeuropa, hasta que, exhaustos, católicos y protestantes, decidieron firmar la paz. ¿Está el islamismo en otra «guerra de religión»? Muy posiblemente. Lo peor es que nos incluye a los occidentales, pues la globalización nos la ha traído a casa. Es más: los avances tecnológicos la ha hecho mucho más cruel, sofisticada y difícil de ganar, con una Turquía que no sabemos hacia qué lado se inclinará tras el susto de la otra noche.

Ignacio Camacho pone el foco en el problema turco y en su situación geoestratégica, amén de una Europa mirando hacia otro lado:

Los mapas, hay que mirar los mapas. La explicación de casi todos los conflictos políticos, y a veces incluso la clave de su solución, está en la geoestrategia. Por eso resulta tan inquietante la cartografía turca, que dibuja un puente entre los Balcanes y Siria. Es decir, entre la crisis de los refugiados y el dominio de Daesh. Los dos grandes problemas de la Europa actual, que atraviesan como pelados cables de alta tensión el territorio de una nación a punto de entrar en cortocircuito.

Analiza que:

Casi ochenta millones de habitantes. Un Estado oficialmente laico en rápido proceso de islamización. Miembro de la OTAN, el segundo ejército más nutrido de la Alianza. Base de los bombardeos americanos en Siria. Relaciones siempre tormentosas con Rusia. Víctima creciente de dos tipos de terrorismo, el yihadista y el de los independentistas kurdos, que a su vez combaten -y con qué coraje- en primera línea a Daesh. Ruta de paso para los impunes convoyes de petróleo con que el Califato se financia en el mercado negro. Un régimen de tendencia fundamentalista teóricamente tutelado por la milicia que custodia los principios aconfesionales del kemalismo. Pero Kemal Atatürk es hoy apenas la vaga, simbólica coartada fundacional de un sistema en progresiva evolución hacia el autoritarismo teocrático. Turquía no es un polvorín, como suelen decir los analistas: es un volcán que escupe fuego y lava hacia el otro lado del Bósforo.

Porque esa Turquía del cuartelazo frustrado aspira a ser un próximo miembro de la UE. De momento constituye una especie de socio preferente, plantado como un caballo de Troya musulmán a las puertas de la débil fortaleza europea. Estados Unidos la quiere dentro, bajo el entoldado comunitario, y la Alemania de Merkel la ha utilizado como patio trasero alquilado para almacenar a los refugiados que dejó entrar sin un cálculo razonable de riesgos sociales. Una falsa salida de emergencia que acabará costando mucho más que dinero. Porque en ese brutal, desaprensivo acuerdo de tráfico humano Erdogan no ha firmado un pliego de arrendamiento; según sus cálculos, ha suscrito un contrato moral. Un quid pro quo.

Concluye que:

El golpe fallido ha provocado un gesto de contrariedad en las cancillerías continentales, oficialmente consternadas; la mayoría hubiese contemplado con oculto alivio un viraje laicista al modo egipcio. Bloqueada ante el aluvión de problemas que emana del foco sirio, Europa no sabe qué hacer y como de costumbre no hace nada. Estado de catalepsia. Nadie en Bruselas se atreve a decir que el régimen que se ha hecho cargo del lamentable excedente humanitario no cumple el más mínimo estándar democrático exigible no ya para entrar en el club, sino para ser un interlocutor honorable. No conviene afearle el desorden de su casa a quien ha aceptado recibir -en condiciones por las que es mejor no preguntar- a los huéspedes que te sobraban.

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